Cuando llegué a La terraza no vi ni a Víctor ni a su prima. Bueno, eran escasamente las diez y media y no tardarían en llegar; pero sí que había alguno de los habituales de nuestro grupo. Me pedí una cerveza y me uní a ellos. En seguida noté que volvía a subirme el globo de la tarde. Se hablaba de lo que se podría hacer esa noche y todo el mundo empezó a estar de acuerdo en ir a una superdiscoteca que habían abierto en el pueblo de al lado, había suficientes coches. A mí me pareció buena idea, pero mejor nos tomábamos antes otra ronda. Le pedí otra cerveza a Nacho e invité a cerveza a mis amigos. Qué globo más tonto había vuelto a pillar en sólo un momento; sin embargo me encontraba chachi, con ese puntito ideal.
Y qué pasaba con Víctor y Marcela. Ya eran más de las once y ni rastro de ellos. Comenzaba a ponerme nervioso, o, más que nervioso, a sentir una molestia en la boca del estómago, pero no porque me hubiera sentado mal la cena o me estuvieran sentando mal las cervezas, no, no, sino por lo que empezaba a sentir como la insoportable ausencia de Marcela. Pero ahí por fin llegaban. Y de repente empecé a ponerme verdaderamente nervioso porque ahí llegaba Marcela, sí, radiante, espectacular, bellísima. Todo el mundo vio lo que digo y alguien preguntó “¿quién es esa tía tan buena que viene con Víctor?”, y yo no pude reprimirme y, muy presuntuoso, dije, “ah, es Marcela, una vieja amiga, la prima italiana de Victor”.
Hola, hola, hola; todo el mundo se presentó allí y todo el mundo como que se mostró muy interesado en conocer a Marcela y en saber si iba a estar muchos días en el pueblo —este dato les interesó en especial a las chicas, no veo por qué— y en saber ese tipo de cosas que yo ya sabía, y a todo el mundo como que le pareció perfecto tomar una nueva ronda para darles así tiempo a Marcela y Víctor de acabar lo que le habían pedido a Nacho. Yo me tomé una nueva cerveza, seguro de que después ya no tendría problemas para hablarle a Marcela; y es que ella era tan guapa y yo tan estúpidamente tímido… En fin, Miguelito se lió unos porritos y Víctor se pidió otra cerveza y yo me pedí otra cerveza y todo el mundo allí pidió más cerveza, y ya parecía que nadie se acordaba de que se había quedado en ir a esa superdiscoteca que estaba en el pueblo de al lado.
Después de no sé cuántas cervezas y no sé cuántos porritos, se decidió que fuéramos al Marx, lugar al que íbamos casi siempre —nadie había vuelto a hablar de la superdiscoteca—, donde seguimos tomando más cervezas y fumando más porritos, que ya no liaba únicamente Miguelito, y de ahí nos fuimos a un pub bastante grande y bastante hortera que también frecuentábamos bastante. Al llegar ahí, y aunque todo el tiempo había procurado estar próximo a Marcela y visible, dentro de su campo visual quiero decir, todavía no le había dirigido la palabra, bien porque siempre estaba ocupada hablando con alguien, bien porque yo no me atrevía y ella o se estaba haciendo la interesante o no tenía interés alguno en hablar conmigo.
La noche avanzaba y el pub cada vez estaba más lleno, y yo cada vez más borracho. Estábamos de pie repartidos en pequeños grupos más o menos próximos y compactos (yo hablaba con Víctor y con Alejandro, quien me animaba a que de una vez por todas le entrara a Marcela, avisándome de que si no lo hacía yo al final lo haría él), pero ahora, con la gran cantidad de gente que se había congregado, era fácil verse inmerso en uno de esos fenómenos de corrimientos humanos… quiero decir que de un momento para otro, y sin que nos hubiéramos dado cuenta, fuimos desplazados quince o veinte metros, de modo que si hasta hacía un minuto entre nosotros y Marcela había habido la distancia de cuatro o cinco personas, ahora había dejado de verla.
—¿Dónde está tu prima, Víctor?
—No sé, hace un momento estaba ahí, hablando con Ricardo y su novia, pero ahora no les veo.
