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	<title>Juan Negro, Investigador Privado &#187; Libros</title>
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		<title>Prólogo sin cortes a Literatura y fin de siglo, de María Valverde, donde se reflexiona a partir del escritor Javier Marías y se dibuja un presumible trasunto del ex presidente José María Aznar</title>
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		<pubDate>Mon, 30 Jan 2012 10:00:13 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan Negro</dc:creator>
				<category><![CDATA[Libros]]></category>
		<category><![CDATA[Herralde]]></category>
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		<category><![CDATA[Jose María Aznar]]></category>

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			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="http://www.juannegro.es/2012/01/prologo-sin-cortes-a-literatura-y-fin-de-siglo-de-maria-valverde-donde-se-reflexiona-a-partir-del-escritor-javier-marias-y-se-dibuja-un-presumible-trasunto-del-ex-presidente-jose-maria-aznar/maria_valverde_prologo/" rel="attachment wp-att-497"><img src="http://www.juannegro.es/wp-content/uploads/maria_valverde_prologo.jpg" alt="María Valverde, Literatura y fin de siglo" title="María Valverde, Literatura y fin de siglo" width="240" height="378" class="size-full wp-image-497" /></a>
<p><em>Se cumplen en estos días trece años de la publicación del libro de la ex profesora y amiga María Valverde y me ha parecido éste un buen aniversario para rememorar el interesante y todavía actual ensayo, toda vez que para publicar la versión íntegra del prólogo que escribiera para él y que sólo vio la luz en una versión corregida y disminuida. He de decir -en un acto de modestia en el que casi no me reconozco- que el hecho de que mi firma apareciera en un volumen junto con la de la eminente María Valverde se debió básicamente al afecto que María me tenía (y tiene) y no a verdaderos méritos intelectuales o académicos. Y justamente éste fue el argumento que esgrimió el editor Herralde (a quién los lectores de este país le debemos tanto) para oponer su resistencia inicial y conseguir cuando menos que algunas partes del prólogo desaparecieran en su versión final. Se ha de reconocer que de ese modo se logró un tono más serio y académico, acorde con la naturaleza del texto que presentaba o precedía, pero, en contrapartida, desapareció de él toda la gracia de la que, con mi impericia, había pretendido dotar al texto. He de decir también que finalmente conseguimos colarle al bueno de Herralde la imagen Flyhard del fotógrafo <a href="http://www.flickr.com/people/pablolammers/">Pablo Lammers</a>, o dicho de otro modo quitarle de la cabeza la idea de ilustrar la portada con un gravado de finales del XX de un pintor suizo no muy conocido y menos cotizado. Os dejo, pues, con el prólogo en su integridad.</em></p>
<p>María Valverde, en <em>Literatura y fin de siglo,</em> mantiene que la tendencia de la novela durante el último siglo (el XX), siguiendo el modelo pictórico —y, añado yo, musical—, viene siendo la de transitar, cada vez con menores complejos, por la senda de lo autoreferencial, en una progresiva toma de conciencia, por parte del escritor, de su condición de artista, y ello en el sentido más contemporáneo del término, esto es, de ser alguien que se expresa a sí mismo, en tanto que artista, a través de su arte y no ya un sujeto que copia o interpreta o ilumina el mundo. (Esto, claro, en una determinada tradición literaria, la considerada como auténtica literatura, en contraposición a la así llamada de evasión.)</p>
<p Class="prili">Dice María Valverde en su libro <em>Literatura y fin de siglo</em> que uno de los autores españoles pioneros en hacer esa “nueva” narrativa es Miguel de Unamuno. En su novela breve <em>La novela de Don Sandalio, jugador de ajedrez,</em> el filósofo y novelista Unamuno hace una verdadera poética (o tratado acerca del arte poético y, por extensión, literario), con lo que tenemos (puesto que escribe no en clave de ensayo, como Aristóteles en la suya, sino de novela sensu stricto) ahí un relato de ficción cuyo objeto discursivo es el propio relato. Metaliteratura, o literatura autoreferencial. Los ejemplos en el siglo XX son incontables (no en un sentido lógico, naturalmente, sino poético) y cita la profesora Valverde como recién llegado —en el momento en que escribe su ensayo— a ese modo de hacer literatura al escritor Javier Marías con su novela (o falsa novela) <em>Negra espalda del tiempo.</em></p>
<p Class="prili">«A propósito de la reedición de la novela <em>Los dominios del lobo,</em> —cito literalmente a María Valverde; página 247, § 2 y siguientes, <em>Literatura y fin de siglo,</em> editorial Amagrama, 1999— Javier Marías publicó, en 1987, un artículo titulado “Autobiografía y ficción” donde señala que su primera obra no tiene nada de autobiográfico y en el que explica que, tras la publicación de aquella novela de juventud, escritores y críticos le reprocharon el no haberse ocupado de sus experiencias, de su entorno, de su realidad. Marías contesta retrospectivamente diciendo que, sin duda, el libro respondía a experiencias vividas, sólo que de otro orden, a saber, cinematográficas y librescas.</p>
<p Class="prili">«En ese mismo artículo, Javier Marías se plantea la pregunta de cómo un autor reelabora el material autobiográfico dentro del marco de la narración. Para Marías hay tres posibilidades: a) mediante la ficción —novela—, b) mediante el género memorias y c) mediante un, digamos, tercer modo —que no califica pero del que pone ejemplos: <em>El sobrino de Wittgenstein, Historia de un idiota contada por él mismo</em>—, que es, precisamente, el que considera más interesante. En esa tercera opción, dice Marías, “el autor presenta su obra como obra de ficción, o al menos no indica que no lo sea; es decir, en ningún momento se dice o se advierte que se trate de un texto autobiográfico&#8230; Sin embargo, la obra en cuestión tiene el aspecto de toda una confesión, y además el narrador recuerda claramente al autor&#8230; El resultado de ese malabarismo es de una ambigüedad tan asombrosa que las sospechas del lector oscilan de continuo entre dos polos o tendencias opuestas, sin que pueda decidirse por ninguna de ellas”, ¿ficción o realidad?</p>
<p Class="prili">«Dos años después, en 1989, con motivo de la aparición de la novela <em>Todas las almas,</em> el autor publica el artículo “Quién escribe”. Una clara intención parece dominar el texto: la de minar la idea de que narrador y autor constituyan una identidad en esa novela, idea a la que fácilmente puede llegar el lector, puesto que el “narrador ocupaba en la novela el mismo cargo o puesto que yo ocupé entonces, y no puedo negar que vivía en una casa idéntica a la que yo habitaba”. Tal parece el interés que tiene Javier Marías en dejar claro que no hay identidad alguna entre él y su narrador, que nos descubre su pequeña trampa de autor o coartada: su personaje contrae matrimonio al volver de Oxford, y Javier Marías ni está ni ha estado casado. Todas las almas parece que empieza a encajar en ese “tercer modo” de reelaborar el material autobiográfico -1) presentar como ficción, 2) el aspecto de una confesión, 3) el narrador recuerda claramente al autor-, si bien el propio Marías todavía se preocupa en deshacer esa ambigüedad que sería definitoria.</p>
<p Class="prili">«Finalmente, parece que Javier Marías ha apostado por la ambigüedad. Empieza su novela <em>Negra espalda del tiempo</em> (su novela, pues en ningún lugar se dice que éste sea un texto autobiográfico, aunque tenga el aspecto de una confesión) con la frase: “Creo no haber confundido todavía nunca la ficción con la realidad, aunque sí las he mezclado en más de una ocasión&#8230;” De modo que, desde el principio, el narrador (que, como el autor, se llama Javier Marías) parece estar advirtiendo al lector de que lo que en adelante leerá muy bien puede ser una mezcla de invención y verdad; y, ya muy avanzado el texto, insistirá en la idea de que la negra espalda del tiempo es el lugar propio de lo que es a la vez real y ficticio (&#8230;).»</p>
<p>En fin, lo que está diciendo María Valverde acerca de su autor preferido de los últimos años es que, en su novela o falsa novela, Javier Marías, siguiendo los pasos de uno de sus maestros —el otro sin duda es Juan Benet— Thomas Bernhard (<em>El sobrino de Wittgenstein</em> y el resto de sus relatos falsamente autobiográficos) o de su amigo Félix de Azúa (<em>Historia de un idiota contada por él mismo</em>), se interna por la senda de ese tercer modo de elaborar el material autobiográfico, que, en su caso, forma parte de su experiencia como escritor. No escribe, pues, Javier Marías su falsa novela desde la ficción (donde el escritor le presta a un personaje ficticio —valga la redundancia—, o sin existencia en el mundo del lector y del escritor —que comparten—, determinados conocimientos y experiencias vividas, y, por supuesto, emociones, sin que, en modo alguno o no necesariamente, el personaje y el escritor tengan biografías coincidentes o, ni tan sólo, parcialmente coincidentes), ni tampoco desde las memorias. Por supuesto, precisar la frontera entre “ese tercer modo de elaborar el material autobiográfico” y el género “memorias” es difícil, pero creo que se puede intentar hablar de la diferencia recurriendo al concepto de “engaño”, o, dicho de una vez y a modo de eslogan, en el engaño está la diferencia.</p>
<p Class="prili">En la voluntad del escritor de memorias (o del escritor cuando se enfrenta a sus memorias) está ser fidedigno; esto es, que sus palabras estén alumbradas por la verdad más absoluta (se acepta, es condición humana, que siempre habrá una tendencia a la deformación, ya sea por la vía de la ocultación —el escritor olvida determinado pasaje de su vida, del que no se siente especialmente orgulloso— ya sea magnificando éste o aquel otro hecho biográfico, y por tanto histórico, ocurrido en verdad en el tiempo real, o sea, no imaginado aunque sí exagerado), es decir, en las memorias no hay engaño, y si lo hubiese éste sería simplemente trivial o mundano, o lo que entendemos como engaño cuando alguien nos dice “Me dijiste que harías tal cosa y no lo has hecho”, o “Me dijiste que las cosas fueron así y ahora sé que así no ocurrieron”, mientras que en Thomas Bernhard, <em>El sobrino de Wittgenstein,</em> o en Javier Marías, <em>Negra espalda del tiempo,</em> está, implícita, la voluntad de engaño.</p>
<p Class="prili">No es un engaño trivial, naturalmente (de serlo no se moverían un paso del género memorias, y serían, por así decirlo, unas memorias mentirosas), sino un engaño trascendental (en el sentido filosófico del término, esto es, en el de “condición de posibilidad”) y a priori y consentido. No estoy hablando de otra cosa más que del engaño pactado de la ficción, esa especie de acuerdo tácito que se da entre el escritor y el lector, en el caso de la novela, por el cual el segundo cancela durante un tiempo (el tiempo de la lectura) el mundo real (en el que a él le ocurren cosas y que es el mismo para el escritor) para adentrarse sin reservas en el de la ficción, donde ocurre que, del mismo modo que nos emocionamos o interesamos por lo que le ha pasado al conocido, al familiar o al amigo, lloramos y reímos y aun maldecimos por lo que le pasa al personaje de ficción (quien, paradójicamente, adquiere total entidad o realidad durante el tiempo de la lectura), siendo, en suma, capaces de solidarizarnos, fraternizar e identificarnos —o todo lo contrario— con quien sólo existe en ese tiempo de cancelación y gracias al pacto que previamente hemos establecido con el escritor. Ese engaño trascendental y consentido (“Sé, escritor, que lo que escribes no es verdad, que no pasa en ningún lugar, pero haré como si fuera cierto y me interesaré y me emocionaré por lo que ahí —ese mundo que no existe, o que sólo a su manera existe— ocurra”, “Lo que aquí te voy a contar, lector, no forma parte del mundo que tú y yo compartimos, me lo invento yo, es un engaño, pero te pido que hagas como si fuera cierto y te dejes seducir y persuadir por lo que aquí —este mundo que no existe, o que sólo a su manera existe— se diga y ocurra”) es la base sobre la que se edifica la novela, su condición de posibilidad, y es ese tipo de engaño, no trivial sino trascendental, repito, el que está auspiciando tanto la falsa novela de Javier Marías (y por ello que se pueda hablar de <em>Negra espalda del tiempo</em> en términos de novela) como las falsas memorias de Thomas Bernhard. Pero con una diferencia sustancial.</p>
<p Class="prili">En la novela, una vez que hemos firmado el pacto, o que hemos consentido en el acuerdo, éste queda olvidado, mientras que en “el tercer modo”, digámosle así, de continuo tenemos que estar revisándolo (ya sea para recordarlo ya para cuestionarlo).</p>
<p Class="prili">Nada en la novela, desde dentro de la novela, viene a perturbar nuestra lectura, nada en la novela nos empuja fuera de la novela, todo en la novela nos invita a permanecer en el marco de la novela, en ese tiempo de cancelación, fuera de nuestro tiempo, mientras que en “el tercer modo” el texto constantemente nos empuja —nos obliga a asomarnos— a nuestro mundo propio.</p>
<p Class="prili">Se podría objetar aquí que todos los lectores de novela hemos tenido la experiencia —y la seguiremos teniendo sin duda— de ponernos a reflexionar sobre alguna cosa de las que ocurren en nuestro tiempo real, esto es, en el mundo donde a nosotros nos ocurren cosas, a partir de algo leído en el texto de ficción que tenemos entre las manos. Y se podría concluir, entonces, contra lo que acabo de decir arriba, que desde dentro de la novela sí que, puntualmente, puede empujársenos fuera de la novela. Pues bien, yo digo que no y mantengo que cuando eso sucede, cuando nos distraemos de la lectura o nos ponemos a pensar a propósito de lo que acabamos de leer (y mucho más a mi favor cuando el motivo de la distracción es algo que sucede a nuestro alrededor, y todos los casos son trivialmente reducibles a este último), la causa no está en la novela, en el texto que tenemos entre las manos y que con atención leíamos, sino en nosotros mismos, siendo entonces, por así decirlo, ésta una causa psicológica y no literaria.</p>
<p Class="prili">Aunque deberíamos aprender a pensar sin ejemplos —pues es lo abstracto, por definición, irreducible a lo concreto—, daré, sin embargo, uno con la intención de iluminar esto que digo.</p>
<p>Pongamos por caso que un escritor escribe una novela de las llamadas de crítica social, o de reflejo (un tipo de libros que no suelo leer, pues la mayoría de los escritores o pseudoescritores que los escriben se olvidan de que la única misión del escritor debe ser la de hacer literatura sin otra pretensión que la de hacer literatura) en la que el personaje principal es el presidente del gobierno de un país que, sin ser el nuestro, o sin que eso se diga manifiestamente en ningún momento, recuerda, no obstante, a nuestro actual presidente del gobierno; digamos, pues, que aquél es un trasunto de éste. Y supongamos que el motor que mueve al presidente de nuestra hipotética novela, en todos sus actos, es la ambición y la vanidad, caras ambas de la misma moneda.</p>
<p Class="prili">La novela se inicia con un sueño (y para poder referirnos a ella de un modo más preciso la llamaré de aquí en adelante <em>El sueño del presidente</em>). El presidente ve en ese sueño a una dama de dimensiones descomunales y de anatomía curiosa, cuya piel recuerda al metal, como si fuera una dama de hierro.</p>
<p Class="prili">El de la dama de hierro es el sueño recurrente del presidente y concluye siempre de la misma manera. La gran dama toma al presidente en su mano —parece un madelman— y se lo introduce, como si de un consolador se tratara, en su enorme vagina. Al presidente el sueño no le desagrada —incluso en alguna ocasión ha sido causa de poluciones nocturnas— pero le perturba, porque no acaba de comprender su significado y porque le gusta soñarlo y considera que en esto último hay algo de pecaminoso.</p>
<p Class="prili">Durante sus primeros años de gobierno, el Presidente se dedica a favorecer a sus amigos, a hacer, estrictamente, pues no hay ahí nada de altruismo, y como si fuera un patricio romano, puro clientelismo, y de ese modo se llevan a término los latrocinios legales de mayor inmoralidad y descaro que puedan concebirse.</p>
