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Prólogo sin cortes a Literatura y fin de siglo, de María Valverde, donde se reflexiona a partir del escritor Javier Marías y se dibuja un presumible trasunto del ex presidente José María Aznar

María Valverde, Literatura y fin de siglo

Se cumplen en estos días trece años de la publicación del libro de la ex profesora y amiga María Valverde y me ha parecido éste un buen aniversario para rememorar el interesante y todavía actual ensayo, toda vez que para publicar la versión íntegra del prólogo que escribiera para él y que sólo vio la luz en una versión corregida y disminuida. He de decir -en un acto de modestia en el que casi no me reconozco- que el hecho de que mi firma apareciera en un volumen junto con la de la eminente María Valverde se debió básicamente al afecto que María me tenía (y tiene) y no a verdaderos méritos intelectuales o académicos. Y justamente éste fue el argumento que esgrimió el editor Herralde (a quién los lectores de este país le debemos tanto) para oponer su resistencia inicial y conseguir cuando menos que algunas partes del prólogo desaparecieran en su versión final. Se ha de reconocer que de ese modo se logró un tono más serio y académico, acorde con la naturaleza del texto que presentaba o precedía, pero, en contrapartida, desapareció de él toda la gracia de la que, con mi impericia, había pretendido dotar al texto. He de decir también que finalmente conseguimos colarle al bueno de Herralde la imagen Flyhard del fotógrafo Pablo Lammers, o dicho de otro modo quitarle de la cabeza la idea de ilustrar la portada con un gravado de finales del XX de un pintor suizo no muy conocido y menos cotizado. Os dejo, pues, con el prólogo en su integridad.

María Valverde, en Literatura y fin de siglo, mantiene que la tendencia de la novela durante el último siglo (el XX), siguiendo el modelo pictórico —y, añado yo, musical—, viene siendo la de transitar, cada vez con menores complejos, por la senda de lo autoreferencial, en una progresiva toma de conciencia, por parte del escritor, de su condición de artista, y ello en el sentido más contemporáneo del término, esto es, de ser alguien que se expresa a sí mismo, en tanto que artista, a través de su arte y no ya un sujeto que copia o interpreta o ilumina el mundo. (Esto, claro, en una determinada tradición literaria, la considerada como auténtica literatura, en contraposición a la así llamada de evasión.)

Dice María Valverde en su libro Literatura y fin de siglo que uno de los autores españoles pioneros en hacer esa “nueva” narrativa es Miguel de Unamuno. En su novela breve La novela de Don Sandalio, jugador de ajedrez, el filósofo y novelista Unamuno hace una verdadera poética (o tratado acerca del arte poético y, por extensión, literario), con lo que tenemos (puesto que escribe no en clave de ensayo, como Aristóteles en la suya, sino de novela sensu stricto) ahí un relato de ficción cuyo objeto discursivo es el propio relato. Metaliteratura, o literatura autoreferencial. Los ejemplos en el siglo XX son incontables (no en un sentido lógico, naturalmente, sino poético) y cita la profesora Valverde como recién llegado —en el momento en que escribe su ensayo— a ese modo de hacer literatura al escritor Javier Marías con su novela (o falsa novela) Negra espalda del tiempo.

«A propósito de la reedición de la novela Los dominios del lobo, —cito literalmente a María Valverde; página 247, § 2 y siguientes, Literatura y fin de siglo, editorial Amagrama, 1999— Javier Marías publicó, en 1987, un artículo titulado “Autobiografía y ficción” donde señala que su primera obra no tiene nada de autobiográfico y en el que explica que, tras la publicación de aquella novela de juventud, escritores y críticos le reprocharon el no haberse ocupado de sus experiencias, de su entorno, de su realidad. Marías contesta retrospectivamente diciendo que, sin duda, el libro respondía a experiencias vividas, sólo que de otro orden, a saber, cinematográficas y librescas.

«En ese mismo artículo, Javier Marías se plantea la pregunta de cómo un autor reelabora el material autobiográfico dentro del marco de la narración. Para Marías hay tres posibilidades: a) mediante la ficción —novela—, b) mediante el género memorias y c) mediante un, digamos, tercer modo —que no califica pero del que pone ejemplos: El sobrino de Wittgenstein, Historia de un idiota contada por él mismo—, que es, precisamente, el que considera más interesante. En esa tercera opción, dice Marías, “el autor presenta su obra como obra de ficción, o al menos no indica que no lo sea; es decir, en ningún momento se dice o se advierte que se trate de un texto autobiográfico… Sin embargo, la obra en cuestión tiene el aspecto de toda una confesión, y además el narrador recuerda claramente al autor… El resultado de ese malabarismo es de una ambigüedad tan asombrosa que las sospechas del lector oscilan de continuo entre dos polos o tendencias opuestas, sin que pueda decidirse por ninguna de ellas”, ¿ficción o realidad?

