A principios de año recibí un correo electrónico pidiéndome presupuesto para la redacción de una novela; el cliente especificaba que tenía que ser de género rosa y tener una extensión de entre 600 y 750 páginas estándares, esto es, de 300 palabras cada una. Que si aceptaba el presupuesto, decía, me facilitaría una serie de directrices para la redacción.
Dos días después envíe el presupuesto solicitado, en el que incluía, como es de rigor, el plazo de entrega (4 meses). Una semana más tarde el cliente contestaba positivamente y añadía las siguientes indicaciones: Que la protagonista tenía que ser una escritora de éxito relativamente joven, que, volcada en su trabajo, había olvidado por completo su vida amorosa, que un acontecimiento extraordinario (sic) la ponía en conocimiento de un hombre del que se enamoraba perdidamente, que, sin embargo, una serie de vicisitudes que iban a vivir ambos protagonistas convertía en prácticamente imposible la relación, pero que, finalmente, el amor triunfaba por encima de todo (sic) y la pareja comenzaba una nueva vida juntos, más plena para ambos.
El cliente, en un último párrafo, me pedía un resumen de aproximadamente 20 páginas en el que figurara pormenorizado el argumento, el desarrollo lineal del argumento, es decir, la sucesión de las diferentes escenas, indicando la acción contenida en cada una de ellas, el perfil de los personajes principales y secundarios y las consideraciones generales que creyera oportuno.
A lo que le contesté, en nuevo mail, que, una vez tuviera ingresado el 50% de lo acordado en la cuenta cuyo número figuraba en el presupuesto, me pondría a redactar el resumen solicitado, con el que podría contar en unas dos semanas y del que podríamos discutir tanto como fuera necesario hasta ajustarlo a su gusto y medida.
A lo que el cliente contestó que debía entender que el 50% era una cantidad demasiado alta como para adelantarla sin antes tener la prueba de que el producto se iba a ajustar a sus necesidades, por lo que, todo lo más, estaba dispuesto a adelantar el 5% de lo presupuestado.
Le contesté a mi vez que ni por iniciativa propia ni ajena había escrito hasta la fecha una novela de genero rosa, pero que, no obstante, sí las había traducido (en una época en la que aceptaba las tarifas de las editoriales), lo que me confería la suficiente perspectiva para acometer el encargo con garantías de éxito, que las había escrito de otros varios colores, por iniciativa propia y ajena, lo que me aportaba, modestia aparte, la necesaria experiencia para finalizar el encargo a su plena satisfacción, que entendía que si se había dirigido a mi era porque algún cliente satisfecho le habría dado buenas referencias, por lo que, razonaba, no alcanzaba a vislumbrar dónde radicaba la causa de su recelo, pero que, no obstante, comprendía sus reservas y que, por ello, estaba dispuesto a redactar el resumen previo pago del 20%; si bien debía quedar claro que el 60% restante del primer 50% debería ingresarlo una vez aprobado el resumen y que el otro 50%, como se especificaba en el presupuesto, me sería ingresado en 5 pagos contra la entrega de cada una de las quintas partes del total de la novela, hasta su finalización.
A lo que el cliente contestó que sí a todo a excepción de lo del 20%, que como mucho el 10%, quedando el 80% restante del primer 50% pendiente de la aprobación del resumen.
A lo que yo contesté que de acuerdo.
Al día siguiente se reflejaba en mi libreta de Caixa Catalunya, bajo el concepto “Rosa Rosae”, sugerido por mí, un ingreso de 1.500 €, lo que motivó que ese día, y los siguientes, estuviera de especial buen humor (no del buen humor que es consuetudinario en mí sino de especial buen humor), lo que me llevó, entre otras cosas y como ya dije, a desestimar la venta de mi flamante equipo Olympus E 3, que, por cierto, todavía no he podido estrenar a pesar de haber comprado ya una tarjeta de memoria de 4 gigas.
Dos semanas después enviaba a mi cliente una memoria o informe (pues se trató finalmente de algo más que de un simple resumen) de 22 páginas y 8875 palabras.
En dicho documento se desarrollaba el argumento con la cantidad justa de detalles, se secuenciaban las escenas, describiendo su acción y agrupándolas por capítulos, se dibujaban los rasgos maestros de los personajes principales y secundarios, y se acometía un análisis del tipo de sintaxis a utilizar en la redacción del texto basado en el público objetivo al que presumiblemente iba a ir dirigida la novela. Así mismo, se sugería y/o estimaba el porcentaje de espacio para los diálogos (entre un 60 y un 70%) y las partes no dialogadas (mayormente descripciones físicas, de vestimenta, de espacios y atmósferas, y de no menos de dos actos amorosos o polvos, dicho de otra manera, ni más de cuatro, con todo lujo de detalles).