<p Class="prili">El presidente tiene un hijo varón, causa de su infelicidad ya que, desde pequeño, este muchacho ha dado pruebas más que suficientes de imbecilidad; vamos, es un retrasado mental que ha malbaratado las ilusiones de su padre.</p>
<p Class="prili">Recién iniciada su segunda legislatura, el Presidente se fija en una joven diputada del partido, quien le llama la atención por su manifiesta ambición y porque entre ambos se dan ciertas coincidencias de orden biográfico. Ella, como él, tiene un hándicap (que el narrador omnisciente de El sueño del presidente simplemente señala pero no desvela, lo que introduce un nuevo motivo de interés para el lector), y esto la hace acreedora, aún más, de la simpatía del presidente. La muchacha, naturalmente, idolatra a su presidente (si bien, el escritor ha de tener cuidado de que su narrador no insinúe nada sexual, pues su personaje, el Presidente, en ese aspecto, es absolutamente casto, de moralidad estricta —rasgo de su personalidad que favorecerá el desenlace, o dicho de otro modo, sin el cual, tal y como sugiero que se pueda planear la novela, no habría resolución—, una moral inspirada por el catolicismo más rancio y, también, por cierto liberalismo salvaje y poco reflexionado, o egoísta, en fin, una moral que no le dejaría dormir por las noches si uno solo de sus pensamientos tuviera como objeto la anatomía no especialmente favorecida de la joven diputada y que sin embargo le permiten dormir a pierna suelta después de haberle reído las gracias a su homólogo toda vez que patrón, y valga la contradicción, el sumo presidente Arbushto, o después de haber cometido, por decirlo de una manera suave, las mayores desvergüenzas y estupideces).</p>
<p Class="prili">Tras una peripecia que aquí no detallo pero que el escritor hipotético podrá imaginar, se da un acercamiento entre la diputada y el presidente; digamos que aquélla entra al servicio personal de éste. Asuntos de todo punto profesionales llevan a la muchacha a frecuentar la residencia presidencial. Y hete aquí que en una de estas visitas se produce un encuentro entre la joven diputada y el joven hijo del Presidente. Por supuesto, no habrá amor (no estamos escribiendo una novela rosa), pero al muchacho se le pone tiesa ipso facto —es ése un rasgo de su personalidad mongólica— y la muchacha ve, en el acto, una nueva vía para seguir medrando, al tiempo que un medio de conjurar o exorcizar definitivamente su hándicap.</p>
<p Class="prili">Nuevas peripecias nos acercan a la inminente boda (no conviene dilatar demasiado esos dos momentos, a favor de lo que suele llamarse la tensión dramática, aunque el escritor hipotético esté escribiendo El sueño del presidente en clave de humor).</p>
<p Class="prili">La noche anterior a la boda, el Presidente sueña. Se ve a sí mismo vestido con una bata blanca en medio de un largo pasillo igualmente blanco y luminoso. Al final se ve una luz todavía mucho más intensa. El Presidente está desnudo debajo de esa bata que lleva atada con betas a la espalda. Pero él no se siente desnudo, ni física ni metafóricamente, al contrario, se siente pletórico, más excelso que nunca. Avanza con seguridad, aunque despacio, hacia la luz. Cada pocos pasos alguien le sale al encuentro (como si de repente esas figuras se corporeizaran ante él, pues no hay puertas), y el Presidente, con complacencia y magnanimidad, les dice: “Soy el Presidente, soy el rey, soy el Papa de Roma, soy tres en uno, soy trino, soy Dios, ergo yo te absuelvo”. Finalmente, después de haber absuelto a la multitud de personas que le han ido saliendo al paso, llega a la luz, que resulta no ser una luz en sí misma sino el acceso a una habitación muy amplia e iluminada que está abarrotada de gente. Entre el gentío distingue a su hijo, que viste de frac, junto a la joven diputada, que viste de riguroso blanco. Todo el mundo le aplaude, al tiempo que inician una serie infinita de genuflexiones. “Ergo yo te absuelvo, ergo yo te absuelvo”, repite sin cesar. De entre los congregados, surge una joven hermosa que lleva bata blanca, pero abotonada por delante, y que debajo viste ropa de calle, que le dice, “Hola, ¿cómo se encuentra hoy? ¿Se ha tomado ya la medicación?” “No; ergo yo te absuelvo” Y, entonces, todo el mundo, al unísono, comienza a aclamar “Haloperidol, haloperidol, haloperidol&#8230;”, cada vez con mayor fuerza, hasta que llegan a acallar los incesantes “Ergo yo te absuelvo” del Presidente trino.</p>
<p Class="prili">El Presidente se despierta empapado en sudor y grita: “¡No estoy loco!” “Cariño, ha sido sólo una pesadilla —le dice su mujer—, duerme tranquilo. Mañana nos espera un día importante.”</p>
<p Class="prili">Llega el día de la boda y pasa.</p>
<p Class="prili">(Pero, antes de continuar el relato, un inciso. Puesto que la novela se titula El sueño del presidente, el escritor hipotético tendrá que tener especial cuidado en transmitirle al lector la idea de que la pesadilla que su narrador acaba de poner en primer plano no es en modo alguno principal, o, dicho de otro modo, que no es el sueño al que refiere o apunta el título de la novela, pues de lo contrario el lector podría hacer una mala interpretación de la historia. De hecho, el escritor hipotético podría haberse ahorrado perfectamente la pesadilla, podría haber simplemente aludido, y como de pasada, a una ideación delirante o a un delirio megalomaníaco, si es que quería poner de relieve la sensación de vergüenza ajena que todos aquellos que atesoran un mínimo de sentido común han experimentado ante el fasto de la boda de su hijo; y si lo ha hecho, narrar la pesadilla, ha sido por hacerle la gracia o darle gusto a una amiga suya, del escritor hipotético, que es psiquiatra y que en alguna ocasión le había explicado el caso, la anécdota, de un enfermo mental que, dependiendo de los días, se creía el presidente o el Papa de Roma o aun el mismísimo jefe de la CIA e iba por la clínica absolviendo a todo el mundo, dando así con ello y sin quererlo un ejemplo de cómo el escritor, cualquier escritor, elabora el material biográfico en el marco de la ficción.)</p>
<p Class="prili">Esa misma noche, mientras el hijo del presidente y la joven nuera del presidente duermen plácidamente, cansados por el ajetreo del día, El Presidente vuelve a soñar. Y sueña ahora su sueño recurrente. Pero en esta ocasión, la dama de hierro, la descomunal dama de hierro se comporta con él de modo completamente diferente. No termina el sueño con la cópula en la que el Presidente es parte y todo sino que le dice “No has entendido nada, eres un verdadero cretino”, para a continuación soltarle un soberano y sonoro bofetón que motiva la eyaculación instantánea del Presidente (en la realidad, no en el sueño), y su mujer, que también soñaba, suspira.</p>
<p Class="prili">Por la mañana, mientras desayuna, el Presidente no puede quitarse de la cabeza a la gran dama de hierro, y una y otra vez se pregunta qué es lo que no habrá entendido. (Aquí, llegados a este punto, en el que el desenlace de la novela está próximo, o el falso o primer desenlace, pues habrá colofón, el escritor hipotético tiene dos posibles continuaciones, o dos variantes para llegar al mismo final: uno, que el presidente, como ha venido haciendo hasta el momento, siga actuando desde el no conocimiento o la ignorancia, esto es, desde la inconsciencia, es decir, que no llegue nunca a entender el significado de su sueño pero que, sin embargo, actúe en consecuencia, aun sin llegar a entender las motivaciones últimas y ocultas de sus acciones —será a través del narrador omnisciente cómo el lector conocerá el significado de los sueños del presidente, primer desenlace o desenlace falso, con lo que el escritor hipotético conseguiría acentuar la bis cómica de su personaje—, o, dos, que sea el mismo presidente quien acabe comprendiendo el significado de sus sueños, con lo que, como se verá en seguida, el rasgo delirante de su personalidad —del que habrá tenido que venir dando pruebas a lo largo de toda la novela— quedará asimismo acentuado. Parece claro que la segunda opción ofrece mucho más juego que la primera, de manera que será ésta por la que se decantará nuestro escritor hipotético. La escena podría ser como sigue.</p>
<p Class="prili">Tenemos a El Presidente desayunando en la cocina de palacio su gran tazón de cereales con leche (lo hace así desde que su homólogo y patrón, el presidente Arbushto, le estuviera ensalzando, durante más de dos horas, las propiedades nutritivas y sobre todo digestivas de dicho desayuno), decía que tenemos al Presidente desayunando sus cereales cuando, en medio de su habitual diarrea mental de las mañanas —quizá producto de las propiedades digestivas de los cereales—, comprende que lo de la boda de su hijo ha sido un error. Pero no porque con ella haya hecho el ridículo tanto de puertas para adentro como de puertas para afuera, no porque la nuera no sea buena para su hijo, que lo es, o al menos todo lo buena que podrá ser con él, no porque haya sido un matrimonio poco menos que pactado, o de interés —la joven diputada supera su hándicap definitivamente y el matrimonio presidencial coloca a su único hijo imbécil (“único” aquí en el sentido de ser hijo único y de ser, trivialmente, el único imbécil)—, sino porque —comprende diáfanamente ahora— en ella no se han cumplido, ni se habrán de cumplir, sus designios, los suyos, los del Presidente en tanto que el Presidente, con absolutas mayúsculas.</p>
<p Class="prili">El Presidente ha descifrado, ha sabido interpretar, el sueño de la clínica mental. No, él no está loco, ni en la vida real ni en el sueño; los locos, como siempre, son todos los demás. Él es el presidente, y no un presidente cualquiera, es ese gran presidente, el único, el incomparable, el que, como un Papa, merecería permanecer en su cargo de manera vitalicia, el que, como un rey, merecería perpetuarse en el cargo por la vía de la consanguinidad, el que, como un Dios, merecería ser eterno. La fastuosa boda de su hijo ha sido sólo mieles de un día y lo que el Presidente necesita, o más que necesitar merece, es un sucesor, un heredero, un continuador de su obra.</p>
<p Class="prili">Inmediatamente descarta a su hijo (que sería lo natural, el hijo sumiso y respetuoso que hereda la corona del padre) por imbécil. Ni con todas sus malas artes, ni con todas sus influencias, ni con todos los favores prestados, ni con todo el amiguismo del mundo podría hacer de su hijo un presidente, suficiente hizo ya con conseguir para él un título universitario, y como mucho podría hacer que llegara a ministro, no sería nada disparatado, pues entre los miembros de su gabinete alguno hay con no muchas más luces que su vástago.</p>
<p Class="prili">Demasiado tarde para pensar en engendrar otro hijo. Y entonces se da cuenta de que, después de su retoño, la persona más cercana a él por la vía del parentesco es su mujer. Y, aunque él no lo sabe, incluso comparten algo de sangre ya que El Presidente tiene la costumbre secreta y erótica de cepillarse los dientes con el cepillo de su señora, a quien a menudo le sangran las encías. Le resulta en cierto grado humillante y la práctica le excita. Con este dato, el escritor hipotético acaba de desvelarnos otro rasgo de la personalidad de su personaje, la propensión natural del presidente hacia el masoquismo. El lector avispado ya se habrá venido dando cuenta de esa circunstancia y quizá el único que no lo haya hecho todavía de una manera consciente es el propio presidente. Él conoce a otros que lo cultivaban; incluso, en determinados círculos, se considera una práctica de buen gusto; incluso sabe el presidente que un muy destacado miembro de su gabinete acude con puntualidad británica a uno de esos lugares que los iniciados llaman “cuevas”, donde goza de los más inverosímiles tormentos, y no sólo lo aprueba sino que le despierta la menos sana de las curiosidades (también llamada “envidia”), curiosidad que reprime con disciplina.</p>
<p Class="prili">En fin, el escritor hipotético ha optado finalmente por una vía intermedia. El presidente actuará de ahora en adelante desde la inconsciencia (no muy distinto de cómo lo ha venido haciendo), es decir, sin conocer el significado del sueño de la dama de hierro (que es lo que realmente le mueve), pero en la creencia de que su nuevo proyecto, convertir a su mujer en futura presidenta del gobierno, es ahora su tarea sagrada y el modo mediante el cual, él, el Presidente, verá cumplidos sus designios, el de perpetuarse, aunque sólo sea temporalmente y no mediante la carne de su carne sino a través de carne, digámoslo así, que le pertenece.</p>
<p Class="prili">Pero el Presidente se equivoca (y también la echadora de cartas que visita siempre que tiene que tomar una decisión importante), lo que persigue con la idea de convertir a su mujer en su sucesora no es perpetuarse (y permítaseme un inciso, lo que consigue el escritor hipotético al optar por la tercera vía, es decir, al hacer actuar al presidente no desde la inconsciencia absoluta sino desde el error, esto es, desde la creencia de que debe sucederse a sí mismo en el trono a través de la persona de su mujer, lo que consigue es, digo, por una parte, convertir el sueño de la clínica mental en un elemento argumental más de la novela, de modo que no quede como un episodio aislado y, por otra, subrayar el delirio o la personalidad delirante del Presidente), se equivoca, decía, porque, en realidad, lo que busca no es perpetuarse en el cargo —no le hace falta para saberse un monarca, una cuasi deidad— sino ver cumplida su fantasía más secreta, tan secreta que ni él mismo es capaz de pensar en ella de manera consciente y sólo lo hace a través de su sueño recurrente.</p>
<p Class="prili">El escritor hipotético ha puesto ya sobre el tapete todos los elementos y el lector está en disposición de encajar las piezas y conocer el primer desenlace.</p>
<p Class="prili">El Presidente, desde muy joven, había sentido una gran admiración por la ex primera ministra británica Margaret Tacher y había llegado a convertirla, incluso, en el objeto consciente de sus fantasías sexuales. La mujer de hierro (metáfora bizarra que le complacía) era la fuente de inspiración de sus masturbaciónes. Después de la boda, el presidente (el futuro presidente) abandona la práctica de su onanismo recurrente por considerarla incompatible con la sagrada institución del matrimonio y sus fantasías eróticas con la, a fecha de hoy, ex primera mandataria inglesa son ya no olvidadas sino arrinconadas en algún lugar de su subconsciente, donde aún siguen, y de donde sólo afloran a través de su actividad onírica.</p>
<p Class="prili">Y es esta la verdad. El presidente, inconscientemente, anhela convertir a su mujer en una dama de hierro para así poder satisfacer de manera plena una sexualidad —la suya— que se inclina hacia el juego de la dominación y la sumisión (y más que seguro que en su relación con el presidente Arbusto hay algo de eso), hacia el masoquismo, por un lado, y el fetichismo por el poder, por otro, busca, en fin, un ama poderosa de verdad, una dama de hierro, y ello, naturalmente, pues así se lo exige su moral cristiana y católica, dentro de la institución —sagrada— del matrimonio.</p>
<p Class="prili">Pongamos por caso, decía, que un escritor escribe <em>El sueño del presidente</em> y supongamos que un lector cualquiera ha llegado en su lectura al primer desenlace —momento en el que se conoce el significado del sueño de la dama de hierro—, momento en el que El Presidente decide hacer de su mujer su sucesora.</p>
<p Class="prili">Mi pregunta es: Puesto que El Presidente recuerda en cierta manera a nuestro presidente —aquél es un trasunto de éste, dijimos—, ¿detendrá el lector en ese punto su lectura y esperará al desenlace en el mundo real, esto es, el de la vida real donde a él, a mí, al escritor hipotético y a nuestro presidente le ocurren cosas y en donde la mujer del presidente, el nuestro, ha iniciado su carrera política, sólo iniciado, para saber si la mujer del Presidente —no de nuestro presidente— llega a ser su sucesora o, por el contrario, seguirá leyendo la cincuentena escasa de páginas que le quedan para dar término a la novela y saber así si finalmente, en el marco de la novela, la mujer del Presidente se convierte o no en La Presidenta?</p>