«Dos años después, en 1989, con motivo de la aparición de la novela Todas las almas, el autor publica el artículo “Quién escribe”. Una clara intención parece dominar el texto: la de minar la idea de que narrador y autor constituyan una identidad en esa novela, idea a la que fácilmente puede llegar el lector, puesto que el “narrador ocupaba en la novela el mismo cargo o puesto que yo ocupé entonces, y no puedo negar que vivía en una casa idéntica a la que yo habitaba”. Tal parece el interés que tiene Javier Marías en dejar claro que no hay identidad alguna entre él y su narrador, que nos descubre su pequeña trampa de autor o coartada: su personaje contrae matrimonio al volver de Oxford, y Javier Marías ni está ni ha estado casado. Todas las almas parece que empieza a encajar en ese “tercer modo” de reelaborar el material autobiográfico -1) presentar como ficción, 2) el aspecto de una confesión, 3) el narrador recuerda claramente al autor-, si bien el propio Marías todavía se preocupa en deshacer esa ambigüedad que sería definitoria.

«Finalmente, parece que Javier Marías ha apostado por la ambigüedad. Empieza su novela Negra espalda del tiempo (su novela, pues en ningún lugar se dice que éste sea un texto autobiográfico, aunque tenga el aspecto de una confesión) con la frase: “Creo no haber confundido todavía nunca la ficción con la realidad, aunque sí las he mezclado en más de una ocasión…” De modo que, desde el principio, el narrador (que, como el autor, se llama Javier Marías) parece estar advirtiendo al lector de que lo que en adelante leerá muy bien puede ser una mezcla de invención y verdad; y, ya muy avanzado el texto, insistirá en la idea de que la negra espalda del tiempo es el lugar propio de lo que es a la vez real y ficticio (…).»

En fin, lo que está diciendo María Valverde acerca de su autor preferido de los últimos años es que, en su novela o falsa novela, Javier Marías, siguiendo los pasos de uno de sus maestros —el otro sin duda es Juan Benet— Thomas Bernhard (El sobrino de Wittgenstein y el resto de sus relatos falsamente autobiográficos) o de su amigo Félix de Azúa (Historia de un idiota contada por él mismo), se interna por la senda de ese tercer modo de elaborar el material autobiográfico, que, en su caso, forma parte de su experiencia como escritor. No escribe, pues, Javier Marías su falsa novela desde la ficción (donde el escritor le presta a un personaje ficticio —valga la redundancia—, o sin existencia en el mundo del lector y del escritor —que comparten—, determinados conocimientos y experiencias vividas, y, por supuesto, emociones, sin que, en modo alguno o no necesariamente, el personaje y el escritor tengan biografías coincidentes o, ni tan sólo, parcialmente coincidentes), ni tampoco desde las memorias. Por supuesto, precisar la frontera entre “ese tercer modo de elaborar el material autobiográfico” y el género “memorias” es difícil, pero creo que se puede intentar hablar de la diferencia recurriendo al concepto de “engaño”, o, dicho de una vez y a modo de eslogan, en el engaño está la diferencia.

En la voluntad del escritor de memorias (o del escritor cuando se enfrenta a sus memorias) está ser fidedigno; esto es, que sus palabras estén alumbradas por la verdad más absoluta (se acepta, es condición humana, que siempre habrá una tendencia a la deformación, ya sea por la vía de la ocultación —el escritor olvida determinado pasaje de su vida, del que no se siente especialmente orgulloso— ya sea magnificando éste o aquel otro hecho biográfico, y por tanto histórico, ocurrido en verdad en el tiempo real, o sea, no imaginado aunque sí exagerado), es decir, en las memorias no hay engaño, y si lo hubiese éste sería simplemente trivial o mundano, o lo que entendemos como engaño cuando alguien nos dice “Me dijiste que harías tal cosa y no lo has hecho”, o “Me dijiste que las cosas fueron así y ahora sé que así no ocurrieron”, mientras que en Thomas Bernhard, El sobrino de Wittgenstein, o en Javier Marías, Negra espalda del tiempo, está, implícita, la voluntad de engaño.

