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	<title>Juan Negro, Investigador Privado &#187; Novias</title>
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	<description>Quién es, Servicios y Algunas Cosas Más</description>
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		<title>Lo que significa ir a la playa a dar un paseo (Novias II)</title>
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		<pubDate>Fri, 28 Jan 2011 10:32:55 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan Negro</dc:creator>
				<category><![CDATA[Novias]]></category>
		<category><![CDATA[Marcela]]></category>

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		<description><![CDATA[<p>Cuando llegué a La terraza no vi ni a Víctor ni a su prima. Bueno, eran escasamente las diez y media y no tardarían en llegar; pero sí que había alguno de los habituales de nuestro grupo. Me pedí una cerveza y me uní a ellos. En seguida noté que volvía a subirme el globo de la tarde. Se hablaba de lo que se podría hacer esa noche y todo el mundo empezó a estar de acuerdo en ir [...]</p>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Cuando llegué a La terraza no vi ni a Víctor ni a su prima. Bueno, eran escasamente las diez y media y no tardarían en llegar; pero sí que había alguno de los habituales de nuestro grupo. Me pedí una cerveza y me uní a ellos. En seguida noté que volvía a subirme el globo de la tarde. Se hablaba de lo que se podría hacer esa noche y todo el mundo empezó a estar de acuerdo en ir a una superdiscoteca que habían abierto en el pueblo de al lado, había suficientes coches. A mí me pareció buena idea, pero mejor nos tomábamos antes otra ronda. Le pedí otra cerveza a Nacho e invité a cerveza a mis amigos. Qué globo más tonto había vuelto a pillar en sólo un momento; sin embargo me encontraba chachi, con ese puntito ideal.</p>
<p class="prili">Y qué pasaba con Víctor y Marcela. Ya eran más de las once y ni rastro de ellos. Comenzaba a ponerme nervioso, o, más que nervioso, a sentir una molestia en la boca del estómago, pero no porque me hubiera sentado mal la cena o me estuvieran sentando mal las cervezas, no, no, sino por lo que empezaba a sentir como la insoportable ausencia de Marcela. Pero ahí por fin llegaban. Y de repente empecé a ponerme verdaderamente nervioso porque ahí llegaba Marcela, sí, radiante, espectacular, bellísima. Todo el mundo vio lo que digo y alguien preguntó “¿quién es esa tía tan buena que viene con Víctor?”, y yo no pude reprimirme y, muy presuntuoso, dije, “ah, es Marcela, una vieja amiga, la prima italiana de Victor”.</p>
<p class="prili">Hola, hola, hola; todo el mundo se presentó allí y todo el mundo como que se mostró muy interesado en conocer a Marcela y en saber si iba a estar muchos días en el pueblo —este dato les interesó en especial a las chicas, no veo por qué— y en saber ese tipo de cosas que yo ya sabía, y a todo el mundo como que le pareció perfecto tomar una nueva ronda para darles así tiempo a Marcela y Víctor de acabar lo que le habían pedido a Nacho. Yo me tomé una nueva cerveza, seguro de que después ya no tendría problemas para hablarle a Marcela; y es que ella era tan guapa y yo tan estúpidamente tímido&#8230; En fin, Miguelito se lió unos porritos y Víctor se pidió otra cerveza y yo me pedí otra cerveza y todo el mundo allí pidió más cerveza, y ya parecía que nadie se acordaba de que se había quedado en ir a esa superdiscoteca que estaba en el pueblo de al lado.</p>
<p class="prili">Después de no sé cuántas cervezas y no sé cuántos porritos, se decidió que fuéramos al Marx, lugar al que íbamos casi siempre —nadie había vuelto a hablar de la superdiscoteca—, donde seguimos tomando más cervezas y fumando más porritos, que ya no liaba únicamente Miguelito, y de ahí nos fuimos a un pub bastante grande y bastante hortera que también frecuentábamos bastante. Al llegar ahí, y aunque todo el tiempo había procurado estar próximo a Marcela y visible, dentro de su campo visual quiero decir, todavía no le había dirigido la palabra, bien porque siempre estaba ocupada hablando con alguien, bien porque yo no me atrevía y ella o se estaba haciendo la interesante o no tenía interés alguno en hablar conmigo.</p>