<p Class="prili">Yo seguiría leyendo la novela, y creo que lo hará de la misma manera cualquier lector.</p>
<p Class="prili">O dicho de otro modo, la verdad de la novela no depende en modo alguno de la verdad del mundo real. Y esto es lo que quería decir cuando dije que nada en la novela nos empuja fuera de la novela, que todo en la novela nos invita a permanecer en el plano de la novela, en ese tiempo de cancelación, fuera de nuestro tiempo. Y si a él regresamos puntualmente (quizá algo que acabamos de leer nos invita a la reflexión, qué sé yo, por ejemplo un lector hipotético podría preguntarse: “¿Será cierto que el presidente tiene un delirio megalomaníaco y es por esa razón por lo que ha desplegado semejante fasto en la boda de su hija?”) es por causa psicológica, por nuestra tendencia natural a establecer analogías.</p>
<p Class="prili">(Dicho entre paréntesis, que el hombre sea un animal capaz de establecer analogías es condición de posibilidad, o trascendental, para la existencia del genero novela —lo mismo vale para el cine o el teatro, no para la música—, pero no voy a entrar a discutir ahora está cuestión en profundidad porque me alejaría mucho del punto al que quiero llegar y tampoco es esencial para su aclaración. Diré tan sólo que, al igual que vemos un sol cuando un niño dibuja en un trozo de papel una circunferencia rodeada de palotes, vemos a nuestro presidente en <em>El sueño del presidente</em> porque el escritor hipotético ha sabido dibujar a su personaje con el perfil adecuado, el perfil que nos permite establecer la analogía; y lo extraordinario es que basta con unos pocos elementos; de hecho, ni siquiera el escritor tiene que tener un conocimiento real y cierto del personaje real en el que se inspira para construir su trasunto, y es más, puedo decir que nuestro escritor hipotético, al igual que yo, no sabe nada de nuestro presidente, no le conoce, no tiene más noticia de él que lo que los medios de comunicación enseñan, no ha investigado, no sabe más de él que lo que pueda saber cualquier ciudadano anónimo, no tiene la menor referencia de su vida privada, y desconoce, como lo desconozco yo, si el presidente es o no, en el fondo, un buen hombre y no el tipo ridículo que nos ha presentado a lo largo de la novela, de la que nos ha faltado conocer las últimas cincuenta páginas.)</p>
<p Class="prili">La misma idea —la de que la verdad de la novela no depende en modo alguno de la verdad del mundo real— se puede expresar también diciendo que la novela es autónoma, que no necesita de nada que no esté en ella misma para ser completa. Hay una ruptura radical entre el espacio real y el espacio ficticio. A nadie en su sano juicio, a ningún lector competente de novelas, se le ocurrirá investigar la vida de nuestro presidente de gobierno para saber cuál es el hándicap al que se alude en <em>El sueño del presidente.</em> (De ser desvelado, lo será en el espacio de la novela, tal vez en esa cincuentena de páginas que todavía no hemos leído y en las que termina de resolverse todo lo que acontece a su protagonista, y en donde se desvela, naturalmente, cuál era el hándicap de su flamante nuera, verdadero final o desenlace, pues ello es lo que hace que alcancemos a comprender cabalmente a El Presidente, y en donde, por supuesto, finalmente, y a modo de propina, se sabe si la mujer del presidente triunfa o no en su carrera política.) Porque, lo que se nos dice —con su verdad— en la novela, es mentira o no pasa en ningún lugar (“pero haré como si fuera cierto y me interesaré y me emocionaré por lo que ahí —ese mundo que no existe, o que sólo a su manera existe— ocurra”).</p>
<p Class="prili">Sin embargo, en el tercer modo de elaborar el material biográfico no se da tal ruptura, o ésta no es tan radical; por lo que, de continuo, hay que estar revisando o recordando o actualizando lo que hemos llamado “el acuerdo pactado de la ficción” (aquella mentira trascendental y consentida). Esto es, el lector, en ese tercer modo, inicia su lectura instalado en la ficción (habiendo firmado el pacto) puesto que “el autor —dice Javier Marías— presenta su obra como obra de ficción”, pero, en seguida, el lector habrá de cuestionarse si lo que ahí se dice, se dice del mundo real (ya que “la obra en cuestión tiene todo el aspecto de una confesión, y además el narrador recuerda claramente al autor”) o si se dice de ese mundo que no existe o que sólo a su manera existe. El lector no tiene elementos para decidirlo, ya que, por un lado, no hay motivos para no creer al autor cuando nos dice que su obra es obra de ficción y, por el otro, su conocimiento del mundo real le permite ver que determinadas cosas de las que le están ocurriendo al narrador (que, como en <em>Negra espalda del tiempo,</em> podría llamarse como el autor) están en concordancia perfecta con la biografía del escritor. Y ello, finalmente, y para decirlo de una vez, lo que significa es que si, en la novela, el mundo real, y con él el autor, no tiene presencia, como hemos visto, o, si la tiene, la tiene sólo por analogía (o digamos de manera más rigurosa que la relación que se establece entre realidad y ficción es de isomorfía y no de identidad), es, digo, que si, en la novela, el autor no tiene presencia (para una lectura cabal de la novela no necesitamos saber absolutamente nada de él), en el tercer modo, por el contrario, ocurre que cuanto más sepamos del autor más sensación tendremos de estar aprovechando la lectura, de estar haciendo una lectura ciertamente cabal, pues mayor capacidad de decisión tendremos para determinar qué, de lo que se nos dice, forma parte de la ficción y qué de la realidad.</p>
<p Class="prili">Si en la novela el autor no tiene presencia, si en las memorias el autor está dado de una vez y completo, en el tercer modo el autor se sitúa en la perspectiva adecuada para, sin acabar de mostrarse, convertirse en la clave de la comprensión de su obra o en la llave para acceder a ella, y de tal manera ésta no sólo pierde su autonomía, o parte de su autonomía, sino que queda en segundo plano, viniendo a ocupar, entonces, el primero, el mismísimo autor. Ése es el resultado del malabarismo al que alude Javier Marías, y a éste yo le llamo el del giro copernicano en la novela, o el del tránsito hacia la literatura del Yo.</p>
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		<title>Literatura y filosofía. Un título pretencioso</title>
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		<pubDate>Thu, 10 Feb 2011 07:14:31 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan Negro</dc:creator>
				<category><![CDATA[Libros]]></category>

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		<description><![CDATA[Cuando mi amigo Jaume Saurí me comunicó que el Círculo de Filosofía había invitado a la Asociación a participar en el ciclo de charlas o conferencias que iban a tener lugar hoy aquí, en el Instituto Francés, lo que realmente me estaba diciendo era que por qué no preparaba yo alguna cosa. El reto me [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Cuando mi amigo Jaume Saurí me comunicó que el Círculo de Filosofía había invitado a la Asociación a participar en el ciclo de charlas o conferencias que iban a tener lugar hoy aquí, en el Instituto Francés, lo que realmente me estaba diciendo era que por qué no preparaba yo alguna cosa.<br />
	El reto me pareció atractivo y le dije que sí. Le dije que sí y le pregunté de qué. Él sonrió muy diplomático como siempre, y me dijo:<br />
	—De cualquier cosa que pueda ceñirse al lema Filosofía e Interdisciplinariedad. Es decir, de lo que quieras.</p>
<p>Creo recordar que estábamos a primeros de octubre cuando tuvo lugar esa conversación. Estaba yo entonces inmerso en un trabajo que me ocupaba las veinticuatro horas del día. Pero pensar que esto que está ocurriendo hoy iba a suceder justamente hoy, es decir, dos meses después, y considerar, también, que el trabajo que acabo de mencionar iba a quedar concluido a mediados de noviembre, hizo que creyera que iba a tener suficiente tiempo para preparar unas pocas páginas que leídas aquí me permitirían pasar el trámite con relativo éxito, y, en primer término, que le dijera que sí. Ya sólo me faltaba saber de qué podía hablar, qué cosa podía escribir que después leído pudiera no tanto interesar a un auditorio que se presentara traído por la divisa Filosofía e Interdisciplinariedad cuanto crear la ilusión en ese mismo auditorio de que estaba, efectivamente, diciendo alguna cosa. Rizar el rizo hubiera sido, o sería, o estaría siendo ahora, añadir a la ilusión que la tal cosa —fuera lo que fuera y todavía entonces sin determinar— estaba siendo además interesante o de valor, es decir, que eso de lo que pudiera hablarles pudieran o pudierais considerarlo como aportación, por mínima que fuera, al ancho saco de la filosofía, esto es, que eso de lo que pudiera hablarles pudieran o pudierais considerarlo como discurso de la epistemología, o de la gnoseología, o de la teoría del conocimiento, o de la metafísica, o de la ética, o de la estética, o de filosofía de la cultura, o de lo que fuera. Pero me faltaba, digo, saber de qué cosa podía hablarles.</p>
<p>El qué, que no el cómo, me lo sugirió mi amigo Jaume Sauri, quien me dijo:<br />
	—¿Por qué no preparas algo que tenga que ver con literatura? No sé, Filosofía y Literatura. ¿Qué te parece?<br />
	Me pareció buena idea.</p>
<p>Pero antes de seguir, un inciso: Hace un momento he dicho “crear la ilusión”, o si se prefiere me he expresado en esos términos. Bien, pues no quiero que piensen —o que penséis— que bajo esas palabras se esconde la voluntad de un engaño o de una estafa. No es eso. O en todo caso sí algo que tiene que ver de alguna manera con el engaño pero de ningún modo con la estafa. Al respecto no diré nada más o diré que es algo que tiene que ver con convicciones profundas y personales, y que sólo —y en el mejor de los casos— quedará claro cuando dé término a la lectura de estas páginas.</p>
<p>He dicho que me pareció buena idea y me las prometí felices. En cuanto terminara el trabajo que me ocupaba, me metería de cabeza a preparar algo que no quedara muy alejado del título Filosofía y Literatura.<br />
	Mi primera idea —poco brillante he de confesar— fue la de sentarme delante de uno de esos ordenadores que hay en la biblioteca de la facultad de filosofía de la Universidad de Barcelona, donde suelo pasar algunas tardes leyendo novelas, y teclear tres palabras, a saber: “filosofía y literatura”. Es decir, me propuse consultar bibliografía, leer la que buenamente pudiera, y elaborar después un refrito al que añadiría lo que, con no menos buena voluntad, pudiera surgir de mi propia cosecha, después soltarlo aquí, y aquí paz y después gloria. En resumen, siendo poco brillante u original, me planteé conducirme al modo en que lo hacen si no todos los pensadores sí al menos una cantidad no despreciable. Me pareció que estaba en mi legítimo derecho.<br />
	Pero he dicho que fue mi primera idea y añado ahora que fue la que —si bien sólo en parte— llevé a la práctica. Efectivamente, me senté delante del ordenador y tecleé las tres palabras. Estábamos a día dieciséis de noviembre. Ese día había estado lloviendo con ganas y yo sentado delante del ordenador era un sujeto calado hasta los huesos. No siendo previsor, no había cogido el paraguas. Quizá esto tuvo algo que ver con el desánimo que me invadió en seguida. Y si me acuerdo con precisión de la fecha no es tanto por el resfriado que probablemente empecé a encubar en ese mismo momento cuanto porque ése es un día señalado para mí. Pero decía que me invadió cierta sensación de desánimo: En la pantalla del ordenador, de haber seguido en el empeño, podría haber leído no menos de un centenar de títulos —cada uno de ellos un libro— que se correspondían o que tenían que ver con lo que yo me había propuesto investigar. Afrontar semejante bibliografía era una tarea si no imposible sí inhumana. A pesar de la calefacción, tenía frío —los pies mojados, los zapatos perdidos—, y ése me pareció un argumento consistente para marchar a casa y dejar el asunto para otro día.<br />
	Una cosa llevó a otra, a cada sábado le siguió un domingo, acabó un mes y empezó el otro, y así hasta que el otro día me llamó Jaume para recordarme que hoy tendría que estar aquí hablándoles de filosofía y literatura.<br />
	—Sí; por descontado, no faltaré, prácticamente lo tengo listo —le dije en lo que quiso ser una mentira piadosa. La verdad es que podría haberle dicho: Mira, me han surgido ciertos imponderables y me ha sido imposible preparar nada, te pido mil perdones. Eso es lo que le podría haber dicho, pero, siendo por vocación un embustero, preferí mentir. Y con esa mentira me traicioné, y por ello es que ahora, en este momento, estoy aquí.</p>
<p>En fin, me había olvidado por completo del asunto. No es que el reto hubiera dejado de parecerme atractivo, no es eso, y tampoco le daré más vueltas a esta cuestión ahora. Tenía tres días para preparar algo. Acudir a la bibliografía, ya sí, lo desestimé por imposible. Decidí estirar aquello que había pensado poner de mi propia cosecha y elaborar un discurso mínimamente creíble. Tenía el qué, seguía faltándome el cómo, y ahora me daba cuenta de que necesitaba como previo el dónde.<br />
	La cuestión del dónde no es baladí. He comprobado que los lugares físicos me condicionan terriblemente a la hora de trabajar. No lo he dicho, pero soy escritor de encargos, y si por ejemplo mi editor me pide un recetario de la cocina mediterránea, sé que no me va a salir el mismo libro si me pongo a trabajar en casa que si lo hago en el restaurante de la esquina o si decido marchar un par de semanas a Logroño. Esto lo descubrí&#8230; bien, me iría demasiado del tema si sigo por ahí. Y, efectivamente, para el caso que nos ocupa resultó ser definitivo.<br />
	Considerando el qué de lo que quería hablarles, pensé que un ambiente libresco me sería de gran ayuda; sin embargo, en seguida me di cuenta de que justamente eso podría ponerme en dificultades. Me explico: De haberme puesto a trabajar en la biblioteca de filosofía —lo que consideré—, o en casa —lo que consideré en segundo lugar—, y pudiéndome encontrar en una situación difícil —lo que pensaba como muy probable—, es decir, atascado o en punto muerto en la elaboración de mi discurso, temí que muy bien podría sucumbir a la tentación de echar mano de algún libro buscando inspiración —de filosofía si me hallaba en la biblioteca de filosofía— y acabar plagiando directamente a cualquier pensador que hubiera pensado con anterioridad lo que yo me proponía pensar, o, de estar en casa, acabar leyendo alguna novela olvidándome por completo y definitivamente del asunto. Por fortuna, me acordé entonces de que en Barcelona existe una biblioteca muy poco conocida y menos frecuentada que ostenta el original nombre de Biblioteca para la recopilación, investigación, comprensión y difusión de textos antiguos escritos en lengua árabe. Resolví que ése sería un buen lugar para trabajar: de una parte estaría rodeado de libros y de otra a salvo de la tentación de ponerme con ninguno (y esto último porque no tengo ni la menor idea de árabe, y todos, absolutamente todos los volúmenes que allí se guardan, están escritos en esa lengua).<br />
	El viernes por la tarde, con la exigua provisión de un cuaderno de tapa dura y una pluma estilográfica, di inicio a mi trabajo de pensador en una de las solitarias y confortables salas de la mencionada biblioteca. He dicho solitaria y quizá debiera haber hecho énfasis en esa palabra o haber dicho simplemente que yo era el único ser humano que allí se encontraba. Bien, pues queda dicho. La calefacción estaba graduada con la intención de agradar, quiero decir de ser benévola con el lector, ni demasiado alta ni demasiado baja; y la luz era la justa. La sala estaba inmersa en una casi penumbra en la que el único punto de luz que destacaba era el de la lámpara que sobre mi mesa iluminaba la inmaculada hoja de mi libreta todavía por estrenar. Pasados unos —calculo a ojo— quince minutos, ni una sola idea había venido a mi cabeza. Esto no me desanimó, todo lo contrario. Me hubiera extrañado si en ese rato hubiera pensado más de una cosa que no fuera directamente sospechosa de estupidez, no haber pensado nada no estaba sin embargo muy alejado de la media. Debí quedarme dormido en un momento incierto, pues no recuerdo haber pensado nada más. Esta cabezada la atribuí a la connivencia de una digestión pesada y un ambiente acogedor. Supe qué tiempo había estado dormido cuando, más tarde, un ujier vino y me dijo que la biblioteca cerraba en cinco minutos.<br />