No es un engaño trivial, naturalmente (de serlo no se moverían un paso del género memorias, y serían, por así decirlo, unas memorias mentirosas), sino un engaño trascendental (en el sentido filosófico del término, esto es, en el de “condición de posibilidad”) y a priori y consentido. No estoy hablando de otra cosa más que del engaño pactado de la ficción, esa especie de acuerdo tácito que se da entre el escritor y el lector, en el caso de la novela, por el cual el segundo cancela durante un tiempo (el tiempo de la lectura) el mundo real (en el que a él le ocurren cosas y que es el mismo para el escritor) para adentrarse sin reservas en el de la ficción, donde ocurre que, del mismo modo que nos emocionamos o interesamos por lo que le ha pasado al conocido, al familiar o al amigo, lloramos y reímos y aun maldecimos por lo que le pasa al personaje de ficción (quien, paradójicamente, adquiere total entidad o realidad durante el tiempo de la lectura), siendo, en suma, capaces de solidarizarnos, fraternizar e identificarnos —o todo lo contrario— con quien sólo existe en ese tiempo de cancelación y gracias al pacto que previamente hemos establecido con el escritor. Ese engaño trascendental y consentido (“Sé, escritor, que lo que escribes no es verdad, que no pasa en ningún lugar, pero haré como si fuera cierto y me interesaré y me emocionaré por lo que ahí —ese mundo que no existe, o que sólo a su manera existe— ocurra”, “Lo que aquí te voy a contar, lector, no forma parte del mundo que tú y yo compartimos, me lo invento yo, es un engaño, pero te pido que hagas como si fuera cierto y te dejes seducir y persuadir por lo que aquí —este mundo que no existe, o que sólo a su manera existe— se diga y ocurra”) es la base sobre la que se edifica la novela, su condición de posibilidad, y es ese tipo de engaño, no trivial sino trascendental, repito, el que está auspiciando tanto la falsa novela de Javier Marías (y por ello que se pueda hablar de Negra espalda del tiempo en términos de novela) como las falsas memorias de Thomas Bernhard. Pero con una diferencia sustancial.

En la novela, una vez que hemos firmado el pacto, o que hemos consentido en el acuerdo, éste queda olvidado, mientras que en “el tercer modo”, digámosle así, de continuo tenemos que estar revisándolo (ya sea para recordarlo ya para cuestionarlo).

Nada en la novela, desde dentro de la novela, viene a perturbar nuestra lectura, nada en la novela nos empuja fuera de la novela, todo en la novela nos invita a permanecer en el marco de la novela, en ese tiempo de cancelación, fuera de nuestro tiempo, mientras que en “el tercer modo” el texto constantemente nos empuja —nos obliga a asomarnos— a nuestro mundo propio.

Se podría objetar aquí que todos los lectores de novela hemos tenido la experiencia —y la seguiremos teniendo sin duda— de ponernos a reflexionar sobre alguna cosa de las que ocurren en nuestro tiempo real, esto es, en el mundo donde a nosotros nos ocurren cosas, a partir de algo leído en el texto de ficción que tenemos entre las manos. Y se podría concluir, entonces, contra lo que acabo de decir arriba, que desde dentro de la novela sí que, puntualmente, puede empujársenos fuera de la novela. Pues bien, yo digo que no y mantengo que cuando eso sucede, cuando nos distraemos de la lectura o nos ponemos a pensar a propósito de lo que acabamos de leer (y mucho más a mi favor cuando el motivo de la distracción es algo que sucede a nuestro alrededor, y todos los casos son trivialmente reducibles a este último), la causa no está en la novela, en el texto que tenemos entre las manos y que con atención leíamos, sino en nosotros mismos, siendo entonces, por así decirlo, ésta una causa psicológica y no literaria.

Aunque deberíamos aprender a pensar sin ejemplos —pues es lo abstracto, por definición, irreducible a lo concreto—, daré, sin embargo, uno con la intención de iluminar esto que digo.

Pongamos por caso que un escritor escribe una novela de las llamadas de crítica social, o de reflejo (un tipo de libros que no suelo leer, pues la mayoría de los escritores o pseudoescritores que los escriben se olvidan de que la única misión del escritor debe ser la de hacer literatura sin otra pretensión que la de hacer literatura) en la que el personaje principal es el presidente del gobierno de un país que, sin ser el nuestro, o sin que eso se diga manifiestamente en ningún momento, recuerda, no obstante, a nuestro actual presidente del gobierno; digamos, pues, que aquél es un trasunto de éste. Y supongamos que el motor que mueve al presidente de nuestra hipotética novela, en todos sus actos, es la ambición y la vanidad, caras ambas de la misma moneda.

La novela se inicia con un sueño (y para poder referirnos a ella de un modo más preciso la llamaré de aquí en adelante El sueño del presidente). El presidente ve en ese sueño a una dama de dimensiones descomunales y de anatomía curiosa, cuya piel recuerda al metal, como si fuera una dama de hierro.

El de la dama de hierro es el sueño recurrente del presidente y concluye siempre de la misma manera. La gran dama toma al presidente en su mano —parece un madelman— y se lo introduce, como si de un consolador se tratara, en su enorme vagina. Al presidente el sueño no le desagrada —incluso en alguna ocasión ha sido causa de poluciones nocturnas— pero le perturba, porque no acaba de comprender su significado y porque le gusta soñarlo y considera que en esto último hay algo de pecaminoso.