<p class="prili">La noche avanzaba y el pub cada vez estaba más lleno, y yo cada vez más borracho. Estábamos de pie repartidos en pequeños grupos más o menos próximos y compactos (yo hablaba con Víctor y con Alejandro, quien me animaba a que de una vez por todas le entrara a Marcela, avisándome de que si no lo hacía yo al final lo haría él), pero ahora, con la gran cantidad de gente que se había congregado, era fácil verse inmerso en uno de esos fenómenos de corrimientos humanos… quiero decir que de un momento para otro, y sin que nos hubiéramos dado cuenta, fuimos desplazados quince o veinte metros, de modo que si hasta hacía un minuto entre nosotros y Marcela había habido la distancia de cuatro o cinco personas, ahora había dejado de verla.</p>
<p class="prili">—¿Dónde está tu prima, Víctor?</p>
<p class="prili">—No sé, hace un momento estaba ahí, hablando con Ricardo y su novia, pero ahora no les veo.</p>
<p class="prili">—Oye, tío —insistió Alejandro-, antes de que alguno de éstos se levante a la prima&#8230;</p>
<p class="prili">No le hice ningún caso. Lo que verdaderamente me preocupaba era recuperar el contacto visual con Marcela. Mientras intentaba encontrarla entre todas aquellas cabezas, pensé que, ahora sí, no iba a dejar pasar ni un segundo; en cuanto la viera iría directo y me pondría a hablar con ella. Pero ¿qué le diría? No sé, cualquier cosa. Estaba decidido. Pero bueno, antes mejor me iba a buscar un combinado de coca–cola y ron, porque se me había acabado la bebida y siempre era más fácil mantener una conversación con una copa en una mano y un cigarrillo en la otra.</p>
<p class="prili">Víctor y Alejandro me encargaron bebida para ellos y al cabo de media hora conseguí estar de regreso con casi el contenido íntegro de los tres vasos. En esa operación, llegar a la barra, hacerme un hueco, llamar la atención del camarero, y regresar hasta donde estaban mis amigos, ni me encontré con Marcela ni rastro siquiera, y cuando les pregunté a ellos, me dijeron que tampoco la habían visto. ¿Dónde se habría metido? Por fin, en un rincón del local, en el otro extremo, vi a Ricardo, y, como pude, llegué hasta allí. Le pregunté por Marcela y me dijo que no estaría muy lejos, que había permanecido con ellos hasta hacía un momento, y que, “por cierto, muy guapa la prima italiana de Víctor”. Giré en redondo por ver si la veía y allí estaba.</p>
<p class="prili">Llegué a su altura le dije hola y algo más, alguna gracia, no recuerdo el qué, pero de lo que sí que estoy seguro es de haber estado bastante ridículo, de haber hablado con cierta dificultad —iba borracho, demasiado borracho, para qué vamos a engañarnos—, y en seguida le pregunté si se acordaba de mí, que habíamos merendado juntos esa tarde en casa de Víctor. Claro que se acordaba de mí, por supuesto, cómo se iba a olvidar. Y cuando yo le dije que me apetecía mucho hablar con ella, Marcela me dijo que también ella tenía muchas ganas de hacerlo conmigo, pero que entendiera que ahora estaba hablando con Ernest. “¡Qué!” ¿Qué Ernest? Y de repente se materializó el tipo aquel que me estaba mirando con una sonrisa de estúpida condescendencia, que había estado allí todo el tiempo, que hasta el momento no había visto, y que no conocía de nada.</p>
<p class="prili">—Te presento a Ernest. Es de Girona. Está estudiando económicas en Estados Unidos y mañana se va con sus amigos a París antes de regresar a&#8230;</p>
<p class="prili">—Charleston, una pequeña ciudad del sur —aclaró.</p>
<p class="prili">—Pues qué interesante, ¿no? —dije. Y antes de que pudiera añadir nada más, ya seguían hablando entre ellos, como dando a entender que, si bien mi presencia no les molestaba lo más mínimo, tampoco la consideraban del todo necesaria. A buen entendedor. Y recogí velas. Y, con mi copa y mi cigarrillo, abatido, y habiendo en ese preciso instante decidido olvidar para no sufrir, me retiré con disimulo en busca de mis amigos, a los que ahora se les había sumado Julio, Miguel y Marga.</p>
<p class="prili">En menos de un minuto allí teníamos a Marcela. Pero venía con su nuevo amigo Ernest a decirle a su primo Víctor que se iban a dar un paseo a la playa, que dónde quedaban luego, que ella no llevaba llaves. A las cuatro y media en el paseo. Se fueron y todos me miraron con cara de “mala suerte, chaval”, pues ya se había corrido la voz de que me gustaba la prima de Víctor y todo el mundo sabía lo que significa ir a la playa a dar un paseo.</p>
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		<title>Vacaciones en Córcega</title>
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		<pubDate>Wed, 08 Dec 2010 10:40:03 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan Negro</dc:creator>