	El sábado lo dediqué a asuntos personales.<br />
	El domingo no trabaja nadie, quiero decir que la biblioteca no abría.<br />
	El lunes —es decir, ayer—, puntualmente a las cuatro de la tarde, estaba de nuevo sentado en la misma butaca que había conocido el viernes. Sin embargo, en esta ocasión algo era ligeramente distinto. Venía con una idea preconcebida de por dónde iba a conducir mi pensamiento o reflexión. Desde hacía bastante sabía que quería pensar —y hablar hoy— de literatura y filosofía, pero sólo ayer —y mientras viajaba en el metro— se me ocurrió que podía centrar el tema en las diferencias que puedan haber entre uno y otro género. La idea —o la protoidea (palabra horrible)—, como siempre, me vino impuesta desde el exterior. Viajaban casualmente a mi lado, uno a cada uno de mis lados, dos sujetos lectores. El uno, aprecié, leía una novela, y el otro (reconocí fácilmente cuatro palabras; una de ellas era “ontoteológico”) iba leyendo un libro de filosofía. Para un observador ajeno, ajeno a mi pensamiento y ajeno a la cabeza de esos dos que iban leyendo, pongamos por caso para uno cualquiera de los que se sentaban enfrente, la experiencia de aquellos podía ser trivialmente reducible: Se podía pensar de ellos: Dos que van leyendo. Pero a mí me dio por pensar que mientras uno ahora estaba metido de lleno en las aventuras del grumete Jim, casi pasando el mismo miedo que éste pudo sentir cuando escondido a bordo de la Hispaniola escuchaba la conversación que mantenían el tullido Silver y el marinero Dick y descubría lo que les esperaba al llegar a la isla en la que les aguardaba el fabuloso y ansiado tesoro del capitán Flint, que mientras el uno hacia esto, digo, o sentía esto, o revivía esto directamente en su propia piel, el otro, el que se sentaba a mi izquierda, no estaba haciendo otra cosa que arqueología, sintiendo o viviendo o pasando o sufriendo su propia experiencia de arqueólogo: literalmente se estaba peleando con fósiles. Se me antojó que mientras para uno las palabras impresas eran una suerte de ventanas que una vez traspasadas le abrían su mirada a mundos fantásticos, conocidos o desconocidos pero en todo caso fabulados, para el otro las palabras en sí mismas eran el objeto de su atención, como si éstas fueran la señal, o la divisa, o la huella, o el billete de algo enteramente real, de un pensamiento puesto ahí, fósil si se quiere, o necesariamente. No sé. Quizá me dejé llevar por cierto entusiasmo, quizá aquellas reflexiones estaban siendo deudoras del vino que había bebido durante la comida, pero me dio por pensar que las palabras, en uno y otro texto, funcionaban de modos completamente distintos, como si su cualidad óntica u ontológica —palabras que dan miedo y nunca he estado del todo seguro sobre cómo han de usarse o en qué circunstancia— dependiera de su ubicación, de si estar a mi derecha o a mi izquierda.<br />
	Con esta idea, reconozco que todavía mal estructurada y quizá demasiado volátil, llegué a la biblioteca. Tal vez si la trabajaba bien me daría para una bonita charla o conferencia; si la trabajaba bien, estaba seguro de que como mínimo podría crear un discurso que a su vez creara en mis oyentes la ilusión de que efectivamente estaba diciendo algo. Se trataría simplemente de atender a la correcta sintaxis y de no ser excesivamente atrevido con la semántica de los términos que empleara: Quiero decir con su articulación: Se sabe que un discurso que se quiera consistente ha de guardar las adecuadas proporciones.</p>
<p>Pero el destino —por usar una expresión elocuente toda vez que caduca— había dispuesto que la tarde de ayer la volviera a pasar en el despropósito de mi tarea. El destino, sí. Ya me había sentado en la butaca que había conocido el viernes, ya había abierto la libreta por su primera página, ya la luz de la lámpara iluminaba su inmaculada blancura, ya me disponía a poner el título, cuando un sujeto extrañamente curioso, o extraño, y por ello curioso, vino a sentarse en la misma mesa que yo ocupaba, justo enfrente de mí. Si tuviera más tiempo, o si esto fuera un relato o el episodio de una novela, me pararía ahora a darles una descripción de aquel hombre a fin de que entendieran por qué lo he calificado de extraño, pero no teniéndolo, y tampoco siendo esto ni una cosa ni la otra, me conformaré con que me crean, y les pido también que pongan en juego toda su imaginación. Bien, el hombre se sentó delante de mí y yo me pregunté por qué motivo no lo habría hecho en ninguna de las otras mesas, pues todas estaban vacías.<br />
	Al tiempo que me lo preguntaba, escribí el título y lo subrayé. Mientras tanto el hombre había&#8230; —la palabra exacta sería “desparramado”— había desparramado una considerable cantidad de libros sobre el tablero de la mesa, reduciéndome a mí y a mi libreta a la mínima expresión. Yo ya tenía escrito Literatura y Filosofía y me había puesto a buscar en mi cabeza una palabra dócil con la que empezar el texto, quiero decir una palabra que luego se dejara continuar —hay palabras que aspiran a ser la última—, cuando el hombre extraño me dijo:<br />
	—Disculpe. Es posible que lo esté importunando con mi presencia. Pero no se apure, escriba, escriba, que hay palabras de sobras para los dos.<br />
	Lo miré y creo que le sonreí ligeramente.<br />
	¿Qué habría querido decir con eso de que había palabras de sobras para los dos?<br />
	En fin, intenté rehacer la reflexión que había hecho en el metro, quizá así me sería más fácil dar con una primera palabra, con una primera frase para mi texto. Mentalmente ensayé un par de ellas, limpias y cortas, pero ninguna me sedujo. Lo cierto es que tampoco conseguía reproducir ahora lo que tan acertado me había parecido mientras viajaba por el subsuelo. Eso es algo que ya sabía, que los pensamientos fluyen caprichosos cuando menos te lo esperas y que difícilmente luego se dejan aprehender en el papel, como si existieran distintos ordenes del discurso solo conectados por precarios conductos, la mayor de las veces embozados, y ése estaba siendo mi caso. El hombre extraño escribía, desde que me hablara no había levantado la cabeza de sus libros, de sus papeles. Yo sí, yo buscando la inspiración que no me llegaba levantaba los ojos de mi hoja en blanco y los dirigía hacia el fondo de la sala o hacia los lomos de los libros que en filas se ordenaban en las estanterías que quedaban a mi derecha; también le miraba a él. Le observé un momento: Manejaba una cantidad importante de papeles. Cada cierto tiempo escribía una o dos palabras, luego volvía a sumergirse en las páginas de sus libros o de sus extraños listados, algunos amarillentos.<br />
	“Intencionalidad”. Sí, ésa era una buena palabra, quizá ésa era la palabra que había estado buscando&#8230; tal vez con la ayuda del modesto artículo&#8230;: Sí: “La intencionalidad&#8230;” ése podía ser el inicio de mi texto, ése podía haber sido el motivo de mi charla.<br />
	—Discúlpeme otra vez —me dijo el extraño hombre; al hacerlo me había detenido en el gesto de empezar a escribir—. Si lo hace ahora, después se verá impelido a continuar. Medítelo, medítelo antes, si fija la palabra que cree haber encontrado, se adentrará por una senda que sólo conoce dos direcciones: continuar o hacerse traición. Pero de continuar, ¿cómo estará seguro de que es ése el camino correcto?, y, por otra parte, ¿qué sentido tiene volver atrás? Es una apuesta arriesgada, medítelo.<br />
	—No le entiendo —le dije. Pero más que otra cosa, me había causado sorpresa el tono de oráculo que había imprimido a sus asertos.<br />
	—Está claro —se apresuró a añadir—: La naturaleza del acto de escribir es necesariamente contradictoria, negadora en sí misma. Cada forma es la negación de infinitas formas, cada palabra es la negación de infinitas palabras, ¡qué terrible paradoja!<br />
	—Entiendo —le dije. Y automáticamente pensé en la posibilidad de cambiarme de mesa, lo consideré un segundo y al final por pudor no lo hice. Volví a repetir mentalmente mis dos palabras: “La intencionalidad”. Pero ¿realmente estaba seguro de que quería hablar hoy de ello? ¿De verdad que me interesaba ponerme a pensar en la intencionalidad que se esconde detrás de un texto literario, de un texto filosófico? ¿Tenía eso algo que ver con lo que había pensado en el metro? La verdad era que no a las dos preguntas. La verdad es que entre estación y estación lo que a mí me había llamado la atención y me había interesado eran las caras, que podía apreciar por el rabillo del ojo —ahora a derecha, ahora a izquierda—, de los dos sujetos lectores: En sus caras, en sus expresiones se podía leer que estaban viviendo experiencias de orden completamente distinto. Eso era lo que a mi me había interesado: la experiencia que supone enfrentarse a un texto literario, a un texto filosófico, y esto me había llevado a considerar la naturaleza misma de las palabras en sus distintas manifestaciones. Ahora empezaba a rehacer mis reflexiones.<br />
	Y me puse a pensar en la teoría del embudo. No lo quise, suponía un nuevo despiste, pero me puse a pensar en la teoría del embudo. Quizá estaba siendo el eco de lo que había dicho el extraño hombre que ahora había puesto tres palabras seguidas; quizá me daba cuenta de que, si hubiera empezado mi charla con “la intencionalidad”, difícilmente podía haber llegado a la cuestión de las experiencias, tal vez hubiera olvidado la expresión placentera e interesada del lector de novela, la expresión interesada pero como de sufrimiento —sufrido interés— del lector de filosofía. La teoría del embudo en sí es una tontería. La paternidad la reclama un amigo mío escritor. Dice que cuando uno se enfrenta a un texto aún inexistente, dicho en plata, cuando uno tiene todavía el paquete de folios por abrir —o la libreta por estrenar, como era mi caso—, se halla en un plano que puede considerarse el superior de un embudo, el de mayor superficie, y que a medida que se avanza en la elaboración del texto se va descendiendo progresivamente de plano, de modo que la posibilidad de movimientos, el juego, es menor, como si la propia actividad creadora te fuera conduciendo hasta que llegas al único lugar posible, el cuello del embudo, el final del texto. Como metáfora no está mal, pero a mí me parece que eso que él quiere decir es lo que todos sabemos, que uno se enfrenta a la configuración de una trama, a la caracterización de unos personajes, a la articulación de una estructura narrativa. Yo siempre le digo que uno puede empezar por el final de un texto, pensar un desenlace o un punto final y luego ingeniárselas para llegar a él. Entonces el me dice que es lo mismo, que la teoría del embudo es igualmente aplicable. Yo le digo que sí y ahora no sé por qué me he puesto a pensar en estas cosas. Sí, por lo que me dijo el hombre extraño. Lo miré. Seguía en lo suyo. Tenía la costumbre de mordisquear el tapón de su bolígrafo. Me puse a pensar en mi experiencia como lector.<br />
	Me puse a pensar en mi experiencia como lector y me desalenté. Novelas he leído. De hecho llevo desde mis siete años leyendo novelas —no exclusivamente, claro—, pero filosofía, lo que se dice filosofía no he leído nada o muy poco. ¿Cómo pretendía entonces comparar esas experiencias? Esa dificultad me pareció que podría subsanarla fácilmente. (No, no era el momento de ponerse a leer.) Lo cierto es que si no he leído filosofía, en los últimos tiempos sí que he tenido que leer una importante cantidad de libros sobre gastronomía. Haciendo una reducción reconozco que salvaje, yendo a la sustancia del meollo —y en términos gastronómicos reducir es justamente eso, ir a la sustancia, y sospecho que en filosofía hablar de sustancias es mucho reducir—, yendo a la sustancia, digo, podría pensarse que un texto de cocina no está muy alejado de un texto filosófico, en ambos se pretende poner de manifiesto alguna verdad, ya sea mediante la crítica, ya sea constructivamente, o al menos hacer pública la creencia de una verdad. (No puedo dejar de sonreírme cuando recuerdo a un crítico que mantenía que la cocina de la meseta castellana no comparte ninguna de las bases de la cocina mediterránea.) Pero me di cuenta de que de nuevo me estaba desviando hacia las cuestiones de la intencionalidad: Había querido pensar en mi experiencia como lector de textos gastronómicos y al hacer esa reducción, no sé si injustificable, me había puesto a pensar en la cuestión de las intenciones, esto es: El poner de manifiesto alguna verdad. Esa experiencia no era valida, de esa experiencia sólo podía concluir que me había aburrido soberanamente.<br />
	Quizá debía reconducir mi intención a la hora de plantear la charla —nuevamente la cuestión de las intenciones—, y hacer buena mi primera idea —o la segunda según se mire—, hablar de la intencionalidad, imaginar algo sobre ese punto. Pero ¿qué había pensado cuando iba en el metro?, ¿no había pensado del uno que hacía arqueología?, ¿y del otro?, ¿qué había pensado del otro? ¿Qué hago yo cuando leo una novela?<br />
	—No se preocupe —me dijo entonces el extraño hombre—, muchas veces la hoja en blanco exige permanecer en blanco.<br />
	¿Qué había querido decir? ¿Había acaso adivinado que empezaba a no sentirme capaz de hablar sobre filosofía y literatura, que empezaba a saberme incapaz de crear un texto que como mínimo creara en este auditorio la ilusión de una&#8230; me da vergüenza decirlo, de una verdad? Entonces pensé que yo, cuando leo una novela, no las busco, no las hay, me limito a crear o recrear un mundo, hacer mías o despreciar determinadas vivencias, situarme en una perspectiva imposible, privilegiar mi mirada. No le contesté. Mi silencio debió de interpretarlo como una respuesta porque continuó hablando. No me dejó apuntar estas ideas en mi libreta en blanco.<br />
	—¿Sabe una cosa?, por eso yo me he dedicado a la traducción. Sí, lo que hago aquí es traducir textos que otros han escrito. Puede pensarse que eso es cobardía, pero yo no lo creo así. Tampoco piense que mi intención es hacer de transmisor, no, ¿a quién puede interesarle estos textos? —Señaló con un gesto de su mano los libros que quedaban a su izquierda. Continuó hablando:— A mí no, desde luego, ni creo que puedan interesarle a nadie. De hecho ni siquiera conozco el idioma del que traduzco, y no es ésa la expresión de una falsa modestia, literalmente no conozco el idioma del que traduzco. Todo es un juego, un terrible juego de combinatoria, un terrible y despiadado juego de combinatoria, de combinatoria y de semejanzas. Usted aún es demasiado joven para comprenderlo.<br />
	Bajó la cabeza y se ocupó entonces en consultar sus tablas, sus largos y amarillentos listados que, advertí, estaban llenos de signos indescifrables para mí, de números y de palabras, señaló después un punto del libro que tenía abierto, y escribió por fin una nueva palabra.<br />
	Yo cerré la libreta en la que sólo había llegado a escribir el título de la charla que hoy tenía que darles, y me marché.</p>
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		<title>Novelas malas que no deberían leerse jamás (III). Lo que esconde tu rostro</title>
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		<pubDate>Tue, 25 Jan 2011 08:38:02 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan Negro</dc:creator>
				<category><![CDATA[Libros]]></category>
		<category><![CDATA[Novelas malas]]></category>
		<category><![CDATA[Adrés Buenafuente]]></category>
		<category><![CDATA[Clara Sánchez]]></category>
		<category><![CDATA[Nada recomendable]]></category>

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		<description><![CDATA[<p>El título promete. Recuerda ésos que le gustan a Javier Marías y es casi un plagio del de la novela de Clara Sánchez, Lo que esconde tu nombre, pero... es mala.</p>

