Cuando mi amigo Jaume Saurí me comunicó que el Círculo de Filosofía había invitado a la Asociación a participar en el ciclo de charlas o conferencias que iban a tener lugar hoy aquí, en el Instituto Francés, lo que realmente me estaba diciendo era que por qué no preparaba yo alguna cosa.
El reto me pareció atractivo y le dije que sí. Le dije que sí y le pregunté de qué. Él sonrió muy diplomático como siempre, y me dijo:
—De cualquier cosa que pueda ceñirse al lema Filosofía e Interdisciplinariedad. Es decir, de lo que quieras.
Creo recordar que estábamos a primeros de octubre cuando tuvo lugar esa conversación. Estaba yo entonces inmerso en un trabajo que me ocupaba las veinticuatro horas del día. Pero pensar que esto que está ocurriendo hoy iba a suceder justamente hoy, es decir, dos meses después, y considerar, también, que el trabajo que acabo de mencionar iba a quedar concluido a mediados de noviembre, hizo que creyera que iba a tener suficiente tiempo para preparar unas pocas páginas que leídas aquí me permitirían pasar el trámite con relativo éxito, y, en primer término, que le dijera que sí. Ya sólo me faltaba saber de qué podía hablar, qué cosa podía escribir que después leído pudiera no tanto interesar a un auditorio que se presentara traído por la divisa Filosofía e Interdisciplinariedad cuanto crear la ilusión en ese mismo auditorio de que estaba, efectivamente, diciendo alguna cosa. Rizar el rizo hubiera sido, o sería, o estaría siendo ahora, añadir a la ilusión que la tal cosa —fuera lo que fuera y todavía entonces sin determinar— estaba siendo además interesante o de valor, es decir, que eso de lo que pudiera hablarles pudieran o pudierais considerarlo como aportación, por mínima que fuera, al ancho saco de la filosofía, esto es, que eso de lo que pudiera hablarles pudieran o pudierais considerarlo como discurso de la epistemología, o de la gnoseología, o de la teoría del conocimiento, o de la metafísica, o de la ética, o de la estética, o de filosofía de la cultura, o de lo que fuera. Pero me faltaba, digo, saber de qué cosa podía hablarles.
El qué, que no el cómo, me lo sugirió mi amigo Jaume Sauri, quien me dijo:
—¿Por qué no preparas algo que tenga que ver con literatura? No sé, Filosofía y Literatura. ¿Qué te parece?
Me pareció buena idea.
Pero antes de seguir, un inciso: Hace un momento he dicho “crear la ilusión”, o si se prefiere me he expresado en esos términos. Bien, pues no quiero que piensen —o que penséis— que bajo esas palabras se esconde la voluntad de un engaño o de una estafa. No es eso. O en todo caso sí algo que tiene que ver de alguna manera con el engaño pero de ningún modo con la estafa. Al respecto no diré nada más o diré que es algo que tiene que ver con convicciones profundas y personales, y que sólo —y en el mejor de los casos— quedará claro cuando dé término a la lectura de estas páginas.
He dicho que me pareció buena idea y me las prometí felices. En cuanto terminara el trabajo que me ocupaba, me metería de cabeza a preparar algo que no quedara muy alejado del título Filosofía y Literatura.
Mi primera idea —poco brillante he de confesar— fue la de sentarme delante de uno de esos ordenadores que hay en la biblioteca de la facultad de filosofía de la Universidad de Barcelona, donde suelo pasar algunas tardes leyendo novelas, y teclear tres palabras, a saber: “filosofía y literatura”. Es decir, me propuse consultar bibliografía, leer la que buenamente pudiera, y elaborar después un refrito al que añadiría lo que, con no menos buena voluntad, pudiera surgir de mi propia cosecha, después soltarlo aquí, y aquí paz y después gloria. En resumen, siendo poco brillante u original, me planteé conducirme al modo en que lo hacen si no todos los pensadores sí al menos una cantidad no despreciable. Me pareció que estaba en mi legítimo derecho.