				<category><![CDATA[Novias]]></category>
		<category><![CDATA[Elisabetta]]></category>

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		<description><![CDATA[<p>Elisabetta era la hija de unos amigos de mis padres. Nos conocíamos desde siempre y empezamos a salir el último verano antes de que yo comenzara la facultad. Supongo que lo hicimos por aburrimiento. Mis padres y los suyos habían alquilado una casa en Córcega para pasar las vacaciones estivales y nosotros también fuimos. A mí el plan de playa matutina y excursiones vespertinas me hartó en seguida e imagino que Elisabetta se convirtió en el único aliciente del viaje. Era guapa pero estúpida, o mejor dicho insustancial, y nunca me había planteado nada con ella. Nos caíamos relativamente mal, aunque nos tolerábamos.</p>
<p class="prili">Sin embargo, una noche, al masturbarme, la convertí en protagonista de mis fantasías, [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Elisabetta era la hija de unos amigos de mis padres. Nos conocíamos desde siempre y empezamos a salir el último verano antes de que yo comenzara la facultad. Supongo que lo hicimos por aburrimiento. Mis padres y los suyos habían alquilado una casa en Córcega para pasar las vacaciones estivales y nosotros también fuimos. A mí el plan de playa matutina y excursiones vespertinas me hartó en seguida e imagino que Elisabetta se convirtió en el único aliciente del viaje. Era guapa pero estúpida, o mejor dicho insustancial, y nunca me había planteado nada con ella. Nos caíamos relativamente mal, aunque nos tolerábamos.</p>
<p class="prili">Sin embargo, una noche, al masturbarme, la convertí en protagonista de mis fantasías, y al día siguiente, mientras desayunábamos en la terraza, me puso cachondo tenerla delante y recordar las obscenidades que había imaginado. No sé qué me excitó más, si la actitud lúbrica en que la rememoraba o el hecho de tenerla delante mientras lo hacía. En cualquier caso, antes de ir a la playa, tuve que subir a mi cuarto a hacerme una paja rápida. Al acabar pensé que podría ser interesante convertir mis fantasías en realidad.</p>
<p class="prili">Resultó sencillo seducirla. Aunque la verdad es que no hubo seducción. Tuve la impresión de que ella estaba tan aburrida como yo y posiblemente habría tenido la misma idea. Fue esa misma noche, mientras tomábamos la segunda copa en el típico chiringuito de playa. No hubo palabras. Lo cierto es que nunca las había, resultaba imposible hablar con ella. Estábamos acodados en la barra y decidí acercarme por las buenas y besarla. Respondió activamente. Creo que hasta me sorprendí al encontrarme con su lengua en mi boca.</p>
<p class="prili">Salimos juntos las dos semanas que nos quedaban en Córcega y durante el mes de septiembre. A nuestros respectivos padres les gustó la idea. Les entusiasmaba que fuéramos los seis a cenar a restaurantes en plan parejas.</p>
<p class="prili">A Elisabetta le gustaban los perros enanos y llevar las uñas largas, la ropa cara y recitar las marcas de los coches que tenían sus amigos. Sobre ello versaban sus conversaciones. Me llevaba a bares pijos y me decía que por qué no les pedía a mis padres un coche, que era un latazo usar siempre el suyo.</p>
<p class="prili">Fuimos al cine en alguna ocasión, e, invariablemente, sus comentarios eran del tipo “Muy buenos los efectos especiales” o “Me ha parecido un poco lenta”. Le regalé <em>Un mundo para Julius</em> y creo que se mareó al ver lo gordo que era. Directamente me dijo que gracias pero que no lo iba a leer, que no le gustaba.</p>
<p class="prili">-¿No te gusta Bryce Echenique?</p>
<p class="prili">-No me gusta leer.</p>
<p class="prili">Era dos años mayor que yo y estudiaba derecho, la carrera con mayor índice de analfabetos funcionales.</p>
<p class="prili">Su única virtud, además de estar muy buena, es que me la meneaba maravillosamente bien, con aplicación y destreza.</p>
<p class="prili">En Córcega no pasamos de los morreos, pero ya en Milán, en el plazo de un mes me hizo como mínimo dos docenas de pajas, se le notaba que le gustaba. Pero nada más, y siempre en el coche; nunca quiso que fuéramos a ningún sitio. No me dejaba hacerle nada, sólo tocarle las tetas. Cuando intentaba avanzar entre sus piernas, las sellaba; entonces me cogía la mano y volvía a posarla sobre sus senos. No he visto a tía más rara para el sexo. Por supuesto, nada de felaciones, la sola idea de chupármela le daba asco. De manera que no llegamos a poner en práctica las fantasías que yo había tenido con ella como protagonista.</p>