<p>Novela mal resuelta, vaga e imprecisa. Negra con pinceladas de cosa social. Negra mate. O lo que es lo mismo [...]</p>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>El título promete. Recuerda ésos que le gustan a Javier Marías y es casi un plagio del de la novela de Clara Sánchez, <em>Lo que esconde tu nombre,</em> pero&#8230; es mala.</p>
<p>Novela mal resuelta, vaga e imprecisa. Negra con pinceladas de cosa social. Negra mate. O lo que es lo mismo, sin ningún brillo ni gracia. A este humilde lector no le ha despertado ningún interés. En más de una ocasión he lanzado el libro al suelo desde la cama y me he puesto a dormir, o lo he cambiado por otra lectura, o he estado tentado de tirarlo a una papelera del metro, o me he imaginado quemándolo en la chimenea que no tengo junto con toda la colección de Pepe Carvalho, que qué culpa tiene el pobre, y sólo porque el desalmado que escribió la contraportada lo cita como inspiración. No engancha.</p>
<p class="prili">El doctor Andrés Buenafuente, (que ya son huevos que se llame como aquel presentador que había en TV3, al que en una ocasión, en una fiesta -una party privada- le dije en su cara -iba yo borracho- que había visto su programa y me había parecido patético) de aproximadamente 50 de años, el doctor, cirujano plástico de Madrid, separado y con una hija adolescente -datos que cito en esta reseña porque el autor, a peso, le dedica a esos elementos biográficos no menos de 50 páginas, lo que hace que piense que es importante para él, y fíjense que la novela hubiera sido casi la misma, cambiando muy pocos elementos de la trama, si el doctor hubiera sido un carpintero sin hijos-, es arrancado en mitad de la noche de los brazos de Morfeo (sic) por el maleducado comisario Partagás (y no me equivoco si digo que eso es una marca de puros y cigarrillos, lo que da una idea de lo mal para unos y bien para otros que debía de oler el tipo). Y todo porque un amigo del doctor, que como él también es un eminente cirujano plástico de Madrid, ha sido hallado muerto en un barrio de la periferia que el autor, a diferencia de otros lugares que salen en su historia, no ha debido de pisar en toda su vida, lo que deduzco porque despacha toda descripción del escenario del crimen con cuatro palabras (“barrio de la periferia”), mientras que a la zona pija donde tiene su despacho le dedica, a bulto, no menos de 15 páginas, hallado, el doctor amigo y muerto, digo, con la cara hecha un cristo. Vamos, que no sólo le han dado finiquito sino que además se han ensañado con su rostro. (Y aquí, entre paréntesis, debo decir que Buenafuente, el presentador de televisión, no el cirujano plástico, me miró durante unos segundos, tres, cuatro, cinco, en completo silencio, sin ni siquiera proferir un “ah” o un “umm”, pero mirándome como si yo no existiera, como si su mirada me traspasara, como si se estuviera preguntando si en realidad había oído algo o sólo se lo había parecido, y después siguió avanzando -porque el iba en una dirección y yo le había parado- con su copa y su cigarrillo, que recuerdo perfectamente que en una mano llevaba un pito y en la otra un cubata, deduje, que no creo que fuera una coca-cola, y yo me quedé en el mismo sitio, con mi cerveza y mi cigarrillo, que también fumaba, empezando a pensar que debía ser a mí, y no a su programa, a quien había que aplicarle el calificativo de patético.)</p>
<p class="prili">Para reconocer el cadáver de su amigo. Por eso Partagás despierta a Buenafuente. (Y aquí quedan resumidas las primeras 70 u 80 páginas de la novela. Las otras 250 ó 260 las condenso en el resto del párrafo.) Una cliente descontenta, uy, me acabo de cargar el final del pegote éste, se carga, valga la redundancia, al cirujano amigo, que por lo visto había hecho con ella un poema surrealista. La autopsia descubre que al cirujano muerto le han desfigurado el rostro con un bisturí. Esto para que se sospeche del cirujano vivo, que ésa es la intención de la clienta descontenta. Además de otras pruebas falsas que se esfuerza en dejar por ahí. Porque el vivo, alegando problemas de agenda, había enviado a la clienta al muerto. Pero Partagás es mucho Partagás y descubre el asunto en la penúltima página, dejando la última para las reflexiones finales.</p>
<p class="prili">Y digo yo, ¿el título de la novela debe de aludir a esas pequeñas cicatrices que esconden detrás de las orejas las señoras y los señores que se hacen cirugía estética, no? Dejo la pregunta abierta.</p>
<p>El argumento podría haber dado de sí en manos de un buen novelista. Y no es que el tipo escriba mal, no, si hasta se podría decir que tiene una buena sintaxis, vamos, que pone los puntos y las comas donde toca. Pero no los literarios. Y es que el autor no sabe armar una trama ni desplegar un argumentado (esto puede que lo repita en más de una reseña, pero es que pasa tanto), lo que hace que la historia resulte poco creíble, cuando no inverosímil, cuando no un cachondeo.</p>
<p class="prili">Personajes cliché construidos en clave biográfica, sin relieve alguno, y poco más.</p>
<p class="prili">La novela es la tercera del mismo autor (no quiero ni pensar cómo serán las otras dos) y la publica la misma editorial. Todavía se puede ver en mesas de novedades. Y mi recomendación es que mejor pasar de largo haciendo como que no la han visto.</p>
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		<title>El tamaño de tu vocabulario. Cuántas palabras utilizas o saber con php las palabras únicas que contiene un texto</title>
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		<pubDate>Mon, 17 Jan 2011 05:21:13 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan Negro</dc:creator>
				<category><![CDATA[Libros]]></category>
		<category><![CDATA[Miscelánea]]></category>
		<category><![CDATA[Php]]></category>
		<category><![CDATA[Regalo]]></category>
		<category><![CDATA[Reyes Magos]]></category>

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		<description><![CDATA[<p>¿Qué hace esa caja ahí y para qué sirve?</p>

<p Class="prili">Brevemente: Después de que escribas un texto, o lo pegues, y le des al botón enviar sabrás cuántas palabras totales has utilizado y de ellas cuántas son únicas. Es decir, sabrás, en términos numéricos, qué vocabulario has utilizado. Funciona con textos largos. Yo lo he probado con <a href="http://www.juannegro.es/wp-content/uploads/quijote1.pdf" target="_blank"> esta  versión del Quijote</a> y ha ido bien. [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><FORM action="http://www.juannegro.es/resultado-de-tu-texto/" method="post"><br />
<textarea name="texto" rows="10" cols="30"></textarea><br />
<INPUT type="submit" value="Enviar"> <INPUT type="reset"><br />
</FORM></p>
<p>¿Qué hace esa caja ahí y para qué sirve?</p>
<p Class="prili">Brevemente: Después de que escribas un texto, o lo pegues, y le des al botón enviar sabrás cuántas palabras totales has utilizado y de ellas cuántas son únicas. Es decir, sabrás, en términos numéricos, qué vocabulario has usado. Funciona con textos largos. Yo lo he probado con <a href="http://www.juannegro.es/wp-content/uploads/quijote1.pdf" target="_blank"> esta  versión del Quijote</a> y ha ido bien. Por cierto, el Quijote (la primera parte, en la versión utilizada para el experimento) tiene 187043 palabras, de las cuales son únicas 14508. Vamos, que Cervantes, por si a alguien le quedaba algún tipo de dudas, se manejaba con un vocabulario amplio. Ojo, no nos queramos comparar con Cervantes. Jugaba con ventajas. En su época no había televisión ni periódicos (o como mínimo no había televisión, pues de lo segundo no estoy del todo seguro). Es decir, que si uno quería mirar el mundo con mirada amplia tenía que proveerse de una buena cantidad de conceptos (valga decir palabras). (Ahora demasiada gente se conforma con las ilusiones que genera la televisión.) Pues de todos es sabido que nuestra mirada sobre el mundo se comporta como una cámara fotográfica, cuantos más píxeles, mejor resolución, esto es, cuantas más palabras más fina es nuestra mirada, más detalle somos capaces de apreciar. Pero ojo que la ecuación no es excluyente. La calidad de la óptica es importante. De todos modos no hay que obsesionarse con el vocabulario. Siguiendo con las metáforas fotográficas, vale más una buena sintaxis que mil palabras.</p>
<p Class="prili">Espero que haya quedado claro qué hace ahí esa caja. Ahora, si quieres, pruébala.</p>
<p Class="prili">Esta caja la podemos considerar un regalo de reyes. El mío es el negro. (Un regalo que quiero compartir aquí.)</p>
<div class="img_centrada">
<div class="in_img_centrada"><img src="http://www.juannegro.es/wp-content/uploads/P1040082.jpg" alt="Majestad Baltasar" title="Majestad Baltasar" width="543" height="406" class="size-full wp-image-345"/>
<div class="clear"></div>
<p>Su Majestad Baltasar escuchando atenta y pacientemente al infante que yo tenía delente</p>
</div>
</div>
<p>Lo explico. La noche de reyes estaba nervioso (la intriga, la espera del nuevo amanecer, haber visto a sus majestades a escasos metros de distancia, que qué habrá hecho ese hombre para merecerse tamaño honor, hablo del alcalde, que cada año disfruta del privilegio de poder estrecharles la mano a los tres, y de darse un baño de multitudes cómodamente instalado en un coche descapotable junto a su majestad Melchor, que es quien abre la comitiva…) nervioso, digo, y me puse a leer un libro malísimo del que daré debida cuenta aquí, pero, la noche en cuestión, esa zona oscura de mi personalidad no estaba de humor y cambié el libro por el portátil (el más portátil de mis portátiles) y navegando navegando fui a dar con un artículo de Sergio Parra, que puede leerse pinchando <a href="http://www.papelenblanco.com/metacritica/cuantas-palabras-usamos-descubre-la-riqueza-de-tu-vocabulario-y-ii" target="_blank">aquí</a>, en el que explica un curioso experimento para conocer el vocabulario de cada quien. (Cada quien conocer su propio vocabulario, y sólo el suyo.)</p>
<p Class="prili">La cosa tiene que ver con el diccionario, y me pareció cansado. A diferencia de Sergio Parra, que confiesa un amor devoto hacia esos libros, yo prácticamente ya no los uso; el de la real ni de coña, pues las palabras que te hacen pensar en un diccionario no aparecen en él ni por asomo, y el de María Moliner, que fue durante años mi diccionario de cabecera, empieza a quedarme muy alto allá en el espacio que ocupa en su estantería, de modo que cuando me surgen dudas sobre la definición de una palabra, pues me la invento, y punto, como diría quien yo me sé. En fin, que el experimento, digo, tiene que ver con el diccionario. Se trata de abrir el tocho aleatoriamente cien veces, mirar la primera palabra en cada una de las ocasiones y ver si conocemos la definición. Tomas nota y después aplicas ecuaciones estadísticas. Cansado además de que se tiene que utilizar estadística, lo que convierte el resultado en demasiado interpretable, o subjetivo.</p>
<p Class="prili">Se me ocurrió entonces que lo más fácil, riguroso y exacto sería enumerarlas, vamos, contarlas. Esto es, idear un experimento algebraico en vez de estadístico. Que cada cual (que cada cual interesado en conocer el alcance de su vocabulario) empezara a recitar, digamos que por orden alfabético, las palabras que conoce e ir contándolas a medida. Por supuesto, ésa sería una tarea todavía más cansada además de que se debería confiar en la memoria (pues a veces uno sabe una palabra y no se acuerda en el preciso instante, y es cuando se suele decir que la tienes ahí, en la punta de la lengua); total, un poco inviable.</p>
<p Class="prili">Pero si en vez de recitarlas, las escribes, tomándote el tiempo que necesites y en el orden que te apetezca, sin ni siquiera preocuparte de si repites alguna (ordenándolas incluso de tal modo que te salga un relato, un artículo o una novela, un poema también valdría) y luego las cuentas (restando las repeticiones), pues ahí tienes un método riguroso y preciso si no de saber cuántas palabras conoces sí al menos de saber cuántas has escrito.  Y contar todos sabemos, o deberíamos saber (menos los políticos, que en su inmensa mayoría, por no saber, no saben ni hacer la o con un canuto, y así les salen las sumas, que más que sumar, restan).</p>
<p Class="prili">Y entonces pensé en alguna clase de programa y me puse a googlear para ver si daba con él.  Y no lo hallé, aunque he de reconocer que tampoco mi búsqueda fue demasiado exhaustiva, ya que, si de verdad quieres dar con algo en Internet, al final acabas encontrándolo. Lo que ocurrió es que en seguida me entró el gusanillo de hacérmelo yo mismo. Y aquí es donde tengo que confesar uno de mis hobbies, que también valdría decir &#8220;entretenimiento&#8221; o &#8220;actividad de recreo&#8221;.</p>
<p Class="prili">Me gusta programar. Los lenguajes formales aplicados, esto es, los lenguajes de programación (los formales a secas serían los lógicos, como el de proposiciones o el de primer orden, o el de lógica difusa) tienen una gracia que no tienen los lenguajes naturales (este mismo que estoy utilizando ahora para escribir este post) y que para mí los convierten en una especie de oasis, en una suerte de remanso en aguas turbulentas. (Y ahora me ha venido a la cabeza, no sé por qué, una canción&#8230;)</p>
<p Class="prili">Quien tenga la costumbre de escribir textos con intención digamos que literaria (también valdrían divulgativos) habrá experimentado esa especie de desazón que produce el texto terminado, o más que el texto la duda de si la forma que le hemos dado es la mejor, la más perfecta, la que con mayor precisión, armonía y arte representa aquello que queríamos decir.</p>
<p Class="prili">Esto no ocurre con los lenguajes de programación. Si el programa funciona, es que lo hemos escrito bien. Sí, sí, ya se que un programa se puede escribir de más de una manera, y que también podemos buscar la elegancia del código. Pero si el programa funciona, ahí tienes tu recompensa, la prueba irrefutable de que aquello lo has escrito bien. Me estoy enrollando.</p>
<p Class="prili">Y me puse manos a la obra, y la tarea ha resultado sumamente sencilla.</p>
<p Class="prili">El script está hecho en Php (que es el lenguaje de programación más extendido para aplicaciones web) y básicamente sólo he tenido que utilizar funciones nativas del propio lenguaje.</p>
<p Class="prili">La madre del cordero es str_word_count() que, como su nombre indica, cuenta las palabras que hay en una cadena de texto. Así que si a esa función le pasas como argumento un texto cualquiera te devuelve un número, siendo este número la cantidad de palabras contenidas en la cadena. (Pero no sólo las únicas sino todas.)</p>
<p Class="prili">Pero la función no acaba ahí. Acepta dos argumentos opcionales. El primero puede ser un número comprendido entre 0 y 2. Si le añades el argumento “cero” tal que así: str_word_count(“esta es la cadena”,0) la función se comporta de idéntica manera a la ya explicada (y devolvería un 4 para el ejemplo que acabo de escribir), pero si el segundo argumento es “1” o “2” entonces la función te devuelve un array, que es asociativo en el segundo de los casos. Es decir, te devuelve un conjunto cuyos elementos son todas y cada una de las palabras que formaban la cadena, siendo un conjunto “pelado” con el 1 y diciéndote además qué posición ocupa cada palabra en la cadena con el 2. Para nuestro propósito nos servía el 1.  (i.e. str_word_count(“esta es la cadena”,1) devolvería {esta, es, la, cadena})</p>
<p Class="prili">Sin embargo, esa función está pensada por una mente sajona, de modo que se hace necesario un apaño para los caracteres que podrían considerarse raros. Y la función, qué lujo, lo contempla. Así que como tercer argumento se le puede pasar una cadena de caracteres raros tales como “ñ”, “ç”, “á” o “à”. El propósito es que la función cuando se ponga a correr reconozca esos caracteres y no parta palabras indevidamente, es decir,  str_word_count(“apaño”,1,”ñ”) devuelve {apaño} mientras que str_word_count(“apaño”,1) devuelve {apa, o}, lo que no sería correcto.</p>
<p Class="prili">Total que la función nos coge el Quijote y nos lo convierte en un conjunto de 187043 palabras. Ahora sólo falta saber cuáles de ellas son únicas.</p>
<p Class="prili">Pero no me alargo más, dejo aquí el código brevemente comentado, por si alguien quiere implementar este gadget en su página.</p>
<pre class="brush: php; title: ;">
&lt;?php
if ($_POST['texto']) { //si han pasado texto...