El cliente contestó a los dos días diciendo que le parecía perfecto y que adelante con la novela, que no tenía ninguna objeción a hacer a mi propuesta. A lo que le contesté que quedaba a la espera del ingreso del 80% del primer 50%.
Llegado a este punto he de decir que un investigador privado jamás rebela ningún dato de sus clientes ni de los trabajos que realiza para sus clientes. No dice jamás nombres en las reuniones de amigos o conocidos ni descubre datos que puedan permitir seguirle después la pista a un trabajo realizado. Todo lo más, cuando se le pregunta sobre lo que lleva entre manos, dice “Estoy metido en un caso difícil que me está exigiendo todo lo mejor de mí” o “Entre manos llevo un asunto trivial, algo con lo que podría un bachiller medianamente aplicado”. En ese sentido somos como los curas, los médicos y los abogados, o sólo como los curas y los médicos, o quizá sólo como los curas.
Se me dirá que en este momento estoy yendo contra esa máxima. Y justamente es lo que estoy haciendo.
Y permítaseme en este punto colar un resumen del resumen de Rosa, Rosae. Ahí va.
Una joven atractiva conduce excesivamente rápido por una carretera estrecha y llena de curvas. Va ella sola en el coche. En el equipo de música suenan antiguos temas de Siniestro Total. No quiere ser una premonición. Presumiblemente atraviesa un puerto de montaña. Luego se sabe que, efectivamente, está cruzando los Pirineos. Apenas hay tráfico, conduce por una vía que no es principal. Es enero y el paisaje es mayormente blanco. Se describe el rostro de la joven, que ronda los 35; es morena y guapa, sintetizando, pero se llama la atención y (habrá que recrearse) sobre sus ojos y en especial su mirada. (Se pueden decir cosas como negra, en alusión al color de las pupilas, profunda, cautivadora, inteligente, etcétera; pero se dirá que, en ese momento, muestra un profundo desasosiego, una tristeza infinita, una pena honda.) Acto seguido introducimos el elemento biográfico (que se dosificará a lo largo del primer tercio de la novela, hasta completar el dibujo del personaje, que construiremos básicamente en clave biográfica, aunque sin olvidar algunas pinceladas psicológicas, pero con cuidado, pues el nicho de mercado al que nos dirigimos no soporta demasiado bien este tipo de elaboraciones. En algún momento hablaremos de una personalidad atormentada. (Lo cierto es que, sin ahondar demasiado, haremos que nuestro personaje se acerque a lo que en psiquiatría se conoce como trastorno límite de la personalidad, o TLP, que, a grandes rasgos se caracteriza por la inestabilidad emocional, la impulsividad y la dependencia afectiva.) Pero el motivo de este tormento no lo desvelaremos de inmediato, pues forma parte de la resolución de la novela. De hecho, el desenlace del relato consistirá en saber si se queda o no con el chico (obviamente se queda con el chico, y cualquier lector de novela rosa lo sabe desde la primera página) y conocer el motivo por el que ha mostrado hasta ese momento, el de la rendición total al amor puro y verdadero, verdadero rechazo por establecer una relación afectiva madura. De hecho no se le conocen novios, o no al menos una pareja estable. La protagonista viaja cada año a un pequeño pueblo francés, como si se tratara de un ritual que tiene siempre lugar en las mismas fechas. Sabremos, como digo, casi al final que la autora, en su juventud, había sido novia de una estrella nacional de cine. Esta estrella, mega estrella internacional en la actualidad, la había abandonado sin motivo aparente, porque sí, cuando ella más prendida y profundamente enamorada había estado de él. Desde entonces viene desconfiado del amor, rehuyendo cualquier relación que represente entrega y compromiso. Nuestra escritora, conmemora el abandono cada año y lo hace viajando al referido pueblo, como en esta ocasión, que conduce excesivamente rápido y en una curva demasiado cerrada no puede controlar el coche, que sale despedido por encima de la valla quitamiedos para precipitarse en un profundo barranco. La frondosidad del bosque amortigua el impacto, pero, aun así, la escritora queda mal herida. Está inconsciente. Un pequeño hilo de sangre recorre su mejilla. Afuera ha comenzado a nevar y unos débiles rayos de luz luchan contra la oscuridad que poco a poco va ganando la totalidad del espacio. Ya es noche cerrada y nuestra escritora comienza a despertar. Desconcierto, confusión. Primeros flashes del accidente. Empieza a comprender. A