—Oye, tío —insistió Alejandro-, antes de que alguno de éstos se levante a la prima…
No le hice ningún caso. Lo que verdaderamente me preocupaba era recuperar el contacto visual con Marcela. Mientras intentaba encontrarla entre todas aquellas cabezas, pensé que, ahora sí, no iba a dejar pasar ni un segundo; en cuanto la viera iría directo y me pondría a hablar con ella. Pero ¿qué le diría? No sé, cualquier cosa. Estaba decidido. Pero bueno, antes mejor me iba a buscar un combinado de coca–cola y ron, porque se me había acabado la bebida y siempre era más fácil mantener una conversación con una copa en una mano y un cigarrillo en la otra.
Víctor y Alejandro me encargaron bebida para ellos y al cabo de media hora conseguí estar de regreso con casi el contenido íntegro de los tres vasos. En esa operación, llegar a la barra, hacerme un hueco, llamar la atención del camarero, y regresar hasta donde estaban mis amigos, ni me encontré con Marcela ni rastro siquiera, y cuando les pregunté a ellos, me dijeron que tampoco la habían visto. ¿Dónde se habría metido? Por fin, en un rincón del local, en el otro extremo, vi a Ricardo, y, como pude, llegué hasta allí. Le pregunté por Marcela y me dijo que no estaría muy lejos, que había permanecido con ellos hasta hacía un momento, y que, “por cierto, muy guapa la prima italiana de Víctor”. Giré en redondo por ver si la veía y allí estaba.
Llegué a su altura le dije hola y algo más, alguna gracia, no recuerdo el qué, pero de lo que sí que estoy seguro es de haber estado bastante ridículo, de haber hablado con cierta dificultad —iba borracho, demasiado borracho, para qué vamos a engañarnos—, y en seguida le pregunté si se acordaba de mí, que habíamos merendado juntos esa tarde en casa de Víctor. Claro que se acordaba de mí, por supuesto, cómo se iba a olvidar. Y cuando yo le dije que me apetecía mucho hablar con ella, Marcela me dijo que también ella tenía muchas ganas de hacerlo conmigo, pero que entendiera que ahora estaba hablando con Ernest. “¡Qué!” ¿Qué Ernest? Y de repente se materializó el tipo aquel que me estaba mirando con una sonrisa de estúpida condescendencia, que había estado allí todo el tiempo, que hasta el momento no había visto, y que no conocía de nada.
—Te presento a Ernest. Es de Girona. Está estudiando económicas en Estados Unidos y mañana se va con sus amigos a París antes de regresar a…
—Charleston, una pequeña ciudad del sur —aclaró.
—Pues qué interesante, ¿no? —dije. Y antes de que pudiera añadir nada más, ya seguían hablando entre ellos, como dando a entender que, si bien mi presencia no les molestaba lo más mínimo, tampoco la consideraban del todo necesaria. A buen entendedor. Y recogí velas. Y, con mi copa y mi cigarrillo, abatido, y habiendo en ese preciso instante decidido olvidar para no sufrir, me retiré con disimulo en busca de mis amigos, a los que ahora se les había sumado Julio, Miguel y Marga.
En menos de un minuto allí teníamos a Marcela. Pero venía con su nuevo amigo Ernest a decirle a su primo Víctor que se iban a dar un paseo a la playa, que dónde quedaban luego, que ella no llevaba llaves. A las cuatro y media en el paseo. Se fueron y todos me miraron con cara de “mala suerte, chaval”, pues ya se había corrido la voz de que me gustaba la prima de Víctor y todo el mundo sabía lo que significa ir a la playa a dar un paseo.
Escrito por Juan Negro. Publicado el 28 de enero de 2011 en Novias. Etiquetas Marcela. 3 comentarios. Síguelos en RSS.
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3 comentarios
estas situaciones tantas veces vividas, estupendamente narrada. tengo llegado con medio kilo de arenas por todas partes, y eso que intentabas sacudirla, pero no se como coño llegaba a los bolsillos
Al menos lo intentó, ¿no?
Muy bien narrado, me ha llevado en volandas hasta el final.
El humor es signo de inteligencia, Juan, y a tí te sobra humor.
Finalmente, no sólo se corrió un rumor aquella noche. No sólo un rumor…
¡Un abrazo!