Durante sus primeros años de gobierno, el Presidente se dedica a favorecer a sus amigos, a hacer, estrictamente, pues no hay ahí nada de altruismo, y como si fuera un patricio romano, puro clientelismo, y de ese modo se llevan a término los latrocinios legales de mayor inmoralidad y descaro que puedan concebirse.

El presidente tiene un hijo varón, causa de su infelicidad ya que, desde pequeño, este muchacho ha dado pruebas más que suficientes de imbecilidad; vamos, es un retrasado mental que ha malbaratado las ilusiones de su padre.

Recién iniciada su segunda legislatura, el Presidente se fija en una joven diputada del partido, quien le llama la atención por su manifiesta ambición y porque entre ambos se dan ciertas coincidencias de orden biográfico. Ella, como él, tiene un hándicap (que el narrador omnisciente de El sueño del presidente simplemente señala pero no desvela, lo que introduce un nuevo motivo de interés para el lector), y esto la hace acreedora, aún más, de la simpatía del presidente. La muchacha, naturalmente, idolatra a su presidente (si bien, el escritor ha de tener cuidado de que su narrador no insinúe nada sexual, pues su personaje, el Presidente, en ese aspecto, es absolutamente casto, de moralidad estricta —rasgo de su personalidad que favorecerá el desenlace, o dicho de otro modo, sin el cual, tal y como sugiero que se pueda planear la novela, no habría resolución—, una moral inspirada por el catolicismo más rancio y, también, por cierto liberalismo salvaje y poco reflexionado, o egoísta, en fin, una moral que no le dejaría dormir por las noches si uno solo de sus pensamientos tuviera como objeto la anatomía no especialmente favorecida de la joven diputada y que sin embargo le permiten dormir a pierna suelta después de haberle reído las gracias a su homólogo toda vez que patrón, y valga la contradicción, el sumo presidente Arbushto, o después de haber cometido, por decirlo de una manera suave, las mayores desvergüenzas y estupideces).

Tras una peripecia que aquí no detallo pero que el escritor hipotético podrá imaginar, se da un acercamiento entre la diputada y el presidente; digamos que aquélla entra al servicio personal de éste. Asuntos de todo punto profesionales llevan a la muchacha a frecuentar la residencia presidencial. Y hete aquí que en una de estas visitas se produce un encuentro entre la joven diputada y el joven hijo del Presidente. Por supuesto, no habrá amor (no estamos escribiendo una novela rosa), pero al muchacho se le pone tiesa ipso facto —es ése un rasgo de su personalidad mongólica— y la muchacha ve, en el acto, una nueva vía para seguir medrando, al tiempo que un medio de conjurar o exorcizar definitivamente su hándicap.

Nuevas peripecias nos acercan a la inminente boda (no conviene dilatar demasiado esos dos momentos, a favor de lo que suele llamarse la tensión dramática, aunque el escritor hipotético esté escribiendo El sueño del presidente en clave de humor).

La noche anterior a la boda, el Presidente sueña. Se ve a sí mismo vestido con una bata blanca en medio de un largo pasillo igualmente blanco y luminoso. Al final se ve una luz todavía mucho más intensa. El Presidente está desnudo debajo de esa bata que lleva atada con betas a la espalda. Pero él no se siente desnudo, ni física ni metafóricamente, al contrario, se siente pletórico, más excelso que nunca. Avanza con seguridad, aunque despacio, hacia la luz. Cada pocos pasos alguien le sale al encuentro (como si de repente esas figuras se corporeizaran ante él, pues no hay puertas), y el Presidente, con complacencia y magnanimidad, les dice: “Soy el Presidente, soy el rey, soy el Papa de Roma, soy tres en uno, soy trino, soy Dios, ergo yo te absuelvo”. Finalmente, después de haber absuelto a la multitud de personas que le han ido saliendo al paso, llega a la luz, que resulta no ser una luz en sí misma sino el acceso a una habitación muy amplia e iluminada que está abarrotada de gente. Entre el gentío distingue a su hijo, que viste de frac, junto a la joven diputada, que viste de riguroso blanco. Todo el mundo le aplaude, al tiempo que inician una serie infinita de genuflexiones. “Ergo yo te absuelvo, ergo yo te absuelvo”, repite sin cesar. De entre los congregados, surge una joven hermosa que lleva bata blanca, pero abotonada por delante, y que debajo viste ropa de calle, que le dice, “Hola, ¿cómo se encuentra hoy? ¿Se ha tomado ya la medicación?” “No; ergo yo te absuelvo” Y, entonces, todo el mundo, al unísono, comienza a aclamar “Haloperidol, haloperidol, haloperidol…”, cada vez con mayor fuerza, hasta que llegan a acallar los incesantes “Ergo yo te absuelvo” del Presidente trino.