$str=$_POST['texto']; //“meto” el texto recibido en $str
$str=str_replace(array('¡',&quot;'&quot;,'¿','-'), &quot;&quot;, $str); //elimino caracteres molestos
$str=strtolower($str); //todo minúsculas, para que “La” y “la” sean la misma palabra
$array=(str_word_count($str, 1, 'àèìòùáéíóúïüç·ñ')); //la madre del cordero, el conjunto de palabras
$num=count($array); //las contamos
	echo &quot;&lt;p&gt;Tu texto tiene &quot; . $num . &quot; palabras&lt;/p&gt;&quot;; //en pantalla el resultado
$array_unique=array_unique ($array); //el subconjunto con las palabras únicas
$num=count($array_unique); //y las contamos
	echo &quot;&lt;p&gt;De las cuales son únicas: &quot; . $num . &quot;&lt;/p&gt;&quot;; //y lo saco en pantalla
	echo &quot;&lt;p&gt;&lt;a href='http://localhost/juannegro/2011/01/palabras-unicas-en-un-texto-con-php/'&gt;Volver al post&lt;/a&gt;&lt;/p&gt;&quot;;
}
else {
	echo &quot;&lt;p&gt;Oh, has enviado la caja vacía. Pega algo de texto, o escríbelo. Puedes copiar y pegar hasta un Quijote.&lt;/p&gt;&quot;; 

	echo &quot;&lt;p&gt;&lt;a href='http://localhost/juannegro/2011/01/palabras-unicas-en-un-texto-con-php/'&gt;Volver al post&lt;/a&gt;&lt;/p&gt;&quot;;
	}
?&gt;
</pre>
<p>Como se ve, el código utilizado no es nada complicado.</p>
<p Class="prili">Y, por cierto, en modo alguno la caja es maliciosa. Vamos, que los textos enviados no se guardan en base de datos alguna, lo que, ciertamente, podría hacerse de la manera más sencilla.</p>
]]></content:encoded>
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		<title>Planeta falla el Premio Nadal</title>
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		<pubDate>Fri, 17 Dec 2010 12:32:31 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan Negro</dc:creator>
				<category><![CDATA[Libros]]></category>
		<category><![CDATA[Clara Sánchez]]></category>
		<category><![CDATA[Premios]]></category>

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		<description><![CDATA[<p>Una amiga de Facebook, <a href="http://felisamorenoortega.blogspot.com/">Felisa Moreno,</a> me avisa en un comentario que me ha dejado en el post de abajo que la novela ganadora del premio Nadal 2010 es mala y me invita a leerla. (Se entiendo la invitación habida cuenta las dos últimas reseñas que he posteado en este blog.) [...]</p>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Una amiga de Facebook, <a href="http://felisamorenoortega.blogspot.com/">Felisa Moreno,</a> me avisa en un comentario que me ha dejado en el post de abajo que la novela ganadora del premio Nadal 2010 es mala y me invita a leerla. (Se entiendo la invitación habida cuenta las dos últimas reseñas que he posteado en este blog.)</p>
<p class="prili">La curiosidad ha hecho que googleara “Nadal 2010” y me ha salido una <a href="http://www.elcultural.es/noticias/LETRAS/505870/Clara_Sanchez_gana_el_premio_Nadal_2010_con_un_thriller_psicologico"> entrada del cultural</a>, que lleva fecha del 6 de enero de este año, y que bla bla bla habla de la escritora <a href="http://www.clarasanchez.com/">Clara Sanchez</a> y de su novela (supuestamente mala, yo no la he leído y no me atrevo a calificarla de tal) <em>Lo que esconde tu nombre</em>. Pero la razón por la que estoy escribiendo esto no es la novela sino un párrafo de la entrada citada que copio a continuación:</p>
<p><span class="cita">Sanchéz no compartirá su alegría de estos días con un finalista, porque esta categoría ha sido suprimida este año por la editorial Destino, organizadora del premio. Emili Rosales, su director editorial, argumenta que esta decisión tiene como finalidad &#8220;focalizar todo el empuje y el prestigio del Nadal en un solo título&#8221;. Además, advierte que esta ausencia &#8220;queda cubierta por la reciente creación del Premio Francisco Casavella&#8221;, cuyo &#8220;objetivo prioritario es descubrir nuevas voces de nuestra narrativa&#8221;.</span></p>
<p>Y que me ha suscitado una pregunta y una reflexión.</p>
<p><span class="destaca">La pregunta</span></p>
<p>¿No puede asumir el Grupo Planeta la promoción del finalista? ¿No cubren sus ventas los gastos en ese concepto?</p>
<p><span class="destaca">La reflexión</span></p>
<p>¿Dónde queda la mística del finalista?</p>
<p class="prili">Hay un mito que dice que la novela finalista siempre es mejor que la ganadora. Imposible saber si eso es siempre así, pero hay muchos lectores que lo creen y ahora se quedarán sin poder alimentar su fe.</p>
<p>Yo al menos conozco dos casos en que novelas finalistas han sido mejores.</p>
<p class="prili">En el año 1980 el premio Planeta lo ganó un tal <a href="http://es.wikipedia.org/wiki/Antonio_Larreta">Antonio Larreta</a> con una novela llamada <em>Volaverunt</em> y quedó finalista <a href="http://es.wikipedia.org/wiki/Juan_Benet">Don Juan Benet</a> con <em>El aire de un crimen.</em> En ese año yo debía tener entre 12 y 15 de edad y ya había oído decir que el finalista era siempre mejor. Curiosamente cayó en mis manos un volumen doble con las dos obras y me leí la novela de Benet. Gran acierto. No me cabe la menor duda de que fue la mejor elección y Don Juan Benet se convirtió desde ese día en uno de los autores que considero grandes, al que quise parecerme durante mucho tiempo.</p>
<p class="prili">Durante unos cuantos años fui lector del premio Nadal. Solía leerme en poco menos de un mes unas tres cajas de manuscritos, esto es, unas 75 novelas (pues conseguían meter 25 en cada caja). De esas novelas solía haber 4 ó 5 que eran buenas y una o dos que consideraba geniales. De éstas últimas no ganó el premio nunca ninguna. Y sólo en una ocasión una quedó finalista. Fue la de <a href="http://www.lolabeccaria.com/">Lola Beccaria,</a> <em>La luna en Gorge,</em> en el año 2001. Estoy seguro de que la novela finalista del premio Nadal de ese año fue mejor que la ganadora. Pero al parecer esta circunstancia no se habrá de repetir.</p>
<p class="prili">Por cierto, ¿quién ha oido hablar del premio Francisco Casavella?</p>
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		</item>
		<item>
		<title>Novelas malas que no deberían leerse jamás (II). La verdad oculta de la Reina Isabel II</title>
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		<pubDate>Thu, 16 Dec 2010 09:03:32 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan Negro</dc:creator>
				<category><![CDATA[Libros]]></category>
		<category><![CDATA[Novelas malas]]></category>

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		<description><![CDATA[<p>En resumen, estamos ante un intento fallido de novela histórica que aburre soporíferamente, de la que no ha de disfrutar ni el más entusiasta de los lectores aficionados al género. No hay trama. No hay personajes, sólo un sinnúmero de nombres y referencias históricas que, lejos de iluminar, enredan y exasperan. [...]</p>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>En resumen, estamos ante un intento fallido de novela histórica que aburre soporíferamente, de la que no ha de disfrutar ni el más entusiasta de los lectores aficionados al género. No hay trama. No hay personajes, sólo un sinnúmero de nombres y referencias históricas que, lejos de iluminar, enredan y exasperan.</p>
<p class="prili">Al narrador le llega un legajo familiar, las memorias de su bisabuelo, y (en mala hora) decide publicarlo. (De lo contrario el autor hubiera tenido la gracia de la brevedad.)</p>
<p class="prili">El cuerpo de la novela, pues, está constituido por el relato del militar liberal Alfonso Días de Espinazo (1848-1921), quien se propone desvelar (y lo hace, aunque con poco tino) un secreto relacionado con la familia real que, según dice, podría haber ahorrado guerras de sucesión dinástica.</p>
<p class="prili">En 1816, hallándose lejos de la capital del reino, una revolución derroca a Isabel II. Existen, nos dice el narrador, dos explicaciones oficiales de por qué se exilia en Francia en vez de intentar su regreso a Madrid. La del sabotaje, que mantiene que la reina no vuelve porque las comunicaciones fueron cortadas a tal efecto, y la de su amor a Morfori, según la cual la reina no retorna por no perjudicar a su amante. Días de Espinazo, sin embargo, ofrece una tercera interpretación de los hechos.</p>
<p class="prili">Circunstancias de orden biográfico (la muerte de los padres, el tutelaje de un tío cortesano), hacen que desde temprana edad Días de Espinazo viva en la corte y que pronto se gane la confianza de la reina y la amistad de los infantes, lo que le hace ser testigo directo de todas las intrigas que rodean la vida de la familia.</p>
<p class="prili">La reina se había casado con Francisco de Asís por obligación y desde el primer momento habían pasado por su lecho una sucesión de amantes. Hubo sin embargo uno especial, Puigmoltó, de quien se rumoreaba que podría ser el padre del infante Alfonso.</p>
<p class="prili">Isabel había mantenido con el mencionado amante amplia correspondencia durante el periodo de su amorío, cartas que éste había guardado y que posteriormente son robadas. Se le encarga a él mismo y a Días de Espinazo que sean recuperadas. Son estas cartas la verdadera razón por la que la reina había abandonado España, víctima del chantaje, pues en ella se confirma que Puigmoltó es el padre del infante Alfonso, príncipe de Asturias. Verdad oculta (sic) que explica el hecho histórico del exilio de la reina.</p>
<p class="prili">A primera vista parecería que el lector se halle ante una novela histórica, pero enseguida uno se pregunta si no es más un ensayo histórico (un mal ensayo) apenas novelado.</p>
<p class="prili">En cualquier caso, como novela no funciona. El texto aburre. No despierta el menor interés. No arroja luz sobre nada.</p>
<p class="prili">Se trata de un relato disperso, deslavazado, con un exceso de ítems de información histórica o pseudo-histórica difíciles de conectar en un todo coherente, un vomitado. Dudo mucho que el lector que no conozca previamente la historia de ese periodo saque algo en limpio.</p>
<p class="prili">El texto presenta un sin fin de intrigas en las que no se profundiza, que sólo se mencionan o enumeran y que, en vez de ayudar al lector a formarse una idea más precisa, o rica, o meramente introductoria, o de conjunto, de ese periodo histórico, generan un fenómeno de ruido que dificultan cualquier comprensión cabal.</p>
<p class="prili">No hay novela. No hay personajes (solo nombres), no hay una trama que se despliegue, que se construya, que se resuelva.	No hay pericia literaria. Ninguno. Este lector no ha encontrado ningún elemento que le invite a recomendar la novela.</p>
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		<title>Novelas malas que no deberían leerse jamás (I) El destino</title>
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		<pubDate>Mon, 08 Nov 2010 09:47:43 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan Negro</dc:creator>
				<category><![CDATA[Libros]]></category>
		<category><![CDATA[Novelas malas]]></category>
		<category><![CDATA[Nada recomendable]]></category>

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		<description><![CDATA[<p>El tema podría dar juego en manos de un escritor. Mujer madura, acomodada, o mejor, aburguesada, que decide dejar de vivir en esa displicencia y apostar por un amor de juventud. Pero no hay ninguna pericia literaria en el autor. La novela es la repetición sin variaciones de una misma escena. Es mala, aburre. [...]</p>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>El tema podría dar juego en manos de un escritor. Mujer madura, acomodada, o mejor, aburguesada, que decide dejar de vivir en esa displicencia y apostar por un amor de juventud. Pero no hay ninguna pericia literaria en el autor. La novela es la repetición sin variaciones de una misma escena. Es mala, aburre.</p>
<p style="padding-top:15px">Después de treinta y cuatro años sin haberse visto, la narradora, Maite, se encuentra con un viejo novio, Alberto. Tras una conversación amable y al uso, deciden volver a verse para recordar, sin prisas, los viejos tiempos.</p>
<p class="prili">Tiene lugar la cita. Maite es una mujer entrada en la cincuentena, de profundas convicciones religiosas, madre de familia y esposa fiel y realizada, o al menos eso es lo que ella se cree. Vive en una ciudad pequeña, de provincias. Alberto sigue manteniendo el mismo aire de galán seductor que le recuerda de joven y le da por imaginarle un sinnúmero de aventuras extra-conyugales.</p>
<p class="prili">En Maite renace un sentimiento muy especial por su antiguo novio, y le propone mantener una relación especial. No le está hablando de dejar a sus respectivas parejas, ni tampoco de intercambios sexuales más o menos espaciados, no, no, no es eso, sino de algo mucho más elevado, como más espiritual, una especie de isla privada dentro de su espacio cotidiano. (Más burdamente: café descafeinado, tabaco light, cerveza sin alcohol, ser infieles pero sin follar.) Sin embargo, Alberto no acepta la propuesta de Maite. (No porque él sí quiera follar sino porque es mucho más mojigato que ella.)</p>
<p class="prili">Se suceden los encuentros, más o menos fortuitos, más o menos propiciados por Maite, a lo largo de los años (sí, sí, de los años), y se reproduce la misma escena: Ella propone, él rechaza. A él le tiene atado en corto su mujer, dice, y le preocupa mucho la idea de que la madre de sus hijos se entere de algo. (Vamos, que no es que no le apetezca, sino que no quiere problemas.)</p>
<p class="prili">La narradora entre cita y cita, nos cuela su biografía, a modo de entreactos. (La muerte de su madre, la muerte de su mejor amiga, la muerte de su perro y hasta de un vecino, recuerdos de un novio anterior a Alberto, escenas de la vida familiar; en fin, para echarse a llorar.)</p>
<p class="prili">Pero Maite no se da por vencida, cada vez está más enganchada de la idea del romance, y, finalmente, consigue que Alberto venza su resistencia y se entregue al amor verdadero. Sí, sí, triunfo del amor. Deciden huir lejos de todo y de todos.</p>
<p style="padding-top:15px">El tema es malo, pero un escritor con tablas podría haber sacado una novela pasable y hasta potable, al menos para los lectores a los que les va el royo. De hecho, las hay, buenas, en nuestra literatura con tema idéntico o parecido. Mujer madura, acomodada, etcétera, que se pregunta y ahora qué.</p>
<p class="prili">La elaboración de ese conflicto, con sus ramificaciones éticas, podría, repito, dar juego en manos de un escritor. El problema es que el autor aquí reseñado no lo es. Se ve a las claras que le falta mucho camino por recorrer para llegar a ser un novelista. Tiene algo, y es que escribe, vamos, que ha sido capaz de llenar casi trescientas páginas. El mérito está ahí. Pero en la escuela de escritores a la que pudiera haber asistido tendrían que habérselo quitado de la cabeza, o algún amigo, o algún editor con criterio.</p>
<p class="prili">La novela es un chicle (no cliché, que también) estirado, la repetición sin variaciones (qué cansino, qué tedioso) de una misma escena: el encuentro fortuito de los dos protagonistas, la recurrente propuesta de Maite y la iterada negativa de Alberto. Nada más. Los personajes no resultan creíbles, no se ha sabido construirlos.</p>
<p class="prili">Total que algo tan cotidiano como lo que se cuenta en esta novela resulta de lo más inverosímil. Justamente lo contrario de lo que ha de ser la literatura. Hacer pasar por verosímil lo que no necesariamente ha de ser cierto o verdadero.</p>
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		<title>Camilo José Cela, Premio Nobel y Planeta, entre otros, y autor a fecha de hoy del presunto plagio La cruz de san Andrés, a juicio (Ego I)</title>
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		<pubDate>Thu, 21 Oct 2010 07:36:58 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan Negro</dc:creator>
				<category><![CDATA[Libros]]></category>
		<category><![CDATA[autores]]></category>
		<category><![CDATA[Plagio]]></category>
		<category><![CDATA[Premio Planeta]]></category>

