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Vacaciones en Córcega

Elisabetta era la hija de unos amigos de mis padres. Nos conocíamos desde siempre y empezamos a salir el último verano antes de que yo comenzara la facultad. Supongo que lo hicimos por aburrimiento. Mis padres y los suyos habían alquilado una casa en Córcega para pasar las vacaciones estivales y nosotros también fuimos. A mí el plan de playa matutina y excursiones vespertinas me hartó en seguida e imagino que Elisabetta se convirtió en el único aliciente del viaje. Era guapa pero estúpida, o mejor dicho insustancial, y nunca me había planteado nada con ella. Nos caíamos relativamente mal, aunque nos tolerábamos.

Sin embargo, una noche, al masturbarme, la convertí en protagonista de mis fantasías, y al día siguiente, mientras desayunábamos en la terraza, me puso cachondo tenerla delante y recordar las obscenidades que había imaginado. No sé qué me excitó más, si la actitud lúbrica en que la rememoraba o el hecho de tenerla delante mientras lo hacía. En cualquier caso, antes de ir a la playa, tuve que subir a mi cuarto a hacerme una paja rápida. Al acabar pensé que podría ser interesante convertir mis fantasías en realidad.

Resultó sencillo seducirla. Aunque la verdad es que no hubo seducción. Tuve la impresión de que ella estaba tan aburrida como yo y posiblemente habría tenido la misma idea. Fue esa misma noche, mientras tomábamos la segunda copa en el típico chiringuito de playa. No hubo palabras. Lo cierto es que nunca las había, resultaba imposible hablar con ella. Estábamos acodados en la barra y decidí acercarme por las buenas y besarla. Respondió activamente. Creo que hasta me sorprendí al encontrarme con su lengua en mi boca.

Salimos juntos las dos semanas que nos quedaban en Córcega y durante el mes de septiembre. A nuestros respectivos padres les gustó la idea. Les entusiasmaba que fuéramos los seis a cenar a restaurantes en plan parejas.

A Elisabetta le gustaban los perros enanos y llevar las uñas largas, la ropa cara y recitar las marcas de los coches que tenían sus amigos. Sobre ello versaban sus conversaciones. Me llevaba a bares pijos y me decía que por qué no les pedía a mis padres un coche, que era un latazo usar siempre el suyo.

Fuimos al cine en alguna ocasión, e, invariablemente, sus comentarios eran del tipo “Muy buenos los efectos especiales” o “Me ha parecido un poco lenta”. Le regalé Un mundo para Julius y creo que se mareó al ver lo gordo que era. Directamente me dijo que gracias pero que no lo iba a leer, que no le gustaba.

-¿No te gusta Bryce Echenique?

-No me gusta leer.

Era dos años mayor que yo y estudiaba derecho, la carrera con mayor índice de analfabetos funcionales.

Su única virtud, además de estar muy buena, es que me la meneaba maravillosamente bien, con aplicación y destreza.

En Córcega no pasamos de los morreos, pero ya en Milán, en el plazo de un mes me hizo como mínimo dos docenas de pajas, se le notaba que le gustaba. Pero nada más, y siempre en el coche; nunca quiso que fuéramos a ningún sitio. No me dejaba hacerle nada, sólo tocarle las tetas. Cuando intentaba avanzar entre sus piernas, las sellaba; entonces me cogía la mano y volvía a posarla sobre sus senos. No he visto a tía más rara para el sexo. Por supuesto, nada de felaciones, la sola idea de chupármela le daba asco. De manera que no llegamos a poner en práctica las fantasías que yo había tenido con ella como protagonista.

Un día, al acabar el verano, hablamos del futuro.

-Gonsalvo, siempre me habías gustado.

-Tú a mí también Elisabetta.

-¿De verdad?

-Claro que sí, y te quiero.

-Yo a ti también te quiero Gonsalvo.

-Pero yo te quiero mucho, y deseo casarme contigo.

Últimamente había descubierto que me divertía tomarle el pelo. Era fácil hacerlo, se tragaba cualquier trola.

-¿De verdad, Gonsalvo? ¡No sabes cuánto me gusta la idea! Podemos hacerlo cuando acabes tu carrera. Yo ya habré acabado la mía y…

-Pero para eso falta mucho y yo no quiero esperar tanto -le dije-. Quiero casarme ya, como muy tarde el verano que viene. Nuestros padres pueden mantenernos, tienen dinero de sobra, y podemos ir a vivir a cualquiera de los pisos de tu abuela.

Sus padres no tenían mucha pasta por ellos mismos, pero la abuela materna estaba forrada. Tenía bloques enteros de pisos.

Creo que le gustó la idea y aquella noche, mientras me masturbaba en el coche, no dejó de repetirme que me quería.

A la semana siguiente me dijo que tenía una sorpresa para mí.

-¿De qué se trata?

-No seas tan impaciente. Deberás esperar a mañana.

-¿Y por qué no me la das hoy?

-Mañana cenamos en mi casa con mis padres y los tuyos.

-¿Y ésa es la sorpresa?