El Presidente se despierta empapado en sudor y grita: “¡No estoy loco!” “Cariño, ha sido sólo una pesadilla —le dice su mujer—, duerme tranquilo. Mañana nos espera un día importante.”

Llega el día de la boda y pasa.

(Pero, antes de continuar el relato, un inciso. Puesto que la novela se titula El sueño del presidente, el escritor hipotético tendrá que tener especial cuidado en transmitirle al lector la idea de que la pesadilla que su narrador acaba de poner en primer plano no es en modo alguno principal, o, dicho de otro modo, que no es el sueño al que refiere o apunta el título de la novela, pues de lo contrario el lector podría hacer una mala interpretación de la historia. De hecho, el escritor hipotético podría haberse ahorrado perfectamente la pesadilla, podría haber simplemente aludido, y como de pasada, a una ideación delirante o a un delirio megalomaníaco, si es que quería poner de relieve la sensación de vergüenza ajena que todos aquellos que atesoran un mínimo de sentido común han experimentado ante el fasto de la boda de su hijo; y si lo ha hecho, narrar la pesadilla, ha sido por hacerle la gracia o darle gusto a una amiga suya, del escritor hipotético, que es psiquiatra y que en alguna ocasión le había explicado el caso, la anécdota, de un enfermo mental que, dependiendo de los días, se creía el presidente o el Papa de Roma o aun el mismísimo jefe de la CIA e iba por la clínica absolviendo a todo el mundo, dando así con ello y sin quererlo un ejemplo de cómo el escritor, cualquier escritor, elabora el material biográfico en el marco de la ficción.)

Esa misma noche, mientras el hijo del presidente y la joven nuera del presidente duermen plácidamente, cansados por el ajetreo del día, El Presidente vuelve a soñar. Y sueña ahora su sueño recurrente. Pero en esta ocasión, la dama de hierro, la descomunal dama de hierro se comporta con él de modo completamente diferente. No termina el sueño con la cópula en la que el Presidente es parte y todo sino que le dice “No has entendido nada, eres un verdadero cretino”, para a continuación soltarle un soberano y sonoro bofetón que motiva la eyaculación instantánea del Presidente (en la realidad, no en el sueño), y su mujer, que también soñaba, suspira.

Por la mañana, mientras desayuna, el Presidente no puede quitarse de la cabeza a la gran dama de hierro, y una y otra vez se pregunta qué es lo que no habrá entendido. (Aquí, llegados a este punto, en el que el desenlace de la novela está próximo, o el falso o primer desenlace, pues habrá colofón, el escritor hipotético tiene dos posibles continuaciones, o dos variantes para llegar al mismo final: uno, que el presidente, como ha venido haciendo hasta el momento, siga actuando desde el no conocimiento o la ignorancia, esto es, desde la inconsciencia, es decir, que no llegue nunca a entender el significado de su sueño pero que, sin embargo, actúe en consecuencia, aun sin llegar a entender las motivaciones últimas y ocultas de sus acciones —será a través del narrador omnisciente cómo el lector conocerá el significado de los sueños del presidente, primer desenlace o desenlace falso, con lo que el escritor hipotético conseguiría acentuar la bis cómica de su personaje—, o, dos, que sea el mismo presidente quien acabe comprendiendo el significado de sus sueños, con lo que, como se verá en seguida, el rasgo delirante de su personalidad —del que habrá tenido que venir dando pruebas a lo largo de toda la novela— quedará asimismo acentuado. Parece claro que la segunda opción ofrece mucho más juego que la primera, de manera que será ésta por la que se decantará nuestro escritor hipotético. La escena podría ser como sigue.

Tenemos a El Presidente desayunando en la cocina de palacio su gran tazón de cereales con leche (lo hace así desde que su homólogo y patrón, el presidente Arbushto, le estuviera ensalzando, durante más de dos horas, las propiedades nutritivas y sobre todo digestivas de dicho desayuno), decía que tenemos al Presidente desayunando sus cereales cuando, en medio de su habitual diarrea mental de las mañanas —quizá producto de las propiedades digestivas de los cereales—, comprende que lo de la boda de su hijo ha sido un error. Pero no porque con ella haya hecho el ridículo tanto de puertas para adentro como de puertas para afuera, no porque la nuera no sea buena para su hijo, que lo es, o al menos todo lo buena que podrá ser con él, no porque haya sido un matrimonio poco menos que pactado, o de interés —la joven diputada supera su hándicap definitivamente y el matrimonio presidencial coloca a su único hijo imbécil (“único” aquí en el sentido de ser hijo único y de ser, trivialmente, el único imbécil)—, sino porque —comprende diáfanamente ahora— en ella no se han cumplido, ni se habrán de cumplir, sus designios, los suyos, los del Presidente en tanto que el Presidente, con absolutas mayúsculas.

