El título promete. Recuerda ésos que le gustan a Javier Marías y es casi un plagio del de la novela de Clara Sánchez, Lo que esconde tu nombre, pero… es mala.
Novela mal resuelta, vaga e imprecisa. Negra con pinceladas de cosa social. Negra mate. O lo que es lo mismo, sin ningún brillo ni gracia. A este humilde lector no le ha despertado ningún interés. En más de una ocasión he lanzado el libro al suelo desde la cama y me he puesto a dormir, o lo he cambiado por otra lectura, o he estado tentado de tirarlo a una papelera del metro, o me he imaginado quemándolo en la chimenea que no tengo junto con toda la colección de Pepe Carvalho, que qué culpa tiene el pobre, y sólo porque el desalmado que escribió la contraportada lo cita como inspiración. No engancha.
El doctor Andrés Buenafuente, (que ya son huevos que se llame como aquel presentador que había en TV3, al que en una ocasión, en una fiesta -una party privada- le dije en su cara -iba yo borracho- que había visto su programa y me había parecido patético) de aproximadamente 50 de años, el doctor, cirujano plástico de Madrid, separado y con una hija adolescente -datos que cito en esta reseña porque el autor, a peso, le dedica a esos elementos biográficos no menos de 50 páginas, lo que hace que piense que es importante para él, y fíjense que la novela hubiera sido casi la misma, cambiando muy pocos elementos de la trama, si el doctor hubiera sido un carpintero sin hijos-, es arrancado en mitad de la noche de los brazos de Morfeo (sic) por el maleducado comisario Partagás (y no me equivoco si digo que eso es una marca de puros y cigarrillos, lo que da una idea de lo mal para unos y bien para otros que debía de oler el tipo). Y todo porque un amigo del doctor, que como él también es un eminente cirujano plástico de Madrid, ha sido hallado muerto en un barrio de la periferia que el autor, a diferencia de otros lugares que salen en su historia, no ha debido de pisar en toda su vida, lo que deduzco porque despacha toda descripción del escenario del crimen con cuatro palabras (“barrio de la periferia”), mientras que a la zona pija donde tiene su despacho le dedica, a bulto, no menos de 15 páginas, hallado, el doctor amigo y muerto, digo, con la cara hecha un cristo. Vamos, que no sólo le han dado finiquito sino que además se han ensañado con su rostro. (Y aquí, entre paréntesis, debo decir que Buenafuente, el presentador de televisión, no el cirujano plástico, me miró durante unos segundos, tres, cuatro, cinco, en completo silencio, sin ni siquiera proferir un “ah” o un “umm”, pero mirándome como si yo no existiera, como si su mirada me traspasara, como si se estuviera preguntando si en realidad había oído algo o sólo se lo había parecido, y después siguió avanzando -porque el iba en una dirección y yo le había parado- con su copa y su cigarrillo, que recuerdo perfectamente que en una mano llevaba un pito y en la otra un cubata, deduje, que no creo que fuera una coca-cola, y yo me quedé en el mismo sitio, con mi cerveza y mi cigarrillo, que también fumaba, empezando a pensar que debía ser a mí, y no a su programa, a quien había que aplicarle el calificativo de patético.)
Para reconocer el cadáver de su amigo. Por eso Partagás despierta a Buenafuente. (Y aquí quedan resumidas las primeras 70 u 80 páginas de la novela. Las otras 250 ó 260 las condenso en el resto del párrafo.) Una cliente descontenta, uy, me acabo de cargar el final del pegote éste, se carga, valga la redundancia, al cirujano amigo, que por lo visto había hecho con ella un poema surrealista. La autopsia descubre que al cirujano muerto le han desfigurado el rostro con un bisturí. Esto para que se sospeche del cirujano vivo, que ésa es la intención de la clienta descontenta. Además de otras pruebas falsas que se esfuerza en dejar por ahí. Porque el vivo, alegando problemas de agenda, había enviado a la clienta al muerto. Pero Partagás es mucho Partagás y descubre el asunto en la penúltima página, dejando la última para las reflexiones finales.
Y digo yo, ¿el título de la novela debe de aludir a esas pequeñas cicatrices que esconden detrás de las orejas las señoras y los señores que se hacen cirugía estética, no? Dejo la pregunta abierta.
El argumento podría haber dado de sí en manos de un buen novelista. Y no es que el tipo escriba mal, no, si hasta se podría decir que tiene una buena sintaxis, vamos, que pone los puntos y las comas donde toca. Pero no los literarios. Y es que el autor no sabe armar una trama ni desplegar un argumentado (esto puede que lo repita en más de una reseña, pero es que pasa tanto), lo que hace que la historia resulte poco creíble, cuando no inverosímil, cuando no un cachondeo.
Personajes cliché construidos en clave biográfica, sin relieve alguno, y poco más.
La novela es la tercera del mismo autor (no quiero ni pensar cómo serán las otras dos) y la publica la misma editorial. Todavía se puede ver en mesas de novedades. Y mi recomendación es que mejor pasar de largo haciendo como que no la han visto.
Escrito por Juan Negro. Publicado el 25 de enero de 2011 en Libros, Novelas malas. Etiquetas Adrés Buenafuente, Clara Sánchez, Nada recomendable. 6 comentarios. Síguelos en RSS.
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6 comentarios
Como siempre, estoy de acuerdo contigo, Juan.
No lo digo en cuánto a la novela (que no la he leído, ni pienso hacerlo después de pasar por tu excelente blog). Quiero decir que a mí también me parece patético Buenafuente (el humorista). No lo trago.
¡Un abrazo!
Bueno, yo hace mucho tiempo que no he visto a buenafuente, en televisión quiero decir, en persona tampoco, en persona sólo aquella vez, y no sé lo qué hace. Tampoco me interesa. Pero no le calificaría de patetico ahora. Insisto, el que qudó patético diciéndole aquello fui yo.
Hola Juan. llevaba un tiempo perdida por ahí.Esta mañana he entrado un momento a mirar tu último post. Leyendo el primer párrafo me ha venido una serie de asociaciones atractivas a la mente: tu rostro mañana (excelente trilogia de Marías), lo que esconde tu nombre (de sánchez y premio Nadal de 2010 que leí a medias) e incluso el desorden de tu nombre (de Millás que no estuvo mal).
Luego, en fin.. tal y como te diseccionas el argumento… sabes transmitir estupendamente que se trata de un escrito con poca sustancia, cargante, vacío.
Y es que escribir está muy pero que muy bien, pero la mayor parte de escritos deben quedar en la intimidad, sin mayor pretensión que el propio placer de leerse o de que te lean personas de tu entorno, sin arrebatos de grandeza o exhibicionismo. Cuando estos arrebatos tienen lugar y el tipo se empeña en tirar adelante y cuenta con poder o caché suficientes el resultado es la edición de unos textos, que entonces se tornan indecorosos y aversivos.
Bien, Juan, no leeré esa novela. Garantizado.
te sigo la pista investigador! Hasta pronto
Hola Celeste,
Gracias por tu comentario y por ser tan generosa al compartir aquí tus impresiones.
Espero que lo de “pero la mayor parte de escritos deben quedar en la intimidad, sin mayor pretensión que el propio placer de leerse o de que te lean personas de tu entorno, sin arrebatos de grandeza o exhibicionismo” no lo digas por mí.
Y tampoco estoy del todo de acuerdo contigo. Es responsabilidad de los editores que no se publiquen truños. Los escritores tiene la obligación de hacer llegar a cuantas más personas mejor lo que escriben, y, por supuesto, esa dosis de exhibicionismo es necesaria. Lo contrario, en cierto modo, sería traicionarse.
En cuanto a la gente de tu entorno… no creo que se haya de escribir pensando en tu familia. Se ha de ser más ambicionso. La familia está para quererla y para que te quiera.
patetico tio de verdad que si qu e eres patetico. cuanta razon tienes.
Pues estoy de acuerdo contigo. No puedo decir otra cosa.
Un saludo, amigo