<p class="prili">Un día, al acabar el verano, hablamos del futuro.</p>
<p class="prili">-Gonsalvo, siempre me habías gustado.</p>
<p class="prili">-Tú a mí también Elisabetta.</p>
<p class="prili">-¿De verdad?</p>
<p class="prili">-Claro que sí, y te quiero.</p>
<p class="prili">-Yo a ti también te quiero Gonsalvo.</p>
<p class="prili">-Pero yo te quiero mucho, y deseo casarme contigo.</p>
<p class="prili">Últimamente había descubierto que me divertía tomarle el pelo. Era fácil hacerlo, se tragaba cualquier trola.</p>
<p class="prili">-¿De verdad, Gonsalvo? ¡No sabes cuánto me gusta la idea! Podemos hacerlo cuando acabes tu carrera. Yo ya habré acabado la mía y&#8230;</p>
<p class="prili">-Pero para eso falta mucho y yo no quiero esperar tanto -le dije-. Quiero casarme ya, como muy tarde el verano que viene. Nuestros padres pueden mantenernos, tienen dinero de sobra, y podemos ir a vivir a cualquiera de los pisos de tu abuela.</p>
<p class="prili">Sus padres no tenían mucha pasta por ellos mismos, pero la abuela materna estaba forrada. Tenía bloques enteros de pisos.</p>
<p class="prili">Creo que le gustó la idea y aquella noche, mientras me masturbaba en el coche, no dejó de repetirme que me quería.</p>
<p class="prili">A la semana siguiente me dijo que tenía una sorpresa para mí.</p>
<p class="prili">-¿De qué se trata?</p>
<p class="prili">-No seas tan impaciente. Deberás esperar a mañana.</p>
<p class="prili">-¿Y por qué no me la das hoy?</p>
<p class="prili">-Mañana cenamos en mi casa con mis padres y los tuyos.</p>
<p class="prili">-¿Y ésa es la sorpresa?</p>
<p class="prili">-Ay, no seas impaciente, ya te he dicho que mañana.</p>
<p class="prili">Aquello no me gustó ni pizca, pero no me imaginaba lo que me tenía preparado.</p>
<p class="prili">A la noche siguiente durante la cena todo eran risitas de complicidad entre Elisabetta, mi madre y la suya. Mi padre estaba algo serio, pero ése era su estilo, y el padre de Elisabetta, que era tan o más insustancial que su hija —un pijo vocacional y convencido—, ensayaba a cada momento la mueca que pretendía hacer pasar por una sonrisa inteligente. Total que yo estaba escamado y a la hora de los postres se me confirmó que tenía motivos de sobras.</p>
<p class="prili">-Bueno, Gonsalvo —empezó la madre de Elisabetta—, Elisabetta nos ha puesto al corriente de vuestros proyectos. Y, si bien tanto a tus padres como a nosotros nos pareció un poco apresurado al principio, después de discutirlo hemos decidido apoyaros en todo. Así que hemos pensado regalaros un piso y pasaros una asignación mensual hasta que acabéis vuestros estudios y estéis situados.</p>
<p class="prili">Lo había oído pero no me lo creía. La madre de Elisabetta había acabado de hablar pero yo seguía mirando fijamente sus labios a la espera de que de nuevo empezaran a moverse para decir “Inocente, inocente, te lo has creído”.</p>
<p class="prili">Pero no se movían y se suponía que era yo el que debía de decir algo; allí todos estaban esperándolo. Mientras tanto, Elisabetta se había levantado y acercado a mí para abrazarme por los hombros. Como si estuviera muy, muy lejos oía que me decía “Te quiero Gonsalvo, ¿estás contento?”</p>
<p class="prili">-A la mierda.</p>
<p class="prili">Creo que no se me oyó, de modo que me levanté y volví a decir:</p>
<p class="prili">-¡A la mierda, tía, a la mierda! ¡Pero hostias, Elisabetta!, ¿tú eres tonta del culo, o qué? ¿Tú te crees todo lo que te dicen? ¿No viste que te estaba tomando el pelo? ¡Eres la hostia, tía! ¡Es que eres tonta de atar!</p>
<p class="prili">Quizá fui un poco hijo de puta. Pero es que de repente me había entrado mucha mala leche.</p>
<p class="prili">Elisabetta se quedó mirándome boquiabierta, con cara de no entender, pero en seguida se puso a llorar desconsoladamente. No me dio ninguna pena; al contrario, de buen grado le hubiera dado dos hostias. A aquella niña tonta le habían dejado de dar a lo largo de su vida unas cuantas.</p>
<p class="prili">Acto seguido, recogí mi servilleta del suelo, la dejé sobre la mesa y me fui. Cuando avanzaba por el pasillo hacia el recibidor, empecé a oír a mi madre que gritaba “Gonsalvo, Gonsalvo, no te atreverás”.</p>
<p class="prili">Pero hice oídos sordos y salí del piso de los papás de Elisabetta para no volver nunca más.</p>
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