El Presidente ha descifrado, ha sabido interpretar, el sueño de la clínica mental. No, él no está loco, ni en la vida real ni en el sueño; los locos, como siempre, son todos los demás. Él es el presidente, y no un presidente cualquiera, es ese gran presidente, el único, el incomparable, el que, como un Papa, merecería permanecer en su cargo de manera vitalicia, el que, como un rey, merecería perpetuarse en el cargo por la vía de la consanguinidad, el que, como un Dios, merecería ser eterno. La fastuosa boda de su hijo ha sido sólo mieles de un día y lo que el Presidente necesita, o más que necesitar merece, es un sucesor, un heredero, un continuador de su obra.

Inmediatamente descarta a su hijo (que sería lo natural, el hijo sumiso y respetuoso que hereda la corona del padre) por imbécil. Ni con todas sus malas artes, ni con todas sus influencias, ni con todos los favores prestados, ni con todo el amiguismo del mundo podría hacer de su hijo un presidente, suficiente hizo ya con conseguir para él un título universitario, y como mucho podría hacer que llegara a ministro, no sería nada disparatado, pues entre los miembros de su gabinete alguno hay con no muchas más luces que su vástago.

Demasiado tarde para pensar en engendrar otro hijo. Y entonces se da cuenta de que, después de su retoño, la persona más cercana a él por la vía del parentesco es su mujer. Y, aunque él no lo sabe, incluso comparten algo de sangre ya que El Presidente tiene la costumbre secreta y erótica de cepillarse los dientes con el cepillo de su señora, a quien a menudo le sangran las encías. Le resulta en cierto grado humillante y la práctica le excita. Con este dato, el escritor hipotético acaba de desvelarnos otro rasgo de la personalidad de su personaje, la propensión natural del presidente hacia el masoquismo. El lector avispado ya se habrá venido dando cuenta de esa circunstancia y quizá el único que no lo haya hecho todavía de una manera consciente es el propio presidente. Él conoce a otros que lo cultivaban; incluso, en determinados círculos, se considera una práctica de buen gusto; incluso sabe el presidente que un muy destacado miembro de su gabinete acude con puntualidad británica a uno de esos lugares que los iniciados llaman “cuevas”, donde goza de los más inverosímiles tormentos, y no sólo lo aprueba sino que le despierta la menos sana de las curiosidades (también llamada “envidia”), curiosidad que reprime con disciplina.

En fin, el escritor hipotético ha optado finalmente por una vía intermedia. El presidente actuará de ahora en adelante desde la inconsciencia (no muy distinto de cómo lo ha venido haciendo), es decir, sin conocer el significado del sueño de la dama de hierro (que es lo que realmente le mueve), pero en la creencia de que su nuevo proyecto, convertir a su mujer en futura presidenta del gobierno, es ahora su tarea sagrada y el modo mediante el cual, él, el Presidente, verá cumplidos sus designios, el de perpetuarse, aunque sólo sea temporalmente y no mediante la carne de su carne sino a través de carne, digámoslo así, que le pertenece.

Pero el Presidente se equivoca (y también la echadora de cartas que visita siempre que tiene que tomar una decisión importante), lo que persigue con la idea de convertir a su mujer en su sucesora no es perpetuarse (y permítaseme un inciso, lo que consigue el escritor hipotético al optar por la tercera vía, es decir, al hacer actuar al presidente no desde la inconsciencia absoluta sino desde el error, esto es, desde la creencia de que debe sucederse a sí mismo en el trono a través de la persona de su mujer, lo que consigue es, digo, por una parte, convertir el sueño de la clínica mental en un elemento argumental más de la novela, de modo que no quede como un episodio aislado y, por otra, subrayar el delirio o la personalidad delirante del Presidente), se equivoca, decía, porque, en realidad, lo que busca no es perpetuarse en el cargo —no le hace falta para saberse un monarca, una cuasi deidad— sino ver cumplida su fantasía más secreta, tan secreta que ni él mismo es capaz de pensar en ella de manera consciente y sólo lo hace a través de su sueño recurrente.

El escritor hipotético ha puesto ya sobre el tapete todos los elementos y el lector está en disposición de encajar las piezas y conocer el primer desenlace.

El Presidente, desde muy joven, había sentido una gran admiración por la ex primera ministra británica Margaret Tacher y había llegado a convertirla, incluso, en el objeto consciente de sus fantasías sexuales. La mujer de hierro (metáfora bizarra que le complacía) era la fuente de inspiración de sus masturbaciónes. Después de la boda, el presidente (el futuro presidente) abandona la práctica de su onanismo recurrente por considerarla incompatible con la sagrada institución del matrimonio y sus fantasías eróticas con la, a fecha de hoy, ex primera mandataria inglesa son ya no olvidadas sino arrinconadas en algún lugar de su subconsciente, donde aún siguen, y de donde sólo afloran a través de su actividad onírica.