sentir un dolor intenso en las piernas y en el pecho. Quiere llorar y gritar, pero no se siente con fuerzas. No puede moverse. Lo ha intentado tímidamente al principio, con denuedo después, pero el esqueleto retorcido del coche se ha convertido en una cárcel de acero. Tampoco podría ir muy lejos pues tiene, aunque ella no lo sepa, las dos piernas y alguna costilla rotas. La herida de la cabeza es superficial. La sangre dejará de salir al poco rato. Derrotada, se deja vencer por el sueño, un sueño que en modo alguno será reparador. ¿Esta soñando? Le parece que alguien le acaricia una mejilla. Abre los ojos. Es de día. El rostro de un hombre hermoso la observa en silencio. En fin, un poco el rollo es éste, mucho azúcar hasta que la cosa resulte empalagosa para un paladar normal, que es cuando estará en su justo punto para un lector de literatura rosa. El hombre hermoso resulta ser un pastor. Había visto la valla quitamiedos rota (cruzaba la carretera con su rebaño) y al asomarse ve el coche. Él solo consigue sacarla (heroicidad del elemento masculino a discreción) y llevarla hasta el pueblo donde vive. La lleva a casa del médico. El médico, que será el personaje espejo, dónde la protagonista se verá reflejada, es un vejete entrañable. En el pueblo viven cuatro gatos. Todos unos vejestorios salvo el pastor, que es joven y guapo (lo podemos pintar como rubio y musculoso), pero un poco corto de luces, aunque sin llegar a ser un subnormal. En el pueblo no hay comunicaciones, viven en una especie de intemporalidad. La escritora pasa dos meses en el pueblo, hasta su total recuperación. Durante este tiempo, que a bulto pueden ser casi dos terceras partes de la novela, se dedica a hablar con el médico, con alguna otra anciana y a conocer al pastor, con quien acaba echando una serie de polvos memorables a partir de un momento dado. En el pueblo, el único que tiene un libro en casa es el médico. De hecho tiene más de uno, una habitación llena. La escritora, la primera vez que entra en esta habitación, instintivamente comienza a buscar su nombre en los lomos de los libros, hasta que, extrañada, pregunta como es que no hay ningún libro suyo. El médico le explica entonces que sólo tiene los libros que considera imprescindibles. Algunos libros de filosofía, muy pocos, para ser sinceros sólo tres; bastantes libros de medicina, con diferencia la especia más abundante; muy pocas novelas, casi todas del siglo XIX, alguna del siglo XVII y únicamente cuatro del siglo XX, entre las que sólo una de estas últimas es de un autor español, desconocido para la escritora y para la mayoría de los mortales; la biblia y un libro de derecho romano. Entonces, ¿no sabe quién soy? No. O sí, una joven accidentada que necesitaba sanar sus heridas, que no son sólo de huesos rotos. Lo que le llega muy profundo a nuestra escritora. Pero nuestra escritora, que ha sublimado su gran frustración amorosa reafirmando su persona, o mejor dicho, el personaje público que de sí ha construido, que ha dejado de escribir novelas para escribir única y descaradamente de sí, nuestra escritora, digo, que por un momento ha estado a punto de sensibilizarse ante la frase del doctor, reacciona y, como sólo ella sabe, comienza a hablar de sí misma hasta llevar al doctor a una especia de sopor narcótico que termina en siesta. Durante los siguientes días intenta que el doctor se interese por ella, por su obra, pero el esfuerzo es en vano. La escritora recuerda que en el coche siempre lleva algún ejemplar de sus libros y le pide al pastor que se le los vaya a buscar. El médico no muestra ningún interés por sus libros; sin embargo, no deja de preocuparse por su estado y por la evolución de sus heridas, lo que, no deja de contrariar a la escritora que, día a día, va dejando que anide en ella algo así como un profundo rencor hacia el vejete. La escritora veía en el doctor a un igual, o al menos un intelecto si no a su altura sí capaz de vislumbrar el suyo, y que no le haya hecho el menor caso, en tanto que escritora, lo vive como la peor de las afrentas. Rendida, dirige su atención hacia el pastor. Pero el pastor no sabe leer. Una semana entera dedica la escritora a enseñarle a leer con la ayuda de su último libro. El pastor no es que sea tonto del todo, pero no demuestra el menor interés. Al octavo día, pasa lo inevitable. El pastor le coge el libro de entre las manos, lo cierra y acto seguido se la folla como hacía tiempo que no la follaba nadie. A