Pero he dicho que fue mi primera idea y añado ahora que fue la que —si bien sólo en parte— llevé a la práctica. Efectivamente, me senté delante del ordenador y tecleé las tres palabras. Estábamos a día dieciséis de noviembre. Ese día había estado lloviendo con ganas y yo sentado delante del ordenador era un sujeto calado hasta los huesos. No siendo previsor, no había cogido el paraguas. Quizá esto tuvo algo que ver con el desánimo que me invadió en seguida. Y si me acuerdo con precisión de la fecha no es tanto por el resfriado que probablemente empecé a encubar en ese mismo momento cuanto porque ése es un día señalado para mí. Pero decía que me invadió cierta sensación de desánimo: En la pantalla del ordenador, de haber seguido en el empeño, podría haber leído no menos de un centenar de títulos —cada uno de ellos un libro— que se correspondían o que tenían que ver con lo que yo me había propuesto investigar. Afrontar semejante bibliografía era una tarea si no imposible sí inhumana. A pesar de la calefacción, tenía frío —los pies mojados, los zapatos perdidos—, y ése me pareció un argumento consistente para marchar a casa y dejar el asunto para otro día.
Una cosa llevó a otra, a cada sábado le siguió un domingo, acabó un mes y empezó el otro, y así hasta que el otro día me llamó Jaume para recordarme que hoy tendría que estar aquí hablándoles de filosofía y literatura.
—Sí; por descontado, no faltaré, prácticamente lo tengo listo —le dije en lo que quiso ser una mentira piadosa. La verdad es que podría haberle dicho: Mira, me han surgido ciertos imponderables y me ha sido imposible preparar nada, te pido mil perdones. Eso es lo que le podría haber dicho, pero, siendo por vocación un embustero, preferí mentir. Y con esa mentira me traicioné, y por ello es que ahora, en este momento, estoy aquí.
En fin, me había olvidado por completo del asunto. No es que el reto hubiera dejado de parecerme atractivo, no es eso, y tampoco le daré más vueltas a esta cuestión ahora. Tenía tres días para preparar algo. Acudir a la bibliografía, ya sí, lo desestimé por imposible. Decidí estirar aquello que había pensado poner de mi propia cosecha y elaborar un discurso mínimamente creíble. Tenía el qué, seguía faltándome el cómo, y ahora me daba cuenta de que necesitaba como previo el dónde.
La cuestión del dónde no es baladí. He comprobado que los lugares físicos me condicionan terriblemente a la hora de trabajar. No lo he dicho, pero soy escritor de encargos, y si por ejemplo mi editor me pide un recetario de la cocina mediterránea, sé que no me va a salir el mismo libro si me pongo a trabajar en casa que si lo hago en el restaurante de la esquina o si decido marchar un par de semanas a Logroño. Esto lo descubrí… bien, me iría demasiado del tema si sigo por ahí. Y, efectivamente, para el caso que nos ocupa resultó ser definitivo.
Considerando el qué de lo que quería hablarles, pensé que un ambiente libresco me sería de gran ayuda; sin embargo, en seguida me di cuenta de que justamente eso podría ponerme en dificultades. Me explico: De haberme puesto a trabajar en la biblioteca de filosofía —lo que consideré—, o en casa —lo que consideré en segundo lugar—, y pudiéndome encontrar en una situación difícil —lo que pensaba como muy probable—, es decir, atascado o en punto muerto en la elaboración de mi discurso, temí que muy bien podría sucumbir a la tentación de echar mano de algún libro buscando inspiración —de filosofía si me hallaba en la biblioteca de filosofía— y acabar plagiando directamente a cualquier pensador que hubiera pensado con anterioridad lo que yo me proponía pensar, o, de estar en casa, acabar leyendo alguna novela olvidándome por completo y definitivamente del asunto. Por fortuna, me acordé entonces de que en Barcelona existe una biblioteca muy poco conocida y menos frecuentada que ostenta el original nombre de Biblioteca para la recopilación, investigación, comprensión y difusión de textos antiguos escritos en lengua árabe. Resolví que ése sería un buen lugar para trabajar: de una parte estaría rodeado de libros y de otra a salvo de la tentación de ponerme con ninguno (y esto último porque no tengo ni la menor idea de árabe, y todos, absolutamente todos los volúmenes que allí se guardan, están escritos en esa lengua).