Y es esta la verdad. El presidente, inconscientemente, anhela convertir a su mujer en una dama de hierro para así poder satisfacer de manera plena una sexualidad —la suya— que se inclina hacia el juego de la dominación y la sumisión (y más que seguro que en su relación con el presidente Arbusto hay algo de eso), hacia el masoquismo, por un lado, y el fetichismo por el poder, por otro, busca, en fin, un ama poderosa de verdad, una dama de hierro, y ello, naturalmente, pues así se lo exige su moral cristiana y católica, dentro de la institución —sagrada— del matrimonio.

Pongamos por caso, decía, que un escritor escribe El sueño del presidente y supongamos que un lector cualquiera ha llegado en su lectura al primer desenlace —momento en el que se conoce el significado del sueño de la dama de hierro—, momento en el que El Presidente decide hacer de su mujer su sucesora.

Mi pregunta es: Puesto que El Presidente recuerda en cierta manera a nuestro presidente —aquél es un trasunto de éste, dijimos—, ¿detendrá el lector en ese punto su lectura y esperará al desenlace en el mundo real, esto es, el de la vida real donde a él, a mí, al escritor hipotético y a nuestro presidente le ocurren cosas y en donde la mujer del presidente, el nuestro, ha iniciado su carrera política, sólo iniciado, para saber si la mujer del Presidente —no de nuestro presidente— llega a ser su sucesora o, por el contrario, seguirá leyendo la cincuentena escasa de páginas que le quedan para dar término a la novela y saber así si finalmente, en el marco de la novela, la mujer del Presidente se convierte o no en La Presidenta?

Yo seguiría leyendo la novela, y creo que lo hará de la misma manera cualquier lector.

O dicho de otro modo, la verdad de la novela no depende en modo alguno de la verdad del mundo real. Y esto es lo que quería decir cuando dije que nada en la novela nos empuja fuera de la novela, que todo en la novela nos invita a permanecer en el plano de la novela, en ese tiempo de cancelación, fuera de nuestro tiempo. Y si a él regresamos puntualmente (quizá algo que acabamos de leer nos invita a la reflexión, qué sé yo, por ejemplo un lector hipotético podría preguntarse: “¿Será cierto que el presidente tiene un delirio megalomaníaco y es por esa razón por lo que ha desplegado semejante fasto en la boda de su hija?”) es por causa psicológica, por nuestra tendencia natural a establecer analogías.

(Dicho entre paréntesis, que el hombre sea un animal capaz de establecer analogías es condición de posibilidad, o trascendental, para la existencia del genero novela —lo mismo vale para el cine o el teatro, no para la música—, pero no voy a entrar a discutir ahora está cuestión en profundidad porque me alejaría mucho del punto al que quiero llegar y tampoco es esencial para su aclaración. Diré tan sólo que, al igual que vemos un sol cuando un niño dibuja en un trozo de papel una circunferencia rodeada de palotes, vemos a nuestro presidente en El sueño del presidente porque el escritor hipotético ha sabido dibujar a su personaje con el perfil adecuado, el perfil que nos permite establecer la analogía; y lo extraordinario es que basta con unos pocos elementos; de hecho, ni siquiera el escritor tiene que tener un conocimiento real y cierto del personaje real en el que se inspira para construir su trasunto, y es más, puedo decir que nuestro escritor hipotético, al igual que yo, no sabe nada de nuestro presidente, no le conoce, no tiene más noticia de él que lo que los medios de comunicación enseñan, no ha investigado, no sabe más de él que lo que pueda saber cualquier ciudadano anónimo, no tiene la menor referencia de su vida privada, y desconoce, como lo desconozco yo, si el presidente es o no, en el fondo, un buen hombre y no el tipo ridículo que nos ha presentado a lo largo de la novela, de la que nos ha faltado conocer las últimas cincuenta páginas.)

La misma idea —la de que la verdad de la novela no depende en modo alguno de la verdad del mundo real— se puede expresar también diciendo que la novela es autónoma, que no necesita de nada que no esté en ella misma para ser completa. Hay una ruptura radical entre el espacio real y el espacio ficticio. A nadie en su sano juicio, a ningún lector competente de novelas, se le ocurrirá investigar la vida de nuestro presidente de gobierno para saber cuál es el hándicap al que se alude en El sueño del presidente. (De ser desvelado, lo será en el espacio de la novela, tal vez en esa cincuentena de páginas que todavía no hemos leído y en las que termina de resolverse todo lo que acontece a su protagonista, y en donde se desvela, naturalmente, cuál era el hándicap de su flamante nuera, verdadero final o desenlace, pues ello es lo que hace que alcancemos a comprender cabalmente a El Presidente, y en donde, por supuesto, finalmente, y a modo de propina, se sabe si la mujer del presidente triunfa o no en su carrera política.) Porque, lo que se nos dice —con su verdad— en la novela, es mentira o no pasa en ningún lugar (“pero haré como si fuera cierto y me interesaré y me emocionaré por lo que ahí —ese mundo que no existe, o que sólo a su manera existe— ocurra”).