pesar de la incomodidad de llevar las dos piernas escayoladas y las costillas vendadas, la escritora disfruta como pocas veces. Hasta el final de su convalecencia se repetirá esta escena (sin detenerse siempre en los detalles). Finalmente, la escritora se restablece y siente que ha llegado el momento de partir. Añora la vida de ciudad. Añora a sus grupis, que le ríen todas las gracias, las entrevistas en la tele, los coloquios en las radios. Vuelve. Vuelve a sentirse llena. Le da un subidón cuando ve que el último post que publicó en su blog tiene más de 20.000 comentarios. El éxtasis. Se corre. Son mensajes de duelo. Elogios a la escritora desaparecida. La han dado por muerta. ¿Cómo no se le ocurrió que esto podría pasar? Los siguientes doce días los invierte en leer los comentarios, lo que le provoca múltiples y repetidos orgasmos. ¡Me quieren, claro! Al treceavo día escribe un nuevo post, que titula Queridos míos, he vuelto. Explica su aventura. Los comentarios no pasan de los 15000. Esto la contraría. Pero qué. Son muchísimos más de los que tenía antes. Seguro que su desaparición habrá hecho que se disparen su popularidad y las ventas de sus libros. Mañana mismo piensa en llamar a su editor. Enseguida piensa en escribir un libro sobre el accidente y su aventura en el pueblo (aunque silenciará que el doctor no tuviera un solo libro de ella, incluso piensa que este dato lo puede cambiar, que puede colocar su obra entera junto a la de Benito Pérez Galdós). Se va a dormir soñando con las entrevistas. Esto la pone y acaba masturbándose. Entonces, antes de llegar al orgasmo, le sobreviene una idea genial. Regresará al pueblo a buscar a su pastor. Le confesará su amor por él y le pedirá que venga a la ciudad con ella vivir el amor verdadero. La historia de amor de ella y su rescatador hará que las ventas de su libro se multipliquen por 100, qué digo por 100, por 200. No habrá televisión que no quiera tener a la pareja en sus platós, radio que no quiera una entrevista, revista que no quiera a la pareja en su portada. Al día siguiente llama a su agente y están dos horas hablando de la promoción del que será su próximo libro. Sí cielo, vete a por tu pastor y disfruta de ese miembro, porque tú lo vales, tú te lo mereces, tú eres especial. El pastor, que también está enamorado, acepta venirse a vivir a la ciudad con ella. Fin. (Epílogo. El libro es un éxito de ventas sin precedentes en su carrera. Se venden los derechos por una fortuna a una productora que lleva la historia al cine. La autora exige que su pastor interprete el personaje del pastor. El pastor borda el personaje y empiezan a lloverle ofertas de cine. Se convierte en una mega estrella que consigue que la escritora supere la frustración de su amor frustrado de juventud.)
Recapitulando. Mi cliente me dice que sí, me ingresa los 1.500 €, le envío el informe detallado, me dice que sí a todo, y que en breve me ingresaré el otro 80% del primer 50%. Me pongo a trabajar mentalmente en la novela confiando en que el ingreso está al caer. A los diez días, recibo un mail en el que me dice que el proyecto ha quedado cancelado. Le pido explicaciones y obtengo el silencio por respuesta.
Tengo la sospecha de que mi cliente se ha ido con mi propuesta a la competencia (quizá buscando mejor precio). O quizá no, a lo mejor es que mi cliente ha sufrido un revés económico (igual era una constructora con ínfulas de escritora) y ha abandonado la idea para mejor momento.
En cualquier caso, nada me liga ya a mi cliente, de modo que, si alguien quiere aprovechar el argumento (yo por iniciativa propia ya me veo muy mayor para escribir novelas), estaré encantado. Sólo me queda decir que mediante el presente post lo libero para su buen uso y disfrute.
Escrito por Juan Negro. Publicado el 16 de febrero de 2009 en Libros, Miscelánea. Etiquetas biográfico, encargo, Rosa Rosae. 11 comentarios. Síguelos en RSS.
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11 comentarios
No me extrañaría nada que te hubiera dado el palo, pues los restos de los porcentajes del primer 50% no son correctos. Transcribo:
“…estaba dispuesto a redactar el resumen previo pago del 20%; si bien debía quedar claro que el 60% restante del primer 50% debería ingresarlo una vez aprobado el resumen y que el otro 50%, como se especificaba en el presupuesto, me sería ingresado en 5 pagos contra la entrega de cada una de las quintas partes del total de la novela, hasta su finalización.