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		<description><![CDATA[Leo en El País que a Camilo José Cela, más concretamente a su editor, lo van a llevar a juicio, definitivamente, por plagio o por facilitar el plagio. Hablo de la novela La cruz de San Andrés con la que el escritor ganó el premio planeta de 1994, que sería en todo o parte copia, [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Leo en El País que a Camilo José Cela, más concretamente a su editor, lo van a llevar a juicio, definitivamente, por plagio o por facilitar el plagio. Hablo de la novela <em>La cruz de San Andrés</em> con la que el escritor ganó el premio planeta de 1994, que sería en todo o parte copia, o presunto plagio, de otra que habría sido presentada al mismo premio ese mismo año, de la que sería autora una tal Formoso.</p>
<p class="prili">Y a mí me parece raro.</p>
<p class="prili">En el artículo de El País leo con divertimento: “La juez ya consideró en abril de 2009 que existían indicios de delitos contra Lara en base a dos argumentos: que Formoso presentó su obra el 2 de mayo y Cela el 30 de junio, el último día de plazo, y el contenido del informe pericial elaborado por Luis Izquierdo, catedrático de Literatura española de la Universidad de Barcelona, en el que se concluye que la obra de Cela es &#8220;un supuesto de transformación, al menos parcial, de la obra original&#8221;.” </p>
<p class="prili">Pues bien, el argumento 1),“que Formoso presentó su obra el 2 de mayo etcétera”, es, cuando menos, peregrino.</p>
<p class="prili">Si Formoso era una autora anónima para la editorial, es decir, si no había presentado su original con anterioridad fuera de concurso, o al premio en años anteriores, dudo mucho que nadie en Planeta tuviera el menor conocimiento de la novela presuntamente copiada hasta después del 30 de junio, ya que, al menos durante los años que yo fui lector del superdotado premio, los ejemplares que se recibían los guardaba Rosa, la secretaria del editor junior de turno -yo traté con tres-, en un armario que en la antigua sede del grupo tenía a su espalda, muy detrás de aquel alto mostrador, verdadero fortín, y en la nueva a su derecha, y no empezaba a repartirlos, según su criterio, entre los lectores colaboradores hasta que no había concluido el plazo de recepción, pudiéndose alargar este proceso, el de lectura, hasta pocas semanas antes del fallo.</p>
<p class="prili">¿Que Cela presentara la novela fuera de plazo?, puede.</p>
<p class="prili">¿Que se tuviera noticia de la novela de Formoso con anterioridad?, puede. (Cosa que podría aclarar la interesada.)</p>
<p class="prili">¿Que podría saberse en qué fecha fue leída la novela de Formoso, dilucidando así cuándo se tuvo por vez primera conocimiento de su obra, y conocer, de paso, la opinión del lector en relación a la misma? Sí, naturalmente, si es que se archivaban los informes, razón por la que siempre pensé que se leían todas las obras presentadas, la de generar informes, por si después alguien venía a pedir explicaciones.</p>
<p class="prili">¿Que alguien leyó la obra con suficiente tiempo y le pareció una obra maestra y corrió a entregársela a Cela? Esto no me cabe en la cabeza. (Maestras o no -maestras muy pocas, buenas apenas un 5% de las recibidas; hablo según mi experiencia de cientos y cientos de novelas informadas-, maestras o no, con su informe volvían al armario.)</p>
<p class="prili">En cuanto al segundo argumento, ¿qué recórcholis es “un supuesto de transformación, al menos parcial, de la obra original” y qué quiere dar a entender con eso el perito? ¿No está la historia de la literatura llena de transformaciones parciales y totales de obras anteriores? ¿No consiste en eso la historia de la literatura? ¿Por qué no dice copia descarada y punto?</p>
<p class="prili">En cualquier caso, insisto, no me imagino a Camilo José Cela copiando a nadie, o no al menos a la edad que tenía y con los medios de los que disponía.</p>
<p class="prili">Yo la escena más bien la concibo así:</p>
<p class="prili">-Don Camilo&#8230; -Habla el secretario o secretaria del escritor.</p>
<p class="prili">-¡Qué coño quieres ahora! ¿No ves que estoy durmiendo? -Son casi las siete de la tarde, pero al escritor le gusta alargar sus siestas.</p>
<p class="prili">-Sólo venía a decirle que la novela ya está terminada.</p>
<p class="prili">-¿Qué novela?</p>
<p class="prili">-La novela con la que va a ganar el premio Planeta.</p>
<p class="prili">-¿Pero ese premio no lo he ganado ya?</p>
<p class="prili">-No, ése le falta. Y lo va a ganar este año.</p>
<p class="prili">-Ah, bien.</p>
<p class="prili">Con esto no quiero dar a entender que la novela se la escribiera un negro, ni mucho menos. Con “Sólo venía a decirle que la novela ya está terminada” el secretario o secretaria muy bien podría estar diciendo o haber querido decir que ya había sido revisada por un corrector de estilo, o ni siquiera eso, simplemente que ya había sido encuadernada.</p>
<p class="prili">¿Pero y si en realidad se la hubiera escrito un negro? Esto es sólo una hipótesis, pero aceptémosla durante un momento.</p>
<p class="prili">Supongamos que efectivamente la novela <em>La cruz de san Andrés</em> fuera encargada por la editorial a un negro según directrices argumentales del propio Camilo José Cela, o, si se prefiere y dicho de otro modo, que CJC hubiera entregado, llevado por las prisas o cualquier otra razón, a la editorial un churro de novela y que el editor de turno le hubiera encargado al colaborador de turno que la arreglara un poco y que la hiciera llegar a tantas páginas.</p>
<p class="prili">Supongamos también que el negro colaborador estaba leyendo en esas fechas novelas enviadas al premio -es muy cierto que los colaboradores hacíamos de todo- y que en un momento dado se agobia porque empieza a estar fuera de plazo con el encargo del arreglo.</p>
<p class="prili">Y, qué casualidad, acaba de leer ese truño presentado al premio que tiene pasajes que, mejorados, podrían encajar en la novela de nuestro nobel. Su conciencia de negro honrado no se lo permite, pero el agobio no le deja vivir. Total, quién se va a enterar, la novela de Formoso no se publicará nunca (el lector considera que es muy mala), de modo que es imposible que nadie llegue a reconocer en ella inspiración o coincidencia alguna.</p>
<p class="prili">Claro que el negro lector no llegó a considerar que la propia Formoso sí leería a su admirado CJC, siendo de este modo que se descubriría el pastel.</p>
<p class="prili">El asunto podría haber sucedido perfectamente así, al menos durante el momento en que aceptamos la hipótesis que nos sirve de premisa para llegar a nuestra conclusión. ¿No le ocurrió algo parecido a esa madre de familia que aparece siempre en la portada de una misma revista, que ya son ganas?</p>
<p class="prili">Y alargando ese momento en el que tomamos por buena la hipótesis, ¿qué sería más deshonroso para CJC? ¿Y qué menos doloso para sus lectores? ¿Aceptar que un negro indisciplinado se había pasado de listo, es decir, admitir que se dejaba escribir o afrontar el bochorno de la acusación de plagio? De lo segundo todavía puede salir con bien si el juez falla en contra de los demandantes.</p>
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		<title>Henning Mankell, el chino que quiso ser</title>
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		<pubDate>Thu, 26 Feb 2009 09:51:06 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan Negro</dc:creator>
				<category><![CDATA[Libros]]></category>
		<category><![CDATA[Mankell]]></category>
		<category><![CDATA[negra]]></category>
		<category><![CDATA[Recomendable]]></category>
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		<description><![CDATA[Me la pasó un amigo y quería que me gustara. Pero la idea de que Henning Mankell, con su novela El chino, me estaba llevando al huerto ha ido tomando fuerza a medida que avanzaba en la lectura. (A su favor, que la he acabado.) Efectivamente, te prometen un thriller apasionante si lees la contra [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Me la pasó un amigo y quería que me gustara. Pero la idea de que <a href="http://www.henningmankell.es/">Henning Mankell</a>, con su novela <em>El chino,</em> me estaba llevando al huerto ha ido tomando fuerza a medida que avanzaba en la lectura. (A su favor, que la he acabado.) Efectivamente, te prometen un thriller apasionante si lees la contra (y no te digo nada si lees la faja que lleva el volumen) y poco a poco te van endosando un pseudo ensayo novelado sobre la actual situación sociopolítica de China, en clave nostálgica. Nada contra los pseudo ensayos, pero que se avise.</p>
<p>¿El autor siente haber traicionado algunas ideas y quiere redimirse, quiere estar en paz con su conciencia y va y escribe esta novela?</p>
<p>La novela tiene tres partes bien diferenciadas. En la primera, que coincide con la primera del índice, se presenta el crimen y se siguen las pesquisas de la jueza metida a investigadora. Nada que objetar. (Ni siquiera que vaya descubriendo el meollo del asunto como el que no quiere la cosa.) Lo único, los personajes, que resultan bastante falsos, en especial los protagonistas, a los que les sobra carga biográfica. ¿Qué aportan a la trama los problemas matrimoniales de la jueza? Nada. Por otra parte, un personaje al que se le podría haber sacado algo de punta, el periodista toca pelotas, queda tan olvidado, tan diluido, que finalmente hubiera sido mejor tacharlo en una primera o segunda corrección, pues resulta del todo prescindible.</p>
<p>La segunda parte, que coincide con la segunda del índice, es una novela dentro de la novela, una novela corta que narra las peripecias de tres hermanos que se ven forzados a emigrar a los Estados Unidos a finales del siglo XIX a trabajar en la construcción del ferrocarril. Ahí, sí, el autor construye unos personajes creíbles, consistentes (¿quizá porque se sentía obligado a ser conciso?), unos personajes que se van elaborando según el modelo que describe la tercera ley de la mecánica clásica de Newton, esto es, el principio de la acción y la reacción. Esta segunda (páginas 115 a 207 en la edición de Tusquets) es una novela corta muy recomendable. Prescindible para el conjunto, pero muy recomendable por sí sola.</p>
<p>En ella se pretende justificar la actuación del malo, pero en modo alguno se consigue. Que el malo se comporte como lo hace se explica porque <em>a)</em> es el malo y <em>b)</em> porque es un psicópata asesino. <em>B)</em> está contenido en <em>a)</em>, pero si lo hago explicito es para llamar la atención en el hecho de que hubieran bastado unas pocas pinceladas biográficas, verlo actuar, unas pocas líneas, para describir a ese personaje como un psicópata que actúa movido por la venganza. (Otra cuestión es si un psicópata actúa por venganza o por gusto). También ha quedado dicho, ya, que esta novela, en el reparto de papeles, se rige por la primera ley del best seller, a saber, los personajes se dividirán en buenos y malos (buenos buenísimos y malos malísimos, sin posibilidad de malos entendidos, evoluciones o dudas), luego estamos ante un texto que puede englobarse en ese género, lo que, a priori, no la hace ni mejor ni peor. En particular éste encierra cierta calidad literaria. (Con sus defectos de construcción.)</p>
<p>Repito, las casi 90 páginas de la segunda parte están muy bien pero podrían perfectamente no estar, y siguo.</p>
<p>Llegados al final de la novela corta tenemos que ya sabemos cuál ha sido la motivación del asesino y también sabemos, si bien no con nombre y apellidos (bueno, con apellidos sí), quién es. ¿Como se lo va a montar Mankell para mantener el interés desde aquí hasta el final? Estamos a mitad de la novela. Si lo consigue me quito el sombrero. No lo consigue. No para mi gusto, y acabo la lectura con la gorra puesta.</p>
<p>La tercera parte de la novela (partes tres y cuatro según el índice) es la que constituye propiamente el pseudo ensayo, que pretende alumbrar la siguiente idea: China avanza a pasos agigantados hacia un capitalismo de corte imperialista o, lo que es lo mismo, fin de la lucha de clases, ergo, la población quedará manifiesta e irremisiblemente dividida en ricos (que ostentan el poder) y pobres. Todo ello adobado con los recuerdos nostálgicos de la jueza y su pasado rojo militante. (No sé si a otros lectores les habrá ocurrido, pero a mí la jueza se me representa en muchos momentos como un trasunto del propio Mankell, lo que me molesta, pues me saca de la ficción para interrogarme sobre la biografía del autor, que no digo que no pueda ser interesante, pero cada cosa en su momento.)</p>
<p>(Le sugiero al autor que se plantee hacer un reportaje sobre la actual situación de China y que lo publique en los suplementos dominicales. Yo seré el primer lector interesado. Que tenga buenas fotos. Fotos que muestren los contrastes. Fotos de ejecutivos en sus despachos, en blanco y negro muy contrastado y de los trabajadores en las fábricas y en los campos, en color muy saturado. Yo me ofrezco de fotógrafo.)</p>
<p>Y después del pseudo ensayo (¿realmente China se plantea colonizar África?) llega el desenlace. Que es flojo.</p>
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		<title>Rosa Rosae, una novela no escrita</title>
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		<pubDate>Mon, 16 Feb 2009 10:31:11 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan Negro</dc:creator>
				<category><![CDATA[Libros]]></category>
		<category><![CDATA[Miscelánea]]></category>
		<category><![CDATA[biográfico]]></category>
		<category><![CDATA[encargo]]></category>
		<category><![CDATA[Rosa Rosae]]></category>

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		<description><![CDATA[A principios de año recibí un correo electrónico pidiéndome presupuesto para la redacción de una novela; el cliente especificaba que tenía que ser de género rosa y tener una extensión de entre 600 y 750 páginas estándares, esto es, de 300 palabras cada una. Que si aceptaba el presupuesto, decía, me facilitaría una serie de [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img src="http://www.juannegro.es/imagenes_blog/interrogante-200x300.jpg" alt="interrogante" title="interrogante" width="200" height="300" class="alignleft size-medium wp-image-73" />A principios de año recibí un correo electrónico pidiéndome presupuesto para la redacción de una novela; el cliente especificaba que tenía que ser de género rosa y tener una extensión de entre 600 y 750 páginas estándares, esto es, de 300 palabras cada una. Que si aceptaba el presupuesto, decía, me facilitaría una serie de directrices para la redacción.</p>
<p>Dos días después envíe el presupuesto solicitado, en el que incluía, como es de rigor, el plazo de entrega (4 meses). Una semana más tarde el cliente contestaba positivamente y añadía las siguientes indicaciones: Que la protagonista tenía que ser una escritora de éxito relativamente joven, que, volcada en su trabajo, había olvidado por completo su vida amorosa, que un acontecimiento extraordinario (sic) la ponía en conocimiento de un hombre del que se enamoraba perdidamente, que, sin embargo, una serie de vicisitudes que iban a vivir ambos protagonistas convertía en prácticamente imposible la relación, pero que, finalmente, el amor triunfaba por encima de todo (sic) y la pareja comenzaba una nueva vida juntos, más plena para ambos.</p>
<p>El cliente, en un último párrafo, me pedía un resumen de aproximadamente 20 páginas en el que figurara pormenorizado el argumento, el desarrollo lineal del argumento, es decir, la sucesión de las diferentes escenas, indicando la acción contenida en cada una de ellas, el perfil de los personajes principales y secundarios y las consideraciones generales que creyera oportuno.</p>
<p>A lo que le contesté, en nuevo mail, que, una vez tuviera ingresado el 50% de lo acordado en la cuenta cuyo número figuraba en el presupuesto, me pondría a redactar el resumen solicitado, con el que podría contar en unas dos semanas y del que podríamos discutir tanto como fuera necesario hasta ajustarlo a su gusto y medida.</p>