Sin embargo, en el tercer modo de elaborar el material biográfico no se da tal ruptura, o ésta no es tan radical; por lo que, de continuo, hay que estar revisando o recordando o actualizando lo que hemos llamado “el acuerdo pactado de la ficción” (aquella mentira trascendental y consentida). Esto es, el lector, en ese tercer modo, inicia su lectura instalado en la ficción (habiendo firmado el pacto) puesto que “el autor —dice Javier Marías— presenta su obra como obra de ficción”, pero, en seguida, el lector habrá de cuestionarse si lo que ahí se dice, se dice del mundo real (ya que “la obra en cuestión tiene todo el aspecto de una confesión, y además el narrador recuerda claramente al autor”) o si se dice de ese mundo que no existe o que sólo a su manera existe. El lector no tiene elementos para decidirlo, ya que, por un lado, no hay motivos para no creer al autor cuando nos dice que su obra es obra de ficción y, por el otro, su conocimiento del mundo real le permite ver que determinadas cosas de las que le están ocurriendo al narrador (que, como en Negra espalda del tiempo, podría llamarse como el autor) están en concordancia perfecta con la biografía del escritor. Y ello, finalmente, y para decirlo de una vez, lo que significa es que si, en la novela, el mundo real, y con él el autor, no tiene presencia, como hemos visto, o, si la tiene, la tiene sólo por analogía (o digamos de manera más rigurosa que la relación que se establece entre realidad y ficción es de isomorfía y no de identidad), es, digo, que si, en la novela, el autor no tiene presencia (para una lectura cabal de la novela no necesitamos saber absolutamente nada de él), en el tercer modo, por el contrario, ocurre que cuanto más sepamos del autor más sensación tendremos de estar aprovechando la lectura, de estar haciendo una lectura ciertamente cabal, pues mayor capacidad de decisión tendremos para determinar qué, de lo que se nos dice, forma parte de la ficción y qué de la realidad.

Si en la novela el autor no tiene presencia, si en las memorias el autor está dado de una vez y completo, en el tercer modo el autor se sitúa en la perspectiva adecuada para, sin acabar de mostrarse, convertirse en la clave de la comprensión de su obra o en la llave para acceder a ella, y de tal manera ésta no sólo pierde su autonomía, o parte de su autonomía, sino que queda en segundo plano, viniendo a ocupar, entonces, el primero, el mismísimo autor. Ése es el resultado del malabarismo al que alude Javier Marías, y a éste yo le llamo el del giro copernicano en la novela, o el del tránsito hacia la literatura del Yo.

Escrito por Juan Negro. Publicado el 30 de enero de 2012 en Libros. Etiquetas , , . 8 comentarios. Síguelos en RSS.

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8 comentarios
  1. Mª Ángeles V. ha publicado el siguiente comentario:

    Acabo de terminar de leerlo, veo que eres todo un erudito, muy buen comentario, aunque contrasta la seriedad de la primera parte con la comicidad de la segunda. Me encanta eso de: “la única misión del escritor debe ser la de hacer literatura sin otra pretensión que la de hacer literatura”

  2. El Pobrecito Hablador del Siglo XXI ha publicado el siguiente comentario:

    Creo que a este modo en que el autor se coyunta con la ficción se denomina autoficción. Y da buenos resultados. A mi me gusta. Cercas, Marías, Orejudo, Vila-Matas, Llamazares…

    Leí un libro muy interesante en el que se describen las caraceterísticas de este nuevo “¿género”. Es de Manuel Alberca y se titula ” El pacto ambiguo. De la novela autobigráfica a la autoficción”. Tiene un prólogo de Justo Navarro y está publicado en “Biblioteca Nueva” Colección de estudios críticos de literatura.

  3. Emiliano Cedeno ha publicado el siguiente comentario:

    Supera la fantasía a la realidad? Todo es una cuestión social. Todo tiene una finalidad algo utópica subyacente: de moldear, exponer, disfrutarse, de fantasear con las experiencias que nos forman. La critica social tiene que ver con la conciencia del escritor y si creemos en el arte: es una manifestación que puede ser premeditada o casual, inspirada . No es un parámetro determinante para medir la calidad ni el disfrute. J. Montalvo.

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