A lo que el cliente contestó que sí a todo a excepción de lo del 20%, que como mucho el 10%, quedando el 80% restante del primer 50% pendiente de la aprobación del resumen.”
1.- Nunca será un 60% el resto sino un 80%, si se te adelanta el 20%
2.- Sería un 90% el resto si lo que finalmente se adelanta es un 10%
Muy cachondo el texto. Un saludo.
Gracias por el elogio y por el interés que muestras en mi economía. Me has hecho dudar y me he puesto a hacer las cuentas de la vieja y creo que tal y como lo pongo está bien. Veamos. Cuando hablo del 20% me refiero al 20 del total, por lo que queda pendiente el 80% del total. De este 80 debería haber cobrado el 50 en 5 veces, una vez empezado en trabajo y hasta su finalización; el otro 30 una vez aceptado el resumen. Este 30% es el 60% del primer 50%, siendo el 20, si hubiera estado de acuerdo el cliente, el 40 del primer 50. Ahora bien, sólo me pagó el 10% del 100% (20 del 50), quedando pendiente el 90% del 100%, esto es, 80% del primer 50% y 100% del segundo 50%. No debía haber hablado de porcentajes, je, me doy cuenta de que induce a error.
De cualquier manera, 15.000 euros por una novela rosa de encargo me parece un excesivo nivel. Muchos escritores profesionales que conozco no cobran ni la mitad como adelanto sobre derechos y se darían con un canto en los incisivos si les ofrecieran un contrato como ese. Claro, que si lo que pretendía el cliente era una sinopsis por 1.500, a lo mejor le salen las cuentas.
Usted, que es investigador, podría averiguar algo más sobre el encargo y quien lo trujo.
Saludos,
Bueno, gracias por la aclaración. Yo pensé que te referías al 100% del primer 50%. A mí pareció muy bien lo de hablar de porcentajes. Había algo de Groucho en todo eso, ¿no?
Oye me he leído lo de “Mis autores” y añadiría un grupo más (mira que soy puñetero eh) Y son aquellos autores que no he leído porque aún teniendo interés en ellos no he podido conseguir sus libros. No sé si te ha ocurrido. A lo mejor no tanto con los autores, pues algo siempre hay, sino con algunas novelas de esos autores.
Acteón gracias por el comentario. ¿Pero acaso crees que nos los valgo? Los 15000 digo. Tengo conocimiento de lo que pagan las editoriales como término medio en calidad de anticipo, por eso prefiero escribir por encargo. En mis facturas no aparece el concepto “Ego”. Quiero decir que todo lo cobro en moneda de curso legal.
Un saludo.
He disfrutado de este post como si se tratara del capítulo de una novela de intriga. El regalo del argumento es generoso, excesivo y humorístico. Qué pena que no sea mi género. Tus honorarios me parecen muy razonables, y tus críticas (incluidas las de mis textos) bien fundamentadas. Un saludo.
Gracias Enrique por el comentario. Mis críticas fueron hechas con cariño.
¡Hola Juan!
No deberías escribir unas entradas tan buenas, porque nos acostumbras a ello y no será fácil perdonártelo cuándo bajes el nivel.
No me dedico de forma profesional a escribir (aún, espero conseguirlo algún día), pero debo decirte que caraduras existen en todos los gremios. Jamás empiezo ningún trabajo sin que antes el cliente haya adelantado un porcentaje razonable para ambas partes, pues corres el riego de que te dejen colgado.
Por cierto, muy “azucarado” el argumento de la novela (el género rosa lo requiere, claro). Sólo me asalta una duda: ¿el pastor se follaba a la prota por amor, o porque estaba harto de clavarla en todo ano de oveja que se le ponía a tiro?
¡Un abrazo, tio!
Hola Juan, Gracias por tu comentario. La intención es hacerlo lo mejor que sé. Y en ello estamos. En cuanto a lo del pastor. Pues fíjate que la novela al final no la escribí, por lo que no me paré a pensar demasiado en ese punto. Pero si lo hubiera hecho tendría que haber dejado claro que el sentimiento del pastor era puro y lo hacía por amor, ya que siendo el encargo una novela rosa otra cosa no hubiera quedado de recibo (y el cliente paga y manda), pero en otro contexto igual sí tienes razón y lo que le pasaba al pobre hombre era que estaba cansado de la compañía de las ovejas.
Un saludo
me gustó, está interesante y queda muy abierto, lo veo… lo veo, y punto, es más de lo que se puede decir de muchos, felicitaciones amigo
Gracias Rafael, eres muy amable