<p>A lo que el cliente contestó que debía entender que el 50% era una cantidad demasiado alta como para adelantarla sin antes tener la prueba de que el producto se iba a ajustar a sus necesidades, por lo que, todo lo más, estaba dispuesto a adelantar el 5% de lo presupuestado.</p>
<p>Le contesté a mi vez que ni por iniciativa propia ni ajena había escrito hasta la fecha una novela de genero rosa, pero que, no obstante, sí las había traducido (en una época en la que aceptaba las tarifas de las editoriales), lo que me confería la suficiente perspectiva para acometer el encargo con garantías de éxito, que las había escrito de otros varios colores, por iniciativa propia y ajena, lo que me aportaba, modestia aparte, la necesaria experiencia para finalizar el encargo a su plena satisfacción, que entendía que si se había dirigido a mi era porque algún cliente satisfecho le habría dado buenas referencias, por lo que, razonaba, no alcanzaba a vislumbrar dónde radicaba la causa de su recelo, pero que, no obstante, comprendía sus reservas y que, por ello, estaba dispuesto a redactar el resumen previo pago del 20%; si bien debía quedar claro que el 60% restante del primer 50% debería ingresarlo una vez aprobado el resumen y que el otro 50%, como se especificaba en el presupuesto, me sería ingresado en 5 pagos contra la entrega de cada una de las quintas partes del total de la novela, hasta su finalización.</p>
<p>A lo que el cliente contestó que sí a todo a excepción de lo del 20%, que como mucho el 10%, quedando el 80% restante del primer 50% pendiente de la aprobación del resumen.</p>
<p>A lo que yo contesté que de acuerdo.</p>
<p>Al día siguiente se reflejaba en mi libreta de Caixa Catalunya, bajo el concepto “Rosa Rosae”, sugerido por mí, un ingreso de 1.500 €, lo que motivó que ese día, y los siguientes, estuviera de especial buen humor (no del buen humor que es consuetudinario en mí sino de especial buen humor), lo que me llevó, entre otras cosas y como ya dije, a <a href="http://www.juannegro.es/casanova-foto-y-mi-olympus-e-3/">desestimar la venta</a> de mi flamante equipo Olympus E 3, que, por cierto, todavía no he podido estrenar a pesar de haber comprado ya una tarjeta de memoria de 4 gigas. </p>
<p>Dos semanas después enviaba a mi cliente una memoria o informe (pues se trató finalmente de algo más que de un simple resumen) de 22 páginas y 8875 palabras.</p>
<p>En dicho documento se desarrollaba el argumento con la cantidad justa de detalles, se secuenciaban las escenas, describiendo su acción y agrupándolas por capítulos, se dibujaban los rasgos maestros de los personajes principales y secundarios, y se acometía un análisis del tipo de sintaxis a utilizar en la redacción del texto basado en el público objetivo al que presumiblemente iba a ir dirigida la novela. Así mismo, se sugería y/o estimaba el porcentaje de espacio para los diálogos (entre un 60 y un 70%) y las partes no dialogadas (mayormente descripciones físicas, de vestimenta, de espacios y atmósferas, y de no menos de dos actos amorosos o polvos, dicho de otra manera, ni más de cuatro, con todo lujo de detalles).</p>
<p>El cliente contestó a los dos días diciendo que le parecía perfecto y que adelante con la novela, que no tenía ninguna objeción a hacer a mi propuesta. A lo que le contesté que quedaba a la espera del ingreso del 80% del primer 50%.</p>
<p>Llegado a este punto he de decir que un investigador privado jamás rebela ningún dato de sus clientes ni de los trabajos que realiza para sus clientes. No dice jamás nombres en las reuniones de amigos o conocidos ni descubre datos que puedan permitir seguirle después la pista a un trabajo realizado. Todo lo más, cuando se le pregunta sobre lo que lleva entre manos, dice “Estoy metido en un caso difícil que me está exigiendo todo lo mejor de mí” o “Entre manos llevo un asunto trivial, algo con lo que podría un bachiller medianamente aplicado”. En ese sentido somos como los curas, los médicos y los abogados, o sólo como los curas y los médicos, o quizá sólo como los curas.</p>
<p>Se me dirá que en este momento estoy yendo contra esa máxima. Y justamente es lo que estoy haciendo.</p>
<p>Y permítaseme en este punto colar un resumen del resumen de <em>Rosa, Rosae</em>. Ahí va.</p>
<p>Una joven atractiva conduce excesivamente rápido por una carretera estrecha y llena de curvas. Va ella sola en el coche. En el equipo de música suenan antiguos temas de Siniestro Total. No quiere ser una premonición. Presumiblemente atraviesa un puerto de montaña. Luego se sabe que, efectivamente, está cruzando los Pirineos. Apenas hay tráfico, conduce por una vía que no es principal. Es enero y el paisaje es mayormente blanco. Se describe el rostro de la joven, que ronda los 35; es morena y guapa, sintetizando, pero se llama la atención y (habrá que recrearse) sobre sus ojos y en especial su mirada. (Se pueden decir cosas como negra, en alusión al color de las pupilas, profunda, cautivadora, inteligente, etcétera; pero se dirá que, en ese momento, muestra un profundo desasosiego, una tristeza infinita, una pena honda.) Acto seguido introducimos el elemento biográfico (que se dosificará a lo largo del primer tercio de la novela, hasta completar el dibujo del personaje, que construiremos básicamente en clave biográfica, aunque sin olvidar algunas pinceladas psicológicas, pero con cuidado, pues el nicho de mercado al que nos dirigimos no soporta demasiado bien este tipo de elaboraciones. En algún momento hablaremos de una personalidad atormentada. (Lo cierto es que, sin ahondar demasiado, haremos que nuestro personaje se acerque a lo que en psiquiatría se conoce como trastorno límite de la personalidad, o TLP, que, a grandes rasgos se caracteriza por la inestabilidad emocional, la impulsividad y la dependencia afectiva.) Pero el motivo de este tormento no lo desvelaremos de inmediato, pues forma parte de la resolución de la novela. De hecho, el desenlace del relato consistirá en saber si se queda o no con el chico (obviamente se queda con el chico, y cualquier lector de novela rosa lo sabe desde la primera página) y conocer el motivo por el que ha mostrado hasta ese momento, el de la rendición total al amor puro y verdadero, verdadero rechazo por establecer una relación afectiva madura. De hecho no se le conocen novios, o no al menos una pareja estable. La protagonista viaja cada año a un pequeño pueblo francés, como si se tratara de un ritual que tiene siempre lugar en las mismas fechas. Sabremos, como digo, casi al final que la autora, en su juventud, había sido novia de una estrella nacional de cine. Esta estrella, mega estrella internacional en la actualidad, la había abandonado sin motivo aparente, porque sí, cuando ella más prendida y profundamente enamorada había estado de él. Desde entonces viene desconfiado del amor, rehuyendo cualquier relación que represente entrega y compromiso. Nuestra escritora, conmemora el abandono cada año y lo hace viajando al referido pueblo, como en esta ocasión, que conduce excesivamente rápido y en una curva demasiado cerrada no puede controlar el coche, que sale despedido por encima de la valla quitamiedos para precipitarse en un profundo barranco. La frondosidad del bosque amortigua el impacto, pero, aun así, la escritora queda mal herida. Está inconsciente. Un pequeño hilo de sangre recorre su mejilla. Afuera ha comenzado a nevar y unos débiles rayos de luz luchan contra la oscuridad que poco a poco va ganando la totalidad del espacio. Ya es noche cerrada y nuestra escritora comienza a despertar. Desconcierto, confusión. Primeros flashes del accidente. Empieza a comprender. A sentir un dolor intenso en las piernas y en el pecho. Quiere llorar y gritar, pero no se siente con fuerzas. No puede moverse. Lo ha intentado tímidamente al principio, con denuedo después, pero el esqueleto retorcido del coche se ha convertido en una cárcel de acero. Tampoco podría ir muy lejos pues tiene, aunque ella no lo sepa, las dos piernas y alguna costilla rotas. La herida de la cabeza es superficial. La sangre dejará de salir al poco rato. Derrotada, se deja vencer por el sueño, un sueño que en modo alguno será reparador. ¿Esta soñando? Le parece que alguien le acaricia una mejilla. Abre los ojos. Es de día. El rostro de un hombre hermoso la observa en silencio. En fin, un poco el rollo es éste, mucho azúcar hasta que la cosa resulte empalagosa para un paladar normal, que es cuando estará en su justo punto para un lector de literatura rosa. El hombre hermoso resulta ser un pastor. Había visto la valla quitamiedos rota (cruzaba la carretera con su rebaño) y al asomarse ve el coche. Él solo consigue sacarla (heroicidad del elemento masculino a discreción) y llevarla hasta el pueblo donde vive. La lleva a casa del médico. El médico, que será el personaje espejo, dónde la protagonista se verá reflejada, es un vejete entrañable. En el pueblo viven cuatro gatos. Todos unos vejestorios salvo el pastor, que es joven y guapo (lo podemos pintar como rubio y musculoso), pero un poco corto de luces, aunque sin llegar a ser un subnormal. En el pueblo no hay comunicaciones, viven en una especie de intemporalidad. La escritora pasa dos meses en el pueblo, hasta su total recuperación. Durante este tiempo, que a bulto pueden ser casi dos terceras partes de la novela, se dedica a hablar con el médico, con alguna otra anciana y a conocer al pastor, con quien acaba echando una serie de polvos memorables a partir de un momento dado. En el pueblo, el único que tiene un libro en casa es el médico. De hecho tiene más de uno, una habitación llena. La escritora, la primera vez que entra en esta habitación, instintivamente comienza a buscar su nombre en los lomos de los libros, hasta que, extrañada, pregunta como es que no hay ningún libro suyo. El médico le explica entonces que sólo tiene los libros que considera imprescindibles. Algunos libros de filosofía, muy pocos, para ser sinceros sólo tres; bastantes libros de medicina, con diferencia la especia más abundante; muy pocas novelas, casi todas del siglo XIX, alguna del siglo XVII y únicamente cuatro del siglo XX, entre las que sólo una de estas últimas es de un autor español, desconocido para la escritora y para la mayoría de los mortales; la biblia y un libro de derecho romano. Entonces, ¿no sabe quién soy? No. O sí, una joven accidentada que necesitaba sanar sus heridas, que no son sólo de huesos rotos. Lo que le llega muy profundo a nuestra escritora. Pero nuestra escritora, que ha sublimado su gran frustración amorosa reafirmando su persona, o mejor dicho, el personaje público que de sí ha construido, que ha dejado de escribir novelas para escribir única y descaradamente de sí, nuestra escritora, digo, que por un momento ha estado a punto de sensibilizarse ante la frase del doctor, reacciona y, como sólo ella sabe, comienza a hablar de sí misma hasta llevar al doctor a una especia de sopor narcótico que termina en siesta. Durante los siguientes días intenta que el doctor se interese por ella, por su obra, pero el esfuerzo es en vano. La escritora recuerda que en el coche siempre lleva algún ejemplar de sus libros y le pide al pastor que se le los vaya a buscar. El médico no muestra ningún interés por sus libros; sin embargo, no deja de preocuparse por su estado y por la evolución de sus heridas, lo que, no deja de contrariar a la escritora que, día a día, va dejando que anide en ella algo así como un profundo rencor hacia el vejete. La escritora veía en el doctor a un igual, o al menos un intelecto si no a su altura sí capaz de vislumbrar el suyo, y que no le haya hecho el menor caso, en tanto que escritora, lo vive como la peor de las afrentas. Rendida, dirige su atención hacia el pastor. Pero el pastor no sabe leer. Una semana entera dedica la escritora a enseñarle a leer con la ayuda de su último libro. El pastor no es que sea tonto del todo, pero no demuestra el menor interés.  Al octavo día, pasa lo inevitable. El pastor le coge el libro de entre las manos, lo cierra y acto seguido se la folla como hacía tiempo que no la follaba nadie. A pesar de la incomodidad de llevar las dos piernas escayoladas y las costillas vendadas, la escritora disfruta como pocas veces. Hasta el final de su convalecencia se repetirá esta escena (sin detenerse siempre en los detalles). Finalmente, la escritora se restablece y siente que ha llegado el momento de partir. Añora la vida de ciudad. Añora a sus grupis, que le ríen todas las gracias, las entrevistas en la tele, los coloquios en las radios. Vuelve. Vuelve a sentirse llena. Le da un subidón cuando ve que el último post que publicó en su blog tiene más de 20.000 comentarios. El éxtasis. Se corre. Son mensajes de duelo. Elogios a la escritora desaparecida. La han dado por muerta. ¿Cómo no se le ocurrió que esto podría pasar? Los siguientes  doce días los invierte en leer los comentarios, lo que le provoca múltiples y repetidos orgasmos. ¡Me quieren, claro! Al treceavo día escribe un nuevo post, que titula <em>Queridos míos, he vuelto</em>. Explica su aventura. Los comentarios no pasan de los 15000. Esto la contraría. Pero qué. Son muchísimos más de los que tenía antes. Seguro que su desaparición habrá hecho que se disparen su popularidad y las ventas de sus libros. Mañana mismo piensa en llamar a su editor. Enseguida piensa en escribir un libro sobre el accidente y su aventura en el pueblo (aunque silenciará que el doctor no tuviera un solo libro de ella, incluso piensa que este dato lo puede cambiar, que puede colocar su obra entera junto a la de Benito Pérez Galdós). Se va a dormir soñando con las entrevistas. Esto la pone y acaba masturbándose. Entonces, antes de llegar al orgasmo, le sobreviene una idea genial. Regresará al pueblo a buscar a su pastor. Le confesará su amor por él y le pedirá que venga a la ciudad con ella vivir el amor verdadero. La historia de amor de ella y su rescatador hará que las ventas de su libro se multipliquen por 100, qué digo por 100, por 200. No habrá televisión que no quiera tener a la pareja en sus platós, radio que no quiera una entrevista, revista que no quiera a la pareja en su portada. Al día siguiente llama a su agente y están dos horas hablando de la promoción del que será su próximo libro. Sí cielo, vete a por tu pastor y disfruta de ese miembro, porque tú lo vales, tú te lo mereces, tú eres especial. El pastor, que también está enamorado, acepta venirse a vivir a la ciudad con ella. Fin. (Epílogo. El libro es un éxito de ventas sin precedentes en su carrera. Se venden los derechos por una fortuna a una productora que lleva la historia al cine. La autora exige que su pastor interprete el personaje del pastor. El pastor borda el personaje y empiezan a lloverle ofertas de cine. Se convierte en una mega estrella que consigue que la escritora supere la frustración de su amor frustrado de juventud.)  </p>
<p>Recapitulando. Mi cliente me dice que sí, me ingresa los 1.500 €, le envío el informe detallado, me dice que sí a todo, y que en breve me ingresaré el otro 80% del primer 50%. Me pongo a trabajar mentalmente en la novela confiando en que el ingreso está al caer. A los diez días, recibo un mail en el que me dice que el proyecto ha quedado cancelado. Le pido explicaciones y obtengo el silencio por respuesta.</p>
<p>Tengo la sospecha de que mi cliente se ha ido con mi propuesta a la competencia (quizá buscando mejor precio). O quizá no, a lo mejor es que mi cliente ha sufrido un revés económico (igual era una constructora con ínfulas de escritora) y ha abandonado la idea para mejor momento.</p>
<p>En cualquier caso, nada me liga ya a mi cliente, de modo que, si alguien quiere aprovechar el argumento (yo por iniciativa propia ya me veo muy mayor para escribir novelas), estaré encantado. Sólo me queda decir que mediante el presente post lo libero para su buen uso y disfrute.</p>
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