-Ay, no seas impaciente, ya te he dicho que mañana.

Aquello no me gustó ni pizca, pero no me imaginaba lo que me tenía preparado.

A la noche siguiente durante la cena todo eran risitas de complicidad entre Elisabetta, mi madre y la suya. Mi padre estaba algo serio, pero ése era su estilo, y el padre de Elisabetta, que era tan o más insustancial que su hija —un pijo vocacional y convencido—, ensayaba a cada momento la mueca que pretendía hacer pasar por una sonrisa inteligente. Total que yo estaba escamado y a la hora de los postres se me confirmó que tenía motivos de sobras.

-Bueno, Gonsalvo —empezó la madre de Elisabetta—, Elisabetta nos ha puesto al corriente de vuestros proyectos. Y, si bien tanto a tus padres como a nosotros nos pareció un poco apresurado al principio, después de discutirlo hemos decidido apoyaros en todo. Así que hemos pensado regalaros un piso y pasaros una asignación mensual hasta que acabéis vuestros estudios y estéis situados.

Lo había oído pero no me lo creía. La madre de Elisabetta había acabado de hablar pero yo seguía mirando fijamente sus labios a la espera de que de nuevo empezaran a moverse para decir “Inocente, inocente, te lo has creído”.

Pero no se movían y se suponía que era yo el que debía de decir algo; allí todos estaban esperándolo. Mientras tanto, Elisabetta se había levantado y acercado a mí para abrazarme por los hombros. Como si estuviera muy, muy lejos oía que me decía “Te quiero Gonsalvo, ¿estás contento?”

-A la mierda.

Creo que no se me oyó, de modo que me levanté y volví a decir:

-¡A la mierda, tía, a la mierda! ¡Pero hostias, Elisabetta!, ¿tú eres tonta del culo, o qué? ¿Tú te crees todo lo que te dicen? ¿No viste que te estaba tomando el pelo? ¡Eres la hostia, tía! ¡Es que eres tonta de atar!

Quizá fui un poco hijo de puta. Pero es que de repente me había entrado mucha mala leche.

Elisabetta se quedó mirándome boquiabierta, con cara de no entender, pero en seguida se puso a llorar desconsoladamente. No me dio ninguna pena; al contrario, de buen grado le hubiera dado dos hostias. A aquella niña tonta le habían dejado de dar a lo largo de su vida unas cuantas.

Acto seguido, recogí mi servilleta del suelo, la dejé sobre la mesa y me fui. Cuando avanzaba por el pasillo hacia el recibidor, empecé a oír a mi madre que gritaba “Gonsalvo, Gonsalvo, no te atreverás”.

Pero hice oídos sordos y salí del piso de los papás de Elisabetta para no volver nunca más.

Escrito por Juan Negro. Publicado el 8 de diciembre de 2010 en Novias. Etiquetas . 6 comentarios. Síguelos en RSS.

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6 comentarios
  1. El Pobrecito Hablador del Siglo XXI ha publicado el siguiente comentario:

    Gonsalvo no sabe que con las cosas de comer no se juega. ¡Pero qué ocurrencias! De un verano aburrido, pasó a deporte de aventura, por su mala cabeza, por un quítame allá esa pajas. ¿Qué es de Gosalvo? ¿Tiene hipoteca? ¿Por qué sus padres le bautizaron con ese nombre? ¿Tiene hijos? ¿Le ha puesto el mismo nombre a alguno de sus hijos? ¿Sigue meneándosela, pensando en Elisabetta?

    ¡Salud Juan !

    • Juan Negro ha publicado el siguiente comentario:

      Hombre (y fíjate que digo hombre y no te llamo por el pila, que aún no conozco), pues me haces una serie de buenas preguntas para las que no tengo respuestas. De Gonsalvo sólo sé lo que cuento en ese post. Y no tengo ni idea de lo que habrá sido de él. Imagino que sí, que se la seguirá meneando, aunque seguramente ya no pensando en Elisabetta.

      Un saludo y hasta pronto

  2. La peregrina ha publicado el siguiente comentario:

    Juan hombre y escritor, manejas el erotismo al crudo, certero en tus diálogos, no te andas por las nubes, caminas por el sendero de las letras con plumas bien afiladas, pues tío que se te sale también toda tu españolada, vives orgulloso de lo que eres. No te digo que te felicito,porque son frases manidas y edulcorantes, solamente que le sigas por ahí que vas muy bien, amigo de negro, muy bien. La peregrina

    • Juan Negro ha publicado el siguiente comentario:

      Gracias Peregrina por tu comentario. Lo cierto es que éste no es tanto un texto sobre erotísmo cuanto sobre el aburrimiento y los peligros que lleva asociados. Pero, en cualquier caso, tus palabras son recibidas como un elogio. Lo que no alcanzo a comprender es lo de la españolada, a qué te refieres con ese término. ¿Y es bueno o malo?
      Un saludo

  3. jorge ha publicado el siguiente comentario:

    yo habría actuado igual, si hubiera accedido a la felación se pensaría

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