El viernes por la tarde, con la exigua provisión de un cuaderno de tapa dura y una pluma estilográfica, di inicio a mi trabajo de pensador en una de las solitarias y confortables salas de la mencionada biblioteca. He dicho solitaria y quizá debiera haber hecho énfasis en esa palabra o haber dicho simplemente que yo era el único ser humano que allí se encontraba. Bien, pues queda dicho. La calefacción estaba graduada con la intención de agradar, quiero decir de ser benévola con el lector, ni demasiado alta ni demasiado baja; y la luz era la justa. La sala estaba inmersa en una casi penumbra en la que el único punto de luz que destacaba era el de la lámpara que sobre mi mesa iluminaba la inmaculada hoja de mi libreta todavía por estrenar. Pasados unos —calculo a ojo— quince minutos, ni una sola idea había venido a mi cabeza. Esto no me desanimó, todo lo contrario. Me hubiera extrañado si en ese rato hubiera pensado más de una cosa que no fuera directamente sospechosa de estupidez, no haber pensado nada no estaba sin embargo muy alejado de la media. Debí quedarme dormido en un momento incierto, pues no recuerdo haber pensado nada más. Esta cabezada la atribuí a la connivencia de una digestión pesada y un ambiente acogedor. Supe qué tiempo había estado dormido cuando, más tarde, un ujier vino y me dijo que la biblioteca cerraba en cinco minutos.
El sábado lo dediqué a asuntos personales.
El domingo no trabaja nadie, quiero decir que la biblioteca no abría.
El lunes —es decir, ayer—, puntualmente a las cuatro de la tarde, estaba de nuevo sentado en la misma butaca que había conocido el viernes. Sin embargo, en esta ocasión algo era ligeramente distinto. Venía con una idea preconcebida de por dónde iba a conducir mi pensamiento o reflexión. Desde hacía bastante sabía que quería pensar —y hablar hoy— de literatura y filosofía, pero sólo ayer —y mientras viajaba en el metro— se me ocurrió que podía centrar el tema en las diferencias que puedan haber entre uno y otro género. La idea —o la protoidea (palabra horrible)—, como siempre, me vino impuesta desde el exterior. Viajaban casualmente a mi lado, uno a cada uno de mis lados, dos sujetos lectores. El uno, aprecié, leía una novela, y el otro (reconocí fácilmente cuatro palabras; una de ellas era “ontoteológico”) iba leyendo un libro de filosofía. Para un observador ajeno, ajeno a mi pensamiento y ajeno a la cabeza de esos dos que iban leyendo, pongamos por caso para uno cualquiera de los que se sentaban enfrente, la experiencia de aquellos podía ser trivialmente reducible: Se podía pensar de ellos: Dos que van leyendo. Pero a mí me dio por pensar que mientras uno ahora estaba metido de lleno en las aventuras del grumete Jim, casi pasando el mismo miedo que éste pudo sentir cuando escondido a bordo de la Hispaniola escuchaba la conversación que mantenían el tullido Silver y el marinero Dick y descubría lo que les esperaba al llegar a la isla en la que les aguardaba el fabuloso y ansiado tesoro del capitán Flint, que mientras el uno hacia esto, digo, o sentía esto, o revivía esto directamente en su propia piel, el otro, el que se sentaba a mi izquierda, no estaba haciendo otra cosa que arqueología, sintiendo o viviendo o pasando o sufriendo su propia experiencia de arqueólogo: literalmente se estaba peleando con fósiles. Se me antojó que mientras para uno las palabras impresas eran una suerte de ventanas que una vez traspasadas le abrían su mirada a mundos fantásticos, conocidos o desconocidos pero en todo caso fabulados, para el otro las palabras en sí mismas eran el objeto de su atención, como si éstas fueran la señal, o la divisa, o la huella, o el billete de algo enteramente real, de un pensamiento puesto ahí, fósil si se quiere, o necesariamente. No sé. Quizá me dejé llevar por cierto entusiasmo, quizá aquellas reflexiones estaban siendo deudoras del vino que había bebido durante la comida, pero me dio por pensar que las palabras, en uno y otro texto, funcionaban de modos completamente distintos, como si su cualidad óntica u ontológica —palabras que dan miedo y nunca he estado del todo seguro sobre cómo han de usarse o en qué circunstancia— dependiera de su ubicación, de si estar a mi derecha o a mi izquierda.
Con esta idea, reconozco que todavía mal estructurada y quizá demasiado volátil, llegué a la biblioteca. Tal vez si la trabajaba bien me daría para una bonita charla o conferencia; si la trabajaba bien, estaba seguro de que como mínimo podría crear un discurso que a su vez creara en mis oyentes la ilusión de que efectivamente estaba diciendo algo. Se trataría simplemente de atender a la correcta sintaxis y de no ser excesivamente atrevido con la semántica de los términos que empleara: Quiero decir con su articulación: Se sabe que un discurso que se quiera consistente ha de guardar las adecuadas proporciones.
Pero el destino —por usar una expresión elocuente toda vez que caduca— había dispuesto que la tarde de ayer la volviera a pasar en el despropósito de mi tarea. El destino, sí. Ya me había sentado en la butaca que había conocido el viernes, ya había abierto la libreta por su primera página, ya la luz de la lámpara iluminaba su inmaculada blancura, ya me disponía a poner el título, cuando un sujeto extrañamente curioso, o extraño, y por ello curioso, vino a sentarse en la misma mesa que yo ocupaba, justo enfrente de mí. Si tuviera más tiempo, o si esto fuera un relato o el episodio de una novela, me pararía ahora a darles una descripción de aquel hombre a fin de que entendieran por qué lo he calificado de extraño, pero no teniéndolo, y tampoco siendo esto ni una cosa ni la otra, me conformaré con que me crean, y les pido también que pongan en juego toda su imaginación. Bien, el hombre se sentó delante de mí y yo me pregunté por qué motivo no lo habría hecho en ninguna de las otras mesas, pues todas estaban vacías.
Al tiempo que me lo preguntaba, escribí el título y lo subrayé. Mientras tanto el hombre había… —la palabra exacta sería “desparramado”— había desparramado una considerable cantidad de libros sobre el tablero de la mesa, reduciéndome a mí y a mi libreta a la mínima expresión. Yo ya tenía escrito Literatura y Filosofía y me había puesto a buscar en mi cabeza una palabra dócil con la que empezar el texto, quiero decir una palabra que luego se dejara continuar —hay palabras que aspiran a ser la última—, cuando el hombre extraño me dijo:
—Disculpe. Es posible que lo esté importunando con mi presencia. Pero no se apure, escriba, escriba, que hay palabras de sobras para los dos.
Lo miré y creo que le sonreí ligeramente.
¿Qué habría querido decir con eso de que había palabras de sobras para los dos?
En fin, intenté rehacer la reflexión que había hecho en el metro, quizá así me sería más fácil dar con una primera palabra, con una primera frase para mi texto. Mentalmente ensayé un par de ellas, limpias y cortas, pero ninguna me sedujo. Lo cierto es que tampoco conseguía reproducir ahora lo que tan acertado me había parecido mientras viajaba por el subsuelo. Eso es algo que ya sabía, que los pensamientos fluyen caprichosos cuando menos te lo esperas y que difícilmente luego se dejan aprehender en el papel, como si existieran distintos ordenes del discurso solo conectados por precarios conductos, la mayor de las veces embozados, y ése estaba siendo mi caso. El hombre extraño escribía, desde que me hablara no había levantado la cabeza de sus libros, de sus papeles. Yo sí, yo buscando la inspiración que no me llegaba levantaba los ojos de mi hoja en blanco y los dirigía hacia el fondo de la sala o hacia los lomos de los libros que en filas se ordenaban en las estanterías que quedaban a mi derecha; también le miraba a él. Le observé un momento: Manejaba una cantidad importante de papeles. Cada cierto tiempo escribía una o dos palabras, luego volvía a sumergirse en las páginas de sus libros o de sus extraños listados, algunos amarillentos.
“Intencionalidad”. Sí, ésa era una buena palabra, quizá ésa era la palabra que había estado buscando… tal vez con la ayuda del modesto artículo…: Sí: “La intencionalidad…” ése podía ser el inicio de mi texto, ése podía haber sido el motivo de mi charla.
—Discúlpeme otra vez —me dijo el extraño hombre; al hacerlo me había detenido en el gesto de empezar a escribir—. Si lo hace ahora, después se verá impelido a continuar. Medítelo, medítelo antes, si fija la palabra que cree haber encontrado, se adentrará por una senda que sólo conoce dos direcciones: continuar o hacerse traición. Pero de continuar, ¿cómo estará seguro de que es ése el camino correcto?, y, por otra parte, ¿qué sentido tiene volver atrás? Es una apuesta arriesgada, medítelo.
—No le entiendo —le dije. Pero más que otra cosa, me había causado sorpresa el tono de oráculo que había imprimido a sus asertos.
—Está claro —se apresuró a añadir—: La naturaleza del acto de escribir es necesariamente contradictoria, negadora en sí misma. Cada forma es la negación de infinitas formas, cada palabra es la negación de infinitas palabras, ¡qué terrible paradoja!
—Entiendo —le dije. Y automáticamente pensé en la posibilidad de cambiarme de mesa, lo consideré un segundo y al final por pudor no lo hice. Volví a repetir mentalmente mis dos palabras: “La intencionalidad”. Pero ¿realmente estaba seguro de que quería hablar hoy de ello? ¿De verdad que me interesaba ponerme a pensar en la intencionalidad que se esconde detrás de un texto literario, de un texto filosófico? ¿Tenía eso algo que ver con lo que había pensado en el metro? La verdad era que no a las dos preguntas. La verdad es que entre estación y estación lo que a mí me había llamado la atención y me había interesado eran las caras, que podía apreciar por el rabillo del ojo —ahora a derecha, ahora a izquierda—, de los dos sujetos lectores: En sus caras, en sus expresiones se podía leer que estaban viviendo experiencias de orden completamente distinto. Eso era lo que a mi me había interesado: la experiencia que supone enfrentarse a un texto literario, a un texto filosófico, y esto me había llevado a considerar la naturaleza misma de las palabras en sus distintas manifestaciones. Ahora empezaba a rehacer mis reflexiones.
Y me puse a pensar en la teoría del embudo. No lo quise, suponía un nuevo despiste, pero me puse a pensar en la teoría del embudo. Quizá estaba siendo el eco de lo que había dicho el extraño hombre que ahora había puesto tres palabras seguidas; quizá me daba cuenta de que, si hubiera empezado mi charla con “la intencionalidad”, difícilmente podía haber llegado a la cuestión de las experiencias, tal vez hubiera olvidado la expresión placentera e interesada del lector de novela, la expresión interesada pero como de sufrimiento —sufrido interés— del lector de filosofía. La teoría del embudo en sí es una tontería. La paternidad la reclama un amigo mío escritor. Dice que cuando uno se enfrenta a un texto aún inexistente, dicho en plata, cuando uno tiene todavía el paquete de folios por abrir —o la libreta por estrenar, como era mi caso—, se halla en un plano que puede considerarse el superior de un embudo, el de mayor superficie, y que a medida que se avanza en la elaboración del texto se va descendiendo progresivamente de plano, de modo que la posibilidad de movimientos, el juego, es menor, como si la propia actividad creadora te fuera conduciendo hasta que llegas al único lugar posible, el cuello del embudo, el final del texto. Como metáfora no está mal, pero a mí me parece que eso que él quiere decir es lo que todos sabemos, que uno se enfrenta a la configuración de una trama, a la caracterización de unos personajes, a la articulación de una estructura narrativa. Yo siempre le digo que uno puede empezar por el final de un texto, pensar un desenlace o un punto final y luego ingeniárselas para llegar a él. Entonces el me dice que es lo mismo, que la teoría del embudo es igualmente aplicable. Yo le digo que sí y ahora no sé por qué me he puesto a pensar en estas cosas. Sí, por lo que me dijo el hombre extraño. Lo miré. Seguía en lo suyo. Tenía la costumbre de mordisquear el tapón de su bolígrafo. Me puse a pensar en mi experiencia como lector.
Me puse a pensar en mi experiencia como lector y me desalenté. Novelas he leído. De hecho llevo desde mis siete años leyendo novelas —no exclusivamente, claro—, pero filosofía, lo que se dice filosofía no he leído nada o muy poco. ¿Cómo pretendía entonces comparar esas experiencias? Esa dificultad me pareció que podría subsanarla fácilmente. (No, no era el momento de ponerse a leer.) Lo cierto es que si no he leído filosofía, en los últimos tiempos sí que he tenido que leer una importante cantidad de libros sobre gastronomía. Haciendo una reducción reconozco que salvaje, yendo a la sustancia del meollo —y en términos gastronómicos reducir es justamente eso, ir a la sustancia, y sospecho que en filosofía hablar de sustancias es mucho reducir—, yendo a la sustancia, digo, podría pensarse que un texto de cocina no está muy alejado de un texto filosófico, en ambos se pretende poner de manifiesto alguna verdad, ya sea mediante la crítica, ya sea constructivamente, o al menos hacer pública la creencia de una verdad. (No puedo dejar de sonreírme cuando recuerdo a un crítico que mantenía que la cocina de la meseta castellana no comparte ninguna de las bases de la cocina mediterránea.) Pero me di cuenta de que de nuevo me estaba desviando hacia las cuestiones de la intencionalidad: Había querido pensar en mi experiencia como lector de textos gastronómicos y al hacer esa reducción, no sé si injustificable, me había puesto a pensar en la cuestión de las intenciones, esto es: El poner de manifiesto alguna verdad. Esa experiencia no era valida, de esa experiencia sólo podía concluir que me había aburrido soberanamente.
Quizá debía reconducir mi intención a la hora de plantear la charla —nuevamente la cuestión de las intenciones—, y hacer buena mi primera idea —o la segunda según se mire—, hablar de la intencionalidad, imaginar algo sobre ese punto. Pero ¿qué había pensado cuando iba en el metro?, ¿no había pensado del uno que hacía arqueología?, ¿y del otro?, ¿qué había pensado del otro? ¿Qué hago yo cuando leo una novela?
—No se preocupe —me dijo entonces el extraño hombre—, muchas veces la hoja en blanco exige permanecer en blanco.
¿Qué había querido decir? ¿Había acaso adivinado que empezaba a no sentirme capaz de hablar sobre filosofía y literatura, que empezaba a saberme incapaz de crear un texto que como mínimo creara en este auditorio la ilusión de una… me da vergüenza decirlo, de una verdad? Entonces pensé que yo, cuando leo una novela, no las busco, no las hay, me limito a crear o recrear un mundo, hacer mías o despreciar determinadas vivencias, situarme en una perspectiva imposible, privilegiar mi mirada. No le contesté. Mi silencio debió de interpretarlo como una respuesta porque continuó hablando. No me dejó apuntar estas ideas en mi libreta en blanco.
—¿Sabe una cosa?, por eso yo me he dedicado a la traducción. Sí, lo que hago aquí es traducir textos que otros han escrito. Puede pensarse que eso es cobardía, pero yo no lo creo así. Tampoco piense que mi intención es hacer de transmisor, no, ¿a quién puede interesarle estos textos? —Señaló con un gesto de su mano los libros que quedaban a su izquierda. Continuó hablando:— A mí no, desde luego, ni creo que puedan interesarle a nadie. De hecho ni siquiera conozco el idioma del que traduzco, y no es ésa la expresión de una falsa modestia, literalmente no conozco el idioma del que traduzco. Todo es un juego, un terrible juego de combinatoria, un terrible y despiadado juego de combinatoria, de combinatoria y de semejanzas. Usted aún es demasiado joven para comprenderlo.
Bajó la cabeza y se ocupó entonces en consultar sus tablas, sus largos y amarillentos listados que, advertí, estaban llenos de signos indescifrables para mí, de números y de palabras, señaló después un punto del libro que tenía abierto, y escribió por fin una nueva palabra.
Yo cerré la libreta en la que sólo había llegado a escribir el título de la charla que hoy tenía que darles, y me marché.
Escrito por Juan Negro. Publicado el 10 de febrero de 2011 en LibrosSin comentarios. Síguelos en RSS.
Compartelo en Facebook Digg del.icio.us